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Enseñanza de Pablo sobre la crianza de los hijos

Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

No hace falta decir que la paternidad es una enorme responsabilidad, y nos alegramos por cada palabra que tenemos en la Biblia que nos muestra cómo debemos ser padres.

   En Efesios 6:4 Pablo instruye a los padres. Las madres parecen estar fuera del cuadro, pero obviamente esto no puede ser así. Todo lo que aquí se dice acerca de los padres debe aplicarse también a las madres. Sin embargo, el apóstol evita usar la palabra griega que se refiere a ambos padres, y más bien pone la principal responsabilidad (incluyendo la responsabilidad ante Dios) en el padre.

   Pablo comienza desafiando a los padres a pensar respecto a la forma en que pueden provocar a sus hijos a la ira. Esto no solo se refiere a la ira inmediata, sino también a la exasperación y al resentimiento que puede que no surjan durante varios años. ¿Cómo, exactamente, podemos despertar la ira y la frustración en nuestros hijos?

   Ningún padre debe sentirse condenado por las respuestas que se dan aquí, porque cada uno de nosotros ha fallado en muchas maneras. El propósito de este artículo es ayudar, no hacer daño.

   Este aviso de no provocar a nuestros hijos a la exasperación se aplica a los niños y jóvenes de todas las edades. No los frustren ni los amarguen, dice Pablo. Tan importante es esto que lo menciona antes de dar cualquier exhortación positiva.

   Está claro que la amargura puede ser provocada por un comportamiento malhumorado y violento, pero eso no es todo. Hay otros errores en la crianza de los hijos que producen la misma reacción dolorosa en ellos.

   Aquí, entonces, hay siete maneras en las que podemos enfadar y exasperar a los jóvenes, tanto a corto como a largo plazo.

 1. Indiferencia

   En primer lugar, y muy obviamente, podemos provocar amargura y frustración a largo plazo a los niños al ser indiferentes a ellos y a sus preocupaciones. Esto sucede muy fácilmente estos días, pues vivimos, después de todo, en los días más complicados que jamás han ocurrido en la historia del mundo.

   Estamos cargados con numerosas responsabilidades, y una gran cantidad de información constantemente nos bombardea en esta era de tantos medios de comunicación. Es muy fácil que los padres piensen que las necesidades de los niños son aburridas y triviales. Es posible que a veces tendamos a ignorarlos o a olvidarnos de ellos, o podemos dejar que sea solo el otro padre el que se involucre más estrechamente. Incluso podemos tomar poco interés en sus puntos de vista (los cuales se están desarrollando) y en sus intereses distintivos, y apenas notar que un niño es diferente al otro. También podemos llegar a ser indiferentes a la necesidad que tienen nuestros hijos de tener compañía.

   Puede llegar el día en que los niños, conforme crecen, rechacen la autoridad de los padres. Pero la verdad puede ser que el respeto y la autoridad se perdieron mucho tiempo atrás a través de la indiferencia de los padres.

   Cuando los niños lleguen a mediados o finales de su adolescencia, los padres querrán protegerlos de las trampas morales de la sociedad, y a veces surgen conflictos difíciles. ¡Cuánto más fácil es si su afecto y respeto por los padres está intacto!

 2. El exceso de guía

   Una segunda acción que probablemente exaspere a los niños, y que debe ser considerada junto al punto anterior, se presenta cuando los padres tienen demasiado interés, en el sentido de que dirigen sobremanera a sus hijos cuando toman decisiones. Los padres exageran en la guía que dan a sus hijos deciden enteramente por sí mismos si el niño va a ir a un tipo particular de la escuela, o si se dedicará a un deporte en particular, o qué asignaturas específicas va a estudiar. Los padres empujan al niño todo el tiempo, de modo que el juicio o gusto independiente del niño es aplastado.

   Esto puede ocurrir debido a un orgullo por parte de los padres. El niño tiene que hacer esto o aquello, porque tales cosas enorgullecerán a los padres cuando el niño llegue al final de la adolescencia y entre en la vida adulta. El curso de la vida del niño está predeterminado. Un camino obligatorio que no toma en cuenta los gustos e inclinaciones del niño (aunque se haga muy gentilmente), posiblemente amargue a un niño a largo plazo.

   La sobreprotección también puede frustrar a un niño. Hay muchísimas cosas que con justa razón preocupan a los padres, y de las que debemos proteger a los niños. Pero debemos tener cuidado de no exagerar esta protección, de modo que niños que se están haciendo mayores se les niegue prácticamente cualquier cosa que pueda gustarles. Los niños no están ciegos. Ellos ven lo que otros niños son libres de hacer. Una actitud protectora injustificada puede producir resentimiento. 

   No se trata de omitir la disciplina. Los padres que dejan que sus hijos pequeños se salgan con la suya cuando son groseros y se portan mal almacenan problemas para el futuro. Comenzar los regaños a los dieciséis años es exponerse al resentimiento, desprecio y rebelión.

 3. Demasiado criticismo

   En tercer lugar, los niños pueden enojarse profundamente si son excesivamente criticados y desalentados. Sus mentes y capacidades se están desarrollando y, por ende, constantemente hacen cosas tontas, si las medimos según los estándares de un adulto. Sus ideas son frecuentemente inmaduras y la forma en que llevan a cabo sus proyectos a veces es extraña. Pero son niños y, a la luz de esto, los padres deben limitar sus críticas. Los niños solo pueden sobrellevar cierta cantidad de criticismo antes de que les hagamos perder la confianza y los frustremos.

   Es fácil desalentar a los pequeños al aplastar sus sueños y aspiraciones. Los niños tienen todo tipo de planes y opiniones, los cuales pueden cambiar cada cierto número de meses o años, y no podemos constantemente echar jarrones de agua fría a sus ideas. Si sus sueños no son intrínsecamente malos, que sueñen entonces (en particular en el caso de los niños más pequeños). Ellos no se están comprometiendo a algo de forma permanente. Si los niños son pequeños, no debemos comportarnos como si estuviéramos aconsejando a adolescentes mayores. ¿Qué problema hay si el corazón de un niño se enfoca en ser un conductor de tren o un astronauta?

   Cuando los adolescentes más mayores tienen sueños totalmente inalcanzables o inadecuados, puede que sea necesario encontrar formas amigables de disuadirlos al respecto; pero incluso en este caso, debemos mostrar atención y respeto. Sin embargo, la actividad intelectual de un niño, si es moralmente sana, no debe ser aplastada.

 4. No ajustarse al crecimiento del niño

   En cuarto lugar (y basándonos en el punto anterior), se puede producir exasperación en los niños cuando los padres no se adaptan a su crecimiento. Todos somos lentos para hacer este ajuste. Poco a poco, los niños se convierten en adultos y, poco a poco, se les debe ceder la responsabilidad de sus vidas, incluso si esto significa que cometan errores. Si a un niño que tiene quince años lo estamos tratando prácticamente igual que cuando tenía diez, entonces tal vez estamos cultivando una rebelión profundamente arraigada para el futuro.

 5. Mal humor

   En quinto lugar, todo el mundo está de acuerdo en decir que provocamos a nuestros hijos a que tengan ira a través de la hostilidad, el mal humor y los castigos demasiado severos. Si están cansados y tensos, los padres pueden reaccionar de un modo injustificable ante una mala conducta y, a pesar del cariño que le tengan a sus hijos, pueden dar cabida al mal genio y castigar a los niños porque tienen frustración en vez de con un espíritu adecuado de corrección. (El tamaño del castigo será de acuerdo al estado emocional de los padres).

   Puede que una frustración profunda no sea inmediatamente aