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Anarquía espiritual

Los jóvenes solemos aislarnos a nosotros mismos de la humanidad. Pasamos por un tiempo en el que consideramos, de alguna manera, que nuestra sabiduría es mayor que la de todos, nuestras fuerzas inacabables, nuestras decisiones todas prudentes y nuestros sueños todos correctos. Nos sentimos como algo parecido a los dueños del mundo. Cediendo, entonces, a tal estado, terminamos rechazando de algún modo a nuestras autoridades, porque pensamos que somos los mejores gobernantes de nuestra vida en todo aspecto. Tal prepotencia alcanza su clímax cuando incluso afirmamos que la Ley de Dios es algo para otros, inaplicable a nuestras jóvenes vidas llenas de oportunidades, nuevas metas y realidades modernas.

Seguramente el pensamiento de muchos no es despreciar del todo la Ley de Dios, pero sí despreciarla ahora. Talvez el pensamiento sea algo como: “Ella es buena, pero no lo es ahora para mí; en ella hay sabiduría, pero eficaz para los adultos. Cuando llegue a dicha condición, a cierta edad, entonces me la tomaré más en serio. Ahora mi juventud me provee de libertades que no puedo desperdiciar. Yo no rechazo a Dios, creo en Él, sé que la Biblia es cierta, jamás me atrevería a decir o creer lo contrario, pero actualmente estoy bien, y aprovecharé mi preciada juventud a mi manera; no quiero futuros remordimientos por no haber vivido como quería; eso sí, no haré daño a nadie”. Este pensamiento se prorroga a la adultez muchas veces.

Sea cual sea el pensamiento que gobierne la mente del joven, y sea cual sea el grado del mismo, una cosa es cierta: todos los jóvenes, cristianos o no cristianos, todos los jóvenes pasamos por una etapa de anarquía espiritual. Algunos se alojan en ella llevándola a sus más desastrosas consecuencias; otros se pasean por ella, alcanzando horribles estados de dureza espiritual sin realizar, quizás, las más escandalosas conductas; otros viven añorando experimentar la “vida loca” que otros viven, restringiéndose a sí mismos por temor a las consecuencias; otros dejan que dicha rebeldía viva en sus corazones, sin mortificarla, pero tampoco sin expresarla lo suficiente para que sea notada por quienes le rodean. Dicha etapa es inevitable a todo descendiente de Adán que pase por la flor de la juventud.

No obstante, hay buenas noticias. La Escritura, como Manual de Vida que el Dios amoroso ha dado a Su Pueblo, no sólo nos advierte sobre esto, sino que nos prepara para ello. Así que existe una forma más de hacerle frente a esa etapa: al modo que el Espíritu Santo ha revelado en la Escritura. Tú, joven, si te crees sabio de algún modo, encontrarás sabiduría en lo que la Biblia dice sobre esto; tú, joven, si piensas que la prudencia es tu mejor amiga, entonces serás guiado a considerar las prudentes razones de la Palabra de Dios.

Eres una criatura

Antes de que saques tus peros y tus excusas, recuerda que eres una criatura: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud” (Eclesiastés 12:1). Salomón hubiese podido usar otra palabra para referirse a Dios, pero usó justo la que encontramos en este verso, la cual traducida a nuestra idioma es propiamente Creador. Esto lleva tu joven mirada fuera de ti para que se levante a Dios, quien te creó. No te hiciste a ti mismo, por lo tanto, no te gobiernas a ti mismo. Tus padres son autoridad para ti porque te engendraron: Dios te gobierna porque es tu Creador. Quien te creó, además, es quien te conserva: y debes acordarte de todo esto.

Adicional a ello, como Salomón sabía que el corazón del joven es susceptible a olvidar su condición como criatura y elaborarse un trono de ilusión en el cual hace sentar su corazón engañoso, se dirigió específicamente a ellos. Y por la misma razón el sabio rey dice: acuérdate. Porque tú lo sabes. No importa de cuántas excusas esté llena tu cabeza ahora mismo: tú lo sabes y tu conciencia lo tiene impreso. Por eso el mandato es a recordar, a acordarte de lo que ya sabes. Tal como recuerdas que debes comer cuando tienes hambre y que debes beber cuando tienes sed, y que tienes amigos con quienes compartir, asimismo (y en un grado superior y mucho más solemne) debes acordarte que eres una criatura cuando tu corazón te indique cómo debes vivir la vida; y como criatura, estás sujeta a la autoridad de tu Creador.

Debes acordarte que eres una criatura cuando tu corazón te indique cómo debes vivir la vida; y como criatura, estás sujeta a la autoridad de tu Creador.

 

El Juicio venidero es real para ti también

Antes de que dejes de leer estas palabras, recuerda que esta vida no lo es todo. Con la misma facilidad con la que te olvidas en tus días de juventud que tienes un Creador, olvidas también que Él es tu Juez.

“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Eclesiastés 11:9). Este verso ya no usa la palabra Creador, sino una que hace referencia al Señor como el Dios supremo: tu Juez. Y esto no sueles tenerlo presente en tu corazón. Vives el ya y el ahora, y se te olvida que te diriges, tras cada “clock” del reloj, hacia el Juicio de Dios.

Quizás de buena gana admitas que Dios te creó, pero con dificultad aceptas que Él te juzgará. De ahí que Salomón diga: “pero sabe”. Es decir: “te diré a continuación algo que debes aprender si es que quieres en verdad ser sabio desde tu juventud; algo que es sumamente importante que conozcas, entiendas y reconozcas; ¡te voy a notificar de una verdad que no puedes evadir!: el Dios Supremo, quien te creó, también te juzgará por todo lo que pienses, hables y hagas en esta tierra”.

El pecado, querido joven, te dará todo menos gozo estable

Esto, querido joven, no es un llamado a la tristeza (claramente se nos habla de alegría y placer en la vida), sino un llamado de prudencia: vives en un hermoso mundo creado por el Señor, en el cual compartirás con una cantidad innumerable de personas; tienes a tu disposición tanto gozo verdadero, tanto placer legítimo; hay mucho para gozar, mucho que disfrutar, pero todo esto debes hacerlo bajo la Ley del Señor. Tal como en el Instituto en que creces en conocimiento debes obedecer su reglamento, y en la casa que donde vives, duermes y comes debes respetar las reglas de tus padres, así en el mundo de Dios donde habitas debes obedecer Su Ley. El marco de la Ley divina será la mejor manera en que te goces verdaderamente. El pecado, querido joven, te dará todo menos gozo estable; alejarte de Dios, tu Creador y tu Juez, y quien en Cristo es tu amigo, te dará tanto gozo verdadero en este mundo como el que tiene el peregrino en las áridas tierras del Sahara sin ninguna gota de agua en su cantimplora.

 

Guarda la Palabra de Dios en tu corazón

¿Te has esforzado de veras en guardar la Palabra del Señor en tu corazón para no pecar contra Él?

Antes de que justifiques tus conductas y victimices tu condición, escucha lo que la Biblia tiene para decirte. Tu camino está expuesto a un montón de tentaciones que se disfrazan de beneficios: ¿cómo limpiarás tu camino de dichos obstáculos? Con guardar la Palabra del Señor (Salmo 119:9). No puedes excusarte en tu “estado natural de anarquía espiritual”: porque quien guarda la sabiduría del Señor en su corazón, no pecará contra Él (Salmo 119:11). Así fue como dijo el salmista. “En mi corazón he guardado Tus dichos, para no pecar contra Ti”. Todas tus excusas quedan confrontadas ante esto: ¿te has esforzado de veras en guardar la Palabra del Señor en tu corazón para no pecar contra Él? Si no lo has hecho, te has expuesto a ti mismo a múltiples pecados. Hoy, no obstante, puedes tomar una nueva resolución: meditar en los estatutos del Señor, no olvidarte de Sus palabras y orar a Dios, buscándolo con todo tu corazón, para que te enseñe Su sabiduría y no te deje desviarte de ella (Salmos 119:15, 16, 12, 10). Aquí hay una promesa del Dios que no miente para ti: “me hallan los que temprano me buscan” (Proverbios 8:17).

 

Haz de la Biblia tu guía de vida

Antes de que Satanás susurre a tu oído que puedes encontrar la sabiduría comiendo sus tentaciones, pon atención a esto: Timoteo pudo ser sabio para la salvación que es Cristo Jesús sólo conociendo las Sagradas Escrituras y confiando en ellas, y siguiéndolas (2 Timoteo 3:15). Estas Escrituras le fueron enseñadas por Sus autoridades, a quienes él escuchó con atención (1 Timoteo 1:5; 2:1, 2). Cristo lo dijo: el Señor nos santifica en la Verdad de Su Palabra, la cual hay que escudriñar (Juan 17:17; Juan 5:39). Por eso Pablo le recuerda a Timoteo que debe persistir en tener cuidado de su caminar y de sus creencias, cotejando siempre que estas se encuentren de conformidad con la Palabra de Dios (1 Timoteo 4:16, 13). Esa debía ser su ocupación (1 Timoteo 4:13, 15). Eva se descuidó un momento y dejó de ocuparse en lo que era su deber para fijar su mirada en lo que le era prohibido. Allí Satanás le tentó: cuando sus defensas habían sido bajadas. Ella cedió a la tentación por dejar de ocupar su mente en la Palabra de Dios, y por dejar de confiar en ella. ¿Y el resultado? No le fue dado lo que Satanás le prometía desobedeciendo a Dios; en su lugar recibió maldición.

El Señor nos santifica en la Verdad de Su Palabra, la cual hay que escudriñar

 

Camina por las sendas antiguas, no inventes ninguna

Antes de que elijas vivir tu juventud como supones que Dios estará agradado, escucha la voz del Espíritu de Dios y no endurezcas tu corazón. Las sendas por las que el cristiano debe caminar han sido trazadas en la antigüedad: no tienes nada que inventar (Jeremías 6:16). Tus nuevas percepciones espirituales, que no se pueden corroborar en la Escritura, no son la voluntad de Dios para tu vida: no importa cuántos libros te lo digan o cuántos predicadores lo proclamen. Puedes innovar en el comercio y ser creativo en el arte: pero respecto de los caminos de Dios solamente te queda la fe y la obediencia a lo que Dios ya ha establecido. A menos que te acuerdes de tu Creador y de tu Juez, y mires a Jesucristo con fe arrepentida y como suficiente Salvador de tus pecados, y te sometas a Él como tu Señor y Rey, obedeciendo Sus mandamientos desde tu joven edad: tu vida será un desperdicio, y tu juventud será consumida por la oruga del pecado: oruga que luego se convertirá en aquel gusano atormentador que nunca muere (Joel 1:4; Marcos 9:48).

Puedes innovar en el comercio y ser creativo en el arte: pero respecto de los caminos de Dios solamente te queda la fe y la obediencia a lo que Dios ya ha establecido

Escúchame con atención, querido joven: yo te indico que mires a Jesucristo con una fe sencilla y un corazón arrepentido como lo primero que debes hacer para que seas sabio y te sean dados tiempos de refrigerio desde tu juventud (Hebreos 12:2; Hechos 3:19). Luego, te indico que debes hacer uso de los medios de gracia privados con gran celo: ora sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17); escudriña las Escrituras (Juan 5:39). Haz uso también de esos benditos medios públicos: congrégate en una iglesia local bíblica (Hebreos 10:25); honra a tus autoridades y sigue sus consejos (Éxodo 20:12; Hebreos 13:17); guarda el Día del Señor (Isaías 58:13); sujétate a quienes te preceden (1 Pedro 5:5); sirve con fidelidad en una obra local con todos tus dones (Mateo 25:14-30; Romanos 12:6-8). Y por último, querido joven: abstente de toda especie de mal (1 Tesalonicenses 5:22); huye de la fornicación (1 Corintios 6:8); sé agradecido y gozoso en el Señor (Colosenses 3:15; Filipenses 4:4); sé prudente (Tito 2:6); y jamás, jamás, ¡jamás! retrocedas de los caminos del Señor (Hebreos 10:38).

 

Advertencias finales:

Sólo permíteme darte tres advertencias, antes de finalizar este artículo, las cuales pienso que podrán ayudarte en este caminar:

  1. Cuídate de la hipocresía. Tú no tienes que aparentar ante los hombres que eres lo que no eres ante Dios. ¿Qué ganarías con eso? Simón el Mago aparentó ser cristiano ante los apóstoles y esta respuesta recibió: “tu corazón no es recto delante de Dios… porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás” (Hechos 8:21, 23). Y del mismo modo que le fue dicho a él, yo te digo a ti, si es que tu caso ha sido uno de hipocresía hasta este momento: arrepiéntete. Ponte de frente ante la realidad de tu condición: ¿eres o no eres cristiano? No evadas la respuesta. Si lo eres, entonces vive como el tal; si no lo eres, entonces no te escondas ante una profesión superficial: confiésalo y arrepiéntete. Un disfraz de cristianismo no te servirá de nada ante Dios, porque aunque llegaras a engañar a algunos hombres, este sólo incrementaría tu juicio. Más bien sé honesto y apártate, por la razón que sea que quieras esbozar, de ser un engaño viviente.
  2. Cuídate de los afanes. Los jóvenes somos, comúnmente, sociables. Quizás desees compartir con otros jóvenes en la iglesia o incluso con algunos adultos. Ese deseo no significa, necesariamente, que seas parte del pueblo de Dios: puede ser la manifestación natural de la sociabilidad inherente a tu naturaleza. Te aconsejo que lo sigas haciendo, pero recuerda que el Manzanillo de Playa también provee frutos: unos con un aroma agradable incluso, pero mortales para el consumo humano. Ten cuidado, pues, de llamarte cristiano sin serlo; te lo repito. No obstante, mi propósito no es desanimarte, sino alentarte: alentarte a que busques una certeza verdadera: no en ti, ni en tu deseo de socializar, o en tu deseo de leer, o en tu deseo de compartir, sino solamente en Cristo el Salvador. No te mires como el punto culminante de tu certeza: mira a Cristo solamente como tu Redentor. Y hasta que no veas una obra de gracia verdadera en tu vida, no te apresures a darte un rótulo que se deja ver con claridad en las pruebas de toda una vida. Cuídate del afán de tus emociones; no permitas que nadie te obligue a hacer una profesión apresurada. Es tu alma la que está en juego: asegúrate de que esté en Cristo, pero no te afanes a decir que lo está sin que te hayas arrepentido de corazón. ¡Y si en algo te vas a afanar, sea en correr a tu Salvador ahora mismo!
  3. Cuídate de las pasiones juveniles. No hablo sólo de los aspectos sexuales. Quizás es lo único que viene a tu mente al escuchar esto. Pero lo cierto es que las pasiones juveniles están compuestas por un sinnúmero de tentaciones específicas de la edad juvenil: las excusas en el venir de todo corazón a Cristo; las buenas intenciones que no se fundamentan en la Palabra del Señor; los afanes de conseguir una pareja animados por un mundo que no sabe nada del amor verdadero; los temores a la lealtad a una iglesia local fiel; las dudas sobre la verdad del cristianismo; las inclinaciones hacia el desenfreno de los jóvenes del mundo; el relapso justificado en la debilidad; el orgullo de una mente brillante. Cuídate de todas y de cada una de estas tentaciones. Y no sólo de ellas, sino también de todo lo que las estimule. No te expongas a ti mismo a situaciones de las cuales no estás seguro si saldrás: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño” (Proverbios 22:3). En contrario sensu, “sigue la vida recta, la fidelidad, el amor y la paz. Disfruta del compañerismo de los que invocan al Señor con un corazón puro” (2 Timoteo 2:22 NTV).
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