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El llamamiento pastoral

Advertencia: Es importante aclarar que este artículo, a pesar de su extensión, no pretende cubrir todos los ángulos de un tema de tanta importancia para la salud de la iglesia local como lo es el del “llamado pastoral”. Reconozco el aumento en el interés por el santo ministerio, por parte de muchos creyentes. Sin embargo, la motivación de este artículo no es la crítica a tan noble interés, sino el querer resaltar el error cometido por quienes, aparte, e incluso por encima del modelo bíblico, se están llamando a sí mismos y están buscando medios pragmáticos para legitimar ese “llamado”.

La claridad del llamamiento ministerial en el A.T.

En los tiempos de la Antigua Dispensación, el Señor escogía de manera directa a ciertas personas (entre ellos, los profetas) para que revelaran o reiteraran su voluntad al pueblo. Un ejemplo contundente de este tipo de llamamientos lo encontramos en los casos de Moisés (Éxodo 3), Samuel (1 Samuel 3:10), Isaías (Isaías 6), Jeremías (Jeremías 1:7), Ezequiel (Ezequiel 2), sólo por mencionar algunos ejemplos de manera puntual.

¿Qué sucedió, entonces, en los casos de aquellos profetas cuyos llamados al ministerio profético no quedaron explícitamente registrados en la Escritura? Sencillo. No fue la voluntad del Señor que así quedaran. En este punto es necesario insistir en una verdad: el Señor era quien llamaba y quien comisionaba a los profetas de una manera tan clara y directa, que ese llamado no se daba para confusión, ni por parte de quienes eran llamados, ni por parte de aquellos en su entorno. Podríamos hablar muchísimo al respecto de la contundencia del llamado Divino. Podríamos decir, por ejemplo, que una de las maneras en las que el Señor confirmaba que estos varones sí habían sido llamados por Él, era la capacidad dada para que hicieran señales en Su Nombre. Estas señales no sólo autentificaban la veracidad del mensaje encomendado, sino que ultimadamente autentificaban el hecho de que ellos sí habían sido llamados por el Señor al oficio profético.

Pero en este punto, es necesario hacer una aclaración en particular: Hubo personas que se hicieron a sí mismos profetas… personas que se llamaron a sí mismos al oficio profético a pesar de jamás haber recibido un llamado de parte de Dios. Estas personas, sin embargo, en la Providencia de Dios, profetizaron eventos que Dios en su consejo eterno ya tenía pendientes para su ejecución. (Deuteronomio 13:1-4). Aún en los casos en los que sus profecías llegaban a suceder, sabemos que los tales nunca fueron llamados por Dios porque desviaron al pueblo de la ortodoxia doctrinal (Deuteronomio 13:2)

La otra cara de la moneda es igualmente clara. Tenemos registrado en la Escritura el caso de personas que, quizás con la esperanza de que Dios los usara (o por cualquier otra motivación que desconocemos) se llamaron a sí mismos a ejecutar el noble oficio profético. Pero a diferencia de aquellos que mencionamos primeramente, las profecías de los últimos, jamás se cumplieron. Y es evidente que al respecto de estos casos en particular ya resulta totalmente irrelevante determinar si estos, a diferencia de los anteriores, instaran al pueblo a amar y servir al Señor. Lo que ahora observamos es que sus profecías no llegaban a convertirse en realidad, y esto era señal infalible de que el Señor jamás los había llamado. (Deuteronomio 18:21-22) los tales estaban tan descalificados como los primeros, y el pueblo no era llamado a obedecerles.

Pero el problema de los “auto-llamados” no es sólo del A.T.

Pero la triste historia de personas que se han llamado a sí mismas a servir al Señor no es nueva, y no ha dejado de plagar al pueblo de Dios ni de amenazar la salud e integridad de Su iglesia. Si avanzan conmigo varios siglos en la línea de tiempo de “la obra redentora”, llegamos a los días en la nueva dispensación en los que al Señor le plació comisionar apóstoles. La comisión de los doce fue clara; tan clara, de hecho, que ninguno de ellos jamás tuvo dudas al respecto del llamado personal de parte del Señor, y más aún, la iglesia del Siglo I, tampoco tuvo duda en reconocerlos como aquellos embajadores de las Buenas Nuevas. El Señor, pues, los había llamado, habilitado, empoderado y comisionado (Mateo 10:5-8) para que ellos no sólo proclamaran el Evangelio, sino para que posteriormente la iglesia del Nuevo Testamento fuera erigida sobre su fundamento (Efesios 2:20).

