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El anhelo de una iglesia local bíblica – Parte I

 

El tiempo de Dios es perfecto

Aproximadamente 700 años después de que Dios dijera a través del profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su Nombre Emanuel” 1, tal promesa se cumpliría en el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Y si vamos más atrás en la historia, ¿acaso no pasaron más de 4000 años para el cumplimiento de la primera promesa evangélica que fue pronunciada? 2

Este sentimiento de que Dios se tarda en hacer las cosas siempre ha existido. Vayamos al pie del Monte Sinaí. 3 Moisés ha acabado de subir por orden de Dios a fin de recibir Sus mandamientos, y el deber del pueblo es esperar hasta que él regrese. Miremos cómo transcurre más de un mes y Moisés no regresa. Miren ahora cómo el pueblo impaciente y desconfiado de su Dios piensa que hay tardanza; mírenlos cómo piden a Aarón crear ídolos. Han perdido la esperanza, no porque hayan visto algún defecto en el obrar del Dios verdadero en el pasado, sino por su defectuosa fe que no es capaz de esperar pacientemente en la voluntad divina. Miren cómo las palabras que habían pronunciado antes de que Moisés subiera (“Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos”), se disuelven en su afán e incredulidad.

Ahora, volemos en las alas del tiempo y veamos a Pedro escribiendo en su segunda carta 4 sobre aquellos que estaban pensando que el Señor se tarda en cumplir la promesa de Su segunda venida. ¿Pueden notar que es la misma actitud que se había dado desde el pasado?

Los hombres siempre han analizado al Señor con la lupa de su propia humanidad, y la repuesta del Señor siempre será ante dicho pensamiento: “Pensabas que de cierto sería Yo como tú” 5. Sin embargo, el Señor desea que nuestro corazón proclame, como el salmista: “En Tu mano están mis tiempos” 6, y que entendamos que “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” 7.

 

Un testimonio personal

Están prontos a cumplirse seis años desde aquel sábado 23 de marzo de 2013, cuando fui echado de una iglesia carismática a la cual pertenecí y en la cual serví junto con mi familia alrededor de 12 años. Hacía menos de medio año atrás que el Señor me había salvado por Su gracia, y había estado creciendo poco a poco en el conocimiento de Su verdad. Pero desde principios del año 2012 estaba siendo inquietado por el Señor a ver mi propio pecado y los graves errores en los que estaba inmersa mi congregación. Verdades a las cuales había estado cegado con la venda de la tradición, se hacían cada vez más evidentes para mí a la luz de la Palabra del Señor, aprendiendo a los pies de Jesucristo.

Al principio, mi deseo fue que quienes estaban a mi alrededor disfrutaran de la misma gracia que yo había recibido. Traté de instarles, de menos a más, a cuestionar las creencias y prácticas que sostenían a luz de la Palabra de Dios. Por consiguiente, mi primer deseo fue uno de reformar el lugar que amaba y tenía por hogar. Todo esto cuando contaba con 15 años. Mi aún ingenuo corazón no dimensionaba la envergadura de dicha transformación que tanto deseaba. Poco a poco fui entendiendo. Cada vez se cumplía en mí aquello que Cristo hizo con los apóstoles: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” 8. Y entonces, al ver la terquedad en la que estaban inmersos mis líderes y amigos, y al ver como su profesado amor por mí podía ser fácilmente alterado a algo semejante al odio solo por querer sujetarme más a la Escritura, y al ver que su profesado amor a la verdad no era más que un amor al conformismo, a la tradición y a lo que los mantuviera en un estado en el que padecer por Cristo no fuese necesario, mi deseo fue redirigido. Ahora anhelaba una iglesia diferente, con fundamentos solamente en la Palabra de Dios.

 

Un deseo redirigido

Mi amor por mi antigua iglesia nunca cambió; ni siquiera hasta ahora. Y no hablo de sus prácticas y creencias, sino de sus integrantes. Cuando pienso en ellos, hay compasión en mi mente. Sé que algunos son mis hermanos. Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que he tenido aún gran tristeza y continuo dolor en mi corazón por ellos. Desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, si eso les hiciera ver la Verdad en Jesús; y desearía yo mismo estar separado de las bendiciones que ahora tengo bajo el entendimiento que me ha sido dado por gracia, si eso pudiera darles a ellos mi lugar. Sé que tal intercambio es imposible, pero así me uno a Pablo 9 al expresar mi sincero amor por ellos. Con Cristo de testigo hablo con toda verdad.

El punto es que mi amor por ellos no podía hacerme dejar de mirar la orden del apóstol: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo” 10 Yo comprendí que necesitaba un lugar donde pudiera ser alimentado con los verdes pastos de la Escritura, saciado con las dulces aguas del Espíritu y fortalecido con la santa comunión de aquellos que de corazón limpio invocan al Señor.

Así, después de esperar casi dos años en mi corazón por una iglesia bíblica en mi ciudad o en sus alrededores (pues busqué una antes de salir de la otra, sin tener éxito), ese mismo día en que el pastor de aquella congregación decidió, sin razones ni explicaciones, echarme junto con mi familia de aquel lugar, fui enterado por una querida hermana de los planes de establecimiento de una iglesia local en mi ciudad en el mes de septiembre de ese año, de 2013. No sé si hubo falta de fe en mí en ese momento, o si hubiese más bien podido decir con aquel hombre “creo; ayuda mi incredulidad” 11, pero lo cierto es que para mí esa noticia era increíble.

Mientras redacto estos artículos, casi que vuelvo a sentir la misma sensación de entonces: me inunda un gozo inefable y se hace el mismo nudo en mi débil garganta, mientras mis ojos vuelven a brillar. Una iglesia bíblica iba a ser plantada en mi ciudad; una iglesia cuyo pastor provenía del lugar de donde había sido pastor el hombre de quien más había aprendido hasta el momento: Charles Spurgeon. ¿Cómo entender tal movimiento de la Providencia? El mismo día en que soy por el Señor sacado de Egipto, no se me da ni la más mínima ocasión de desear las cebollas y los ajos de allí, pues se me concede por mi Señor aquel consuelo de poder tener muy pronto una iglesia de sana doctrina y práctica bíblica a unos cuantos minutos de mi hogar.

¿Estás orando por una iglesia bíblica en tu ciudad? Entonces te invito a leer la segunda parte de este artículo aquí: Parte II.

 


 

  1. Isaías 7:14
  2. Génesis 3:15
  3. Éxodo 24 y 32
  4. 1 Pedro 3:9
  5. Salmo 50:21
  6. Salmo 31:15
  7. Eclesiastés 3:3
  8. Lucas 24:45
  9. Romanos 9:3
  10. 1 Timoteo 4:16
  11. Marcos 9:24
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Comments

  1. Dalia Quevedo  diciembre 28, 2018

    Excelente tu historia… Dios te bendiga mi hermano en Cristo…

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  2. Mauricio  diciembre 29, 2018

    Grandiosa historia, muy similar, Glora a Dios por su palabra.

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