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En los postreros días vendrán tiempos peligrosos (Parte 2 de 3)

En el curso de sus proféticas palabras en 2 Timoteo 3, Pablo se mueve con rapidez hacia la lista de características que se manifestarán en épocas peligrosas, mencionando diecinueve pecados prominentes que se apoderarán de nuestra sociedad. Estas tendencias malvadas serán justificadas y aplaudidas en el mundo, pero el pueblo de Dios debe verlas con gran preocupación, reconociéndolas como lo verdaderamente opuesto al carácter cristiano.

Las cinco primeras están relacionadas con el complacerse a sí mismo. La profecía paulina nos dice que las personas se enfocarán desvergonzadamente en sí mismas, siendo “amadores de sí mismos”, de manera que el complacerse a sí mismo pronto se convertirá en el objetivo para todas las personas. Pablo virtualmente predice la promoción de la auto-estima como la base estética del bienestar.

De allí sigue que el rompimiento de la familia será algo común, porque el amor por los demás será relegado a un segundo lugar y prevalecerá la auto-consideración en la retorcida sociedad de los tiempos peligrosos. La más vil de las maldades – como el abuso infantil– prevalecerá, porque la gratificación de la lascivia personal, por muy perversa que esta sea, tendrá precedencia sobre la actitud protectora de los padres hacia sus propios hijos.

Así de bajo caerá la gente como consecuencia del amor por sí mismos. Pondrán sus propios intereses por encima de cualquier cosa, creyendo que solamente los tontos harían lo contrario, y la filosofía de la “auto-estima” conquistará las voluntades de millones.

Los jóvenes crecerán entrenados para buscar sus propios fines y su placer personal, e incluso los creyentes jóvenes serán infectados por esta enfermedad. Preguntemos a los cristianos más jóvenes por qué han elegido sus estudios o carrera en particular y tomemos nota de las respuestas. ¿Es porque oraron por guía o porque querían hacer algún bien? ¿O es meramente porque disfrutaban esa materia o querían hacer dinero o ser importantes y admirados? Con frecuencia unas pocas preguntas revelarán que (desapercibidos por la iglesia o sus padres) el mundo ha dado forma a su perspectiva sobre la vida, e incluso gente que es salva y honesta ha caído en este molde.

¡Basta con dar una mirada a la sociedad del día presente y a sus gustos! Pensemos en las horas que la gente pasa viendo espectáculos de charla televisiva, en los cuales una interminable fila de celebridades hablan acerca de sí mismos, amenizando a sus ingenuas audiencias con anécdotas en las que se aplauden a sí mismos. La sociedad del pasado los habría desechado como engreídos, banales y patéticos, pero ahora su arrogancia es aceptable y complace y entretiene a todos.

En línea con la profecía de Pablo, los roles de servicio son ahora más bien despreciados. El servicio y la devoción se ven mayormente como tonto sentimentalismo en una época de quienes “ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo”. La gracia de la feminidad es una joya muy preciosa en el orden divino; un ejemplo visible de abnegación y amoroso compromiso con el bienestar de los demás; una figura radiante de la meta suprema de todos los seres humanos: servir a Dios Todopoderoso con devoción a Él y a Su causa. Debemos vivir y respirar (por así decirlo) para los propósitos de Dios y para servimos unos a otros, siendo esta la sustancia de “toda la ley y los profetas” (Mateo 22:36-40).

Es por la bondad y la misericordia de Dios que se ha mantenido en las mujeres una inclinación natural a ejercer cariño, a pesar de la Caída, y especialmente dentro de las familias Es una ilustración del estándar y llamado de todas las personas. Es una reprimenda al orgullo humano y a la independencia egoísta, que busca solamente dominar y desdeñar a los demás. Pero en tiempos peligrosos la gente replica: “Yo no lo veo de ese modo; la mansedumbre y el servicio son patéticos e insultantes. Nadie debería tener un rol de servicio; todos deberían explotar la totalidad de su libertad para alcanzar aclamación y auto-satisfacción.”

La época presente infla el ego individual, prometiendo a todos ocupar el centro del escenario de la vida.