Pero de la misma manera que en la antigua dispensación existían personas que fueron legítimamente llamadas por Dios para su servicio particular y personas que se habían inventado el llamado para servir al Señor (cualesquiera que haya sido la razón, no nos importa), así también sucede en la nueva dispensación con el caso de los apóstoles: sólo 12 fueron legítimamente llamados, pero muchos otras personas se llamaron a sí mismos apóstoles, constituyéndose así en falsos apóstoles… 2 Corintios 11:13 … falsos por muchas razones, pero principalmente, porque estas personas se habían puesto en un oficio al que Dios jamás los habría de llamar… se habían hecho un llamado que Dios jamás habría de avalar.

Las buenas intenciones no importan: lo que diga la iglesia local, sí.

Pero el desalentador panorama de los falsos llamados a servir a Dios a lo largo de la historia no terminó allí, por el contrario, el problema continúa latente hasta hoy. Así pués, si continuamos avanzando en aquella línea de tiempo, podremos caer en la cuenta de que las cosas no han cambiado mucho. Estamos en el 2019, y sólo el Señor sabe cuántos varones bien intencionados (creo yo, después de concederles este beneficio anticipado) se están llamando a sí mismos a ocupar oficios ministeriales, a los que quizás Dios jamás los ha llamado. Tocante a este punto, yo argumento que el pueblo del Señor no debe caer en la trampa de si el candidato que “quiere ser un pastor” tiene o no, buenas intenciones. Las intenciones no importan. El deseo de que el Reino de los Cielos avance y que el Evangelio sea proclamado lo deben tener absolutamente todos los creyentes; es más, ni la escasez de obreros fieles (Mateo 9:38) justifica que el oficio eclesial más elevado en este mundo (el pastoral), sea ocupado por una persona con buenas intenciones que quiere aportar al avance de la causa de Cristo. 

Insisto, las buenas intenciones del corazón (que de hecho es engañoso y perverso – Jeremías 17:9) del hombre que se llama a sí mismo, no se constituyen en aquel garante que pueda justificar un llamado de esta magnitud. Nada reemplaza al claro llamado de Dios al ministerio cristiano por los medios por Él soberanamente establecidos. En el amor del Señor, quisiera advertir a quienes han iniciado “obras cristianas” al mejor estilo “llanero solitario o zorro”, que en virtud de que sus testimonios y carácter no han sido probados y aprobados por una iglesia local legítimamente establecida, estas personas pueden estar corriendo el peligroso camino del auto-llamado pastoral y de las consecuencias inherentes a este desenfreno. Lo mismo sucede con el caso de los misioneros: el modelo bíblico es aquel en el que la iglesia local, habiéndose cerciorado de la idoneidad de los tales, los envía con su aval y “bendición” (Mateo 15:22).

A estas personas no se les descalifica, simplemente porque sí. Ellos estarán descalificados por la Escritura, a menos que el Señor los llame de manera clara, evidente e inequívoca por medio (en el contexto) de la iglesia local* a la que sirven. Quienes no someten su carácter e idoneidad al escrutinio de la iglesia local de manera libre y sin reservas, sino que lo hacen ante cualquier otra persona, ente, grupo, movimiento u organización, se engañan a sí mismos e intentan engañar a Dios. Quien esto hace, potencialmente podría terminar suplantando un oficio para el que hay una serie de delineamientos Escriturales específicos que deben ser cumplidos por el potencial ministro y avalados de “manera soberana” por la iglesia local. Al respecto de estos delineamientos Escriturales (evidentes en las Epístolas Pastorales de Pablo a Tito (Tito 1) y a Timoteo (1 Timoteo 3) no hay mucho que hablar: son claros y contundentes.

 * Aclaración al respecto de la iglesia local

No toda congregación de personas que profesan la fe cristiana, es una iglesia cristiana legítimamente instituida para la gloria del Señor. Aquella definición simplista de que una iglesia cristiana es el conjunto de dos o más personas reunidas en el nombre del Señor Jesucristo, debe ser examinada con más cuidado del que que muchos tienen en el presente.

En realidad, aunque la palabra iglesia – ἐκκλησία (ekklesia) – denota una asamblea o conjunto de personas, el concepto de iglesia cristiana no se apoya tanto en el número de personas de una asamblea, como en el orden con las que se reúne y los propósitos para los que se reúne dicha asamblea. El caso puntual es el motín de Éfeso en el que el autor inspirado usa la palabra ἐκκλησία (ekklesia) para referirse a una aglomeración de personas que gritaban una cosa y otra sin tan siquiera saber por qué se habían reunido. Otros pasajes que corroboran el punto de que la palabra iglesia (ekklesia) era usada en un sentido general, son Hechos 19:39 y Hechos 19:41 (esto sin considerar el uso secular que se le daba a la palabra en los días en los que los autores fueron inspirados a escribir)

Así pues, no siempre podemos darle el nombre de “iglesia cristiana” simplemente a un grupo de personas que profesan la fe cristiana y que se reúnen en un lugar determinado. De hecho, el gran teólogo Bautista J.L. Dagg afirma de manera acertada al respecto de la iglesia: 

Que en algunos casos una verdadera iglesia cristiana se reunía en casas de familia, es algo que no podemos negar. Pero lo que no podemos afirmar es que cada asamblea de cristianos para la que la palabra ekklesia era algunas veces usada, era una iglesia cristiana en el pleno sentido de la palabraManual of Church Order. J.L. Dagg DD. Pág 82-83

¿Por qué tanto énfasis en esta aclaración de la palabra iglesia? Porque tanto la ignorancia de las Escrituras, como el pragmatismo misional que se ha apoderado de muchas personas, iglesias y organizaciones para-eclesiales, han estado progresivamente reduciendo al mínimo común denominador el concepto histórico de iglesias cristianas y las labores encomendadas a ellas. Su reducción es simplista, en el mejor de los casos, e inapropiada, en el peor.

Así pues, si la definición de iglesia cristiana es reducida a un simple grupo de personas reunidas “en el nombre de Jesús”, sigue que cualquier grupo de personas que profesen la fe en Cristo -sin importar su organización, o su obediencia al modelo Escritural, o los propósitos por los que se reúnen- estaría en plena potestad de avalar el llamado pastoral de cualquier persona que crea tenerlo: ¡esa es una de las pérfidas consecuencias del poco valor que le dan muchos profesantes -y aún hermanos en el Señor- a la iglesia local.

La conclusión es obvia: Si el varón que “dice tener un llamado pastoral” no se encuentra laborando en medio de una verdadera iglesia cristiana local, cuya membresía haya sido legítimamente establecida, que se reúna de manera regular y ordenada (en disciplina y en obediencia) para la proclamación del Evangelio a los perdidos y la predicación de la Palabra a los santos para su edificación, cualquier atestación de su llamado incumple con el estándar bíblico, así cumpla aparentemente con los requisitos pastorales, ¿Por qué? Porque el llamamiento para el oficio pastoral no sólo tiene que proceder del entorno o contexto de la iglesia local, sino que es la iglesia local la que está llamada a “verificar y atestar” el cumplimiento de los requisitos pastorales del varón en mención. 

Sugerencias finales para quienes “sienten el llamado pastoral”

Quizás existan queridos hermanos con buenas intenciones (como lo sugerimos anteriormente) que han abierto sus casas para estudios bíblicos semanales y también para orar. ¿Está eso mal? La respuesta depende de muchos factores. Por ejemplo, si en esa ciudad hay una iglesia legítimamente establecida, doctrinalmente fundamentada y organizada conforme al modelo apostólico, la pregunta sería ¿cuál es mi motivación para no reunirme con ellos… ¿por qué quiero crear otra… ¿acaso “si abro” mi casa para el estudio de la palabra, podré conseguir el obispado que tanto anhelo?

La respuesta en muchos casos que conozco es sencilla y pecaminosa a la vez: la idea del sometimiento a una autoridad pastoral que ha sido legítimamente establecida por una verdadera iglesia cristiana no es una opción para ellos. Yo les pregunto a estos hermanos ¿Esperan ustedes que el Señor les conceda la gracia de que eventualmente el pueblo de Dios se sujete a ustedes (Hebreos 13:17), sin ustedes contar con la gracia de haberse sujetado jamás a una autoridad establecida por Él? 

Lo primero, a lo que en el amor del Señor llamo a estos hermanos, es a examinar sus motivaciones. No sería descabellado afirmar que muchas de aquellos varones que se llaman al ministerio pastoral “sienten algún grado de inclinación por el mando y el poder” … obvio, esta es una motivación altamente inapropiada (Mateo 20:26-28). Otro error grande que cometen muchos es sentir que “arden de celo” y que ya no quieren hacer otra cosa que proclamar el Evangelio… (Este es el caso de muchos quieren vivir del Evangelio, sin haber sido llamados por Dios a predicar el Evangelio)

El papel de ministerios para-eclesiales en el llamamiento del ministro

Un tercer aspecto en el que debe meditar es este: si usted, hermano, ha sido verdaderamente llamado por el Señor para pastorear la grey del Señor en una localidad en la que no hay iglesias locales bíblicas, o parte de la grey del Señor en una localidad en la que ya existen… no se afane. Y cuando le sugiero a limpia consciencia de que no se afane, lo que quiero decirle es: no se afane por buscar el aval de ministerios para-eclesiales, pues ellos no tienen la potestad de llamarlo al pastorado, ni tan siquiera de avalar su llamado al mismo. Sólo la congregación local -al saber de su anhelo de obispado- tiene el deber de probar su carácter, de avalar su testimonio, de cerciorarse de su idoneidad para el ministerio y ultimadamente, de llamarlo (o pedirle que gobierne sobre ellos). Recuerde: el gobierno que ejerce el ministro cristiano no es una dictadura autoimpuesta sobre la iglesia, sino un gobierno consentido por la misma iglesia.

En esa línea de pensamientos, existen abundantes casos en los que las personas que “quieren ser pastores” buscan desesperadamente el apoyo de otras iglesias y/o de conocidos grupos para-eclesiales con el fin de que les impongan las manos y los llamen a ser pastores de “las iglesias en las que predican”, legitimando así un llamado que probablemente no existe …. ¡ESTE ES UN ERROR GARRAFAL!  lo peor del asunto es que muchos pastores ajenos a la iglesia local en mención y pastores que pertenecen a organizaciones para-eclesiales, están sentando un pérfido ejemplo de desobediencia al modelo Escritural, prestándose para el rompimiento del orden bíblico.

Estas violaciones son cometidas con un espíritu misional y no misionero, y so pretexto -en algunos casos- de que es necesario que el Reino de los Cielos avance. Esto sólo demuestra un espíritu pragmático y un desconocimiento evidente de eclesiología cristiana. Permítame decirle esto: Si usted verdaderamente ha sido llamado al ministerio cristiano, no tendrá necesidad de buscar la aprobación de un pastor de otra iglesia, ni mucho menos, de ningún grupo para-eclesial. Usted deberá emplear mejor su tiempo, escudriñándose a usted mismo y cuestionando sus motivaciones, buscando siempre que estas honren al Señor, por medio de la sujeción a la Escritura y al patrón allí establecido por Dios para la “verificación y atestación” del llamado que usted cree tener. Sea paciente y honesto con usted mismo y jamás busque el aval de su “llamado interno” fuera de la iglesia local.

El precio que pagan muchos para ser reconocidos como pastores

Pero si estas sugerencias no son una opción para usted, y lo que usted quiere es “convertirse en maestro a toda costa” a pesar de la advertencia Divina de Santiago 3:1, quizás usted encuentre lo que quiere, y lo encuentre fácilmente. Quizás usted llame a un pastor para que le imponga las manos, o a un ministerio para-eclesial para que avale su llamado. En estos casos, no pierda de vista que, hablando de manera sencilla, usted obtendrá “su obispado” de los hombres y no de Dios. No olvide que jamás tendrá la autoridad moral para guiar al pueblo de Dios, porque Dios, por medio de su pueblo, no lo ha llamado para que lo haga.

Entonces, ¿a qué precio obtendrá el obispado que tanto anhela? El precio que tendrá que pagar es aquel de violar la voluntad revelada por Dios en Su Palabra, de haber roto el orden establecido para la constitución de ese oficio, y de haber martillado y aporreado -quizás- su consciencia, sabiendo que usted arrasó todo a su paso para obtener el fin deseado.

Contrario a esto, cuando un varón de Dios “siente o cree” que ha sido llamado por Dios para el santo ministerio en su iglesia local, él, después de cuestionar en oración sus motivaciones, debe proceder a comunicar a los ancianos de la iglesia local acerca de sus intenciones y debe someterse a la guía de estos al respecto. Si es una iglesia pionera que no cuenta con oficiales establecidos, el varón de Dios debe comunicar sus intenciones a la membresía de la iglesia y aguardar humildemente en oración a que esta inquiera al respecto del asunto.

El varón verdaderamente llamado por Dios, es honesto consigo mismo y no se afana. Este varón sabe que tiene el poder (en su carne) de presionar las cosas para que el llamado se dé, y hasta de fingir las virtudes de un ministro con el fin de obtener lo que quiere; pero por el contrario, escoge someterse a la autoridad dada por Dios a la iglesia local, para que sea Dios por medio de ellos quienes lo califiquen o descalifiquen para tal labor. Un verdadero cristiano que “siente o cree” que ha sido llamado por Dios para el santo ministerio, espera en oración a que sea Dios quien obre providencialmente en sus circunstancias familiares y laborales con el fin de que, en las primeras no haya nada que se constituya en estorbo más adelante en sus labores (hogares mal gobernados), y en las segundas, jamás existan motivaciones inapropiadas de lucro o necesidad; en otras palabras, un varón verdaderamente llamado por el Señor no puede anhelar obispado “para servirle a Dios”, simplemente porque ya no quiere más trabajar “para los hombres”.

Hermanos en Cristo, quizás, pero no pastores.

¿Qué pasa con aquellos hermanos que se llaman a sí mismos “pastores”, o que usan otros pastores o ministerios para-eclesiales para que legitimen sus “supuestos llamados” y así puedan “ejercer el ministerio pastoral” en sus iglesias locales? Bueno… estos hermanos son eso, hermanos en Cristo, y tanto como podamos discernir, ninguno debe dudar en tenerlos como hermanos si su testimonio es conforme a las Escrituras. Pero, ni a estos hermanos ni a los hermanos que se reúnen con ellos les debemos hacer el gran mal de pasar por alto su desobediencia al Señor. ¡Sí, quizás sean hermanos, pero no se debe pasar por alto el hecho de que se ha usurpado un oficio Neotestamentario para el cual existen claros delineamientos! A los tales no se les debe llamar pastores ni tratar como tales.

No deberíamos dudar en advertir a otros de tal violación. Pero deberíamos siempre asegurarnos de hacerlo de una manera constructiva, prudente y mesurada, evitando así intranquilizar desproporcionadamente a las ovejas del Señor, y también, evitando así que se normalicen conductas y prácticas sin precedentes en la historia, o mucho peor, sin precedentes en la misma Escritura.

Sólo digo… ¡Vaya condenación en la que quieren entrar quienes quieren ser maestros sin ser llamados por Dios, y vaya necedad de quienes sin el menor discernimiento avalan, sancionan y ordenan a tales personas!

Que el Señor proteja de sí mismo, al varón que cree tener el llamado pastoral, y que el Señor proteja a su iglesia de varones que buscan ese llamado, pasando por alto Su Palabra.

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Comentarios

  1. Carlos Samboni  enero 25, 2019

    Excelente pastor Cesar.
    Gracias por los innumerables aportes , enseñanzas y exhortación. Las sigo con atención.
    Bendiciones

    responder

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