La advertencia de Pablo de que los hombres serán “amadores de sí mismos” tiene el propósito de ponernos en guardia. Las iglesias de Cristo deben tener el mayor de los cuidados de no amoldarse por el desacato de este mundo al servicio o por el odio hacia la feminidad bíblica defendido por el feminismo ateo. Debemos “alejarnos” de los promotores de la impiedad. La gente de corazón soberbio que carece del ‘espíritu-sirviente’ de mansedumbre (Gálatas 5:23) no debería ser recibida en la membresía de una iglesia hasta que la mentalidad de este tiempo peligroso haya quedado atrás en sus vidas y la obra del Espíritu Santo forme una nueva actitud en ellos.

¿Tenemos familias en la iglesia que son “amadoras de sí mismas” en cuanto que viven solamente para sí mismas? Adoran en los servicios públicos y parecen disfrutar de la Palabra, pero sus energías están por entero aplicadas al bienestar de sus familias, sin dejar nada para la causa de Jesucristo. ¿No brindamos apoyo pastoral a los amigos distantes? ¿Desalentamos la obstinación y mostramos el camino hacia el avance espiritual, el servicio y la plenitud?

El egoísmo y auto-servicio de esta presente época peligrosa es por entero ofensiva a Dios y no debe permitírsele arruinar las iglesias, destruyendo las familias y volviéndose gradualmente aceptado como una versión legítima de la vida cristiana.

 “Avaros”

 La profecía de Pablo profundiza aun en más detalles mientras describe las características de la maldad que vislumbrará en los tiempos peligrosos, mencionando cuatro manifestaciones del amor a sí mismo. Las personas serán, dice Pablo, “avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos”.

La edad presente es desesperadamente codiciosa, presentando un formidable peligro para las iglesias, por cuanto la codicia de tener algo pronto se convierte en el derecho a tenerlo. Los lujos de ayer son las necesidades de hoy y si una generación ya se halla malcriada por la abundancia, ¿hacia dónde se dirige?

Los creyentes fieles deben honrar los deberes de la abnegación, sincera mayordomía de sus posesiones y un estándar de vida modesto y razonable. Nuestro Salvador y Hermano Mayor es un Salvador que da, y se espera que sus hijos constituyan una familia del mismo tipo. En tiempos peligrosos, sin embargo, la avaricia entra en la iglesia como inundación, convirtiendo el lugar en algo repugnante y contaminado.

Frecuentemente los grandes tele-evangelistas y líderes carismáticos quedan expuestos por su modo de vida extremadamente codicioso, pero a quienes los apoyan esto no parece importarles. Los verdaderos creyentes, no obstante, saben que la avaricia es una ruptura de la ley moral primaria, y está en la lista de 1 Corintios 5 como causa de excomunión. A un hombre groseramente auto-indulgente, que vive en medio de riquezas y que no quiere cambiar su modo de vida, no debería permitírsele continuar siendo miembro de una iglesia evangélica, mucho menos como anciano o diácono, puesto que el apóstol dice: “a éstos evita”.

De nuevo tenemos un especial deber hacia los jóvenes que profesan al Señor. ¿Podría ocurrir que en nuestra iglesia un joven, en todo lo demás modesto, compre un sofisticado y caro coupé deportivo, porque no ha habido una enseñanza práctica sobre los estándares de la vida cristiana? ¿O hay un ejemplo venenoso de miembros mayores que conducen automóviles innecesariamente costosos?

Los jóvenes han crecido en una era en la que se les dice: “¡Gástatelo todo en ti mismo! Tienes derecho a placeres, lujos, cosas a la moda y símbolos de estatus.” ¿Se les ayuda a ver que estos son los valores de la impiedad, y los objetivos especiales de una era malvada?

 “Vanagloriosos, soberbios”

 Luego de la avaricia, las palabras proféticas de Pablo se mueven hacia otros dos casos de amor a sí mismo: los vanagloriosos y los soberbios. Vanagloriosos son aquellos que se jactan verbalmente de los logros que imaginan haber alcanzado, mientras que los soberbios son los altivos que no se dejan enseñar. Estos últimos tienen opiniones muy arraigadas y están demasiado henchidos como para escuchar cualquier cosa que pueda retar sus ideas o estilos de vida.

En la extraordinaria profecía de Pablo, se subraya la vanagloria como una característica visible de los tiempos peligrosos. Vemos, por ejemplo, la cultura de la televisión, con su jactancia que no se detiene, hora tras hora. Incluso los cristianos, expuestos solamente a ráfagas de ella, se acostumbran a la vanagloria y luego de un tiempo no les parece tan mala después de todo.

La jactancia de sí mismo aparece en tiempos de extrema apostasía porque la sociedad deja de reverenciar a Dios y de reconocer o admirar el comportamiento virtuoso. Esta falta de aprobación deja un gran vacío que no puede permitirse. El corazón humano debe justificarse a sí mismo. Debe asegurarse de que rechazando lo bueno y las cosas espirituales, se ha puesto a sí mismo en libertad de disfrutar cosas muchísimo mejores. Debe encontrar un enfoque alternativo para su aplauso y aprobación. La vanagloria es un triunfo de la política satánica, por cuanto sirve para oscurecer a Dios de los ojos humanos, así como la gracia y todos los valores divinos.

En muchas congregaciones la vanagloria ha contaminado la adoración del Dios Todopoderoso. En lugar de ser el Señor el único objeto de adoración, a través de los profundos y poderosos sentimientos provistos en la Palabra, las personas se suben a las plataformas para demostrar sus habilidades vocales e instrumentales, para el placer y el aplauso de la gente.

La criatura es exaltada y eso es lo que la Escritura quiere decir con vanagloria. En algunos círculos incluso los anuncios están llenos de vanagloria, ensalzado a personas “maravillosamente dotadas”, una tras otra. Una mega-iglesia carismática, supuestamente reformada, recientemente produjo un video de su pastor alabando a su líder de adoración como el más grande rapero del mundo. ¡Ese mismo pastor escribió un libro sobre la humildad!

¿Se ha vuelto legítima la vanagloria en nuestra iglesia? ¿Se centran nuestras conversaciones en logros, adquisiciones, éxitos familiares y así sucesivamente? Cuando el Salvador vino, su habla estuvo dedicada a la edificación de los demás, no a su destreza en asuntos terrenales, y ese es el ejemplo para su pueblo.

Junto con la vanagloria viene la soberbia, la cual es auto-satisfacción, auto-confianza y auto-dependencia. La soberbia ya decidió que hacer. Aunque celebrada en el mundo, es vil a los ojos de Dios y nunca debe ser aceptada como un rasgo característico legítimo de los creyentes.

Estos son tiempos peligrosos: cuando la soberbia y la auto-confianza son aplaudidas en el mundo como ingredientes esenciales en el éxito profesional, logros atléticos y cualquier otro campo de actividades. Las personas son cada vez más soberbias en sus maneras y opiniones y los cristianos pueden acostumbrarse tanto a ello que ya no lo notan cuando invade la iglesia.

Opiniones dogmáticas dominan los blogs y las redes sociales, donde se incentiva a los jóvenes a imponerse a sí mismos, como si fueran veteranos de experiencia y sagacidad. No sienten en absoluto ninguna necesidad de un periodo de aprendizaje y reflexión. La soberbia trajo la caída de Satanás y fue un elemento primario en la desobediencia del Jardín del Edén. Sigue arruinando a los creyentes individuales y a las iglesias y debe ser combatido con mucha mayor dureza en una época en la que reina como una característica principal de la sociedad.

 “Blasfemos”

 Los blasfemos son mencionados por Pablo como la cuarta y final subdivisión de amor a sí mismo, inusualmente prominentes en tiempos peligrosos. Cuando las personas se vuelven difamadoras de Dios se alcanza el producto final del amor a sí mismo, con su avaricia, vanagloria y soberbia.

¿Puede la blasfemia –difamación de Dios– penetrar las iglesias? De una forma sutil, ciertamente puede cuando los cristianos absorbeN los estándares avaros, vanagloriosos y soberbios de esta era, y alcanzan un punto tal que ya no sienten que Dios ve ni tampoco que le importa. Ya no tienen ninguna precaución en su caminar, ni tampoco suenan las campanas de su conciencia. Oyen la predicación de la Palabra (e incluso la predican ellos mismos), permaneciendo inconmovibles y sin ser retados en lo más mínimo, incluso cuando sus mayores pecados son vívidamente descritos.

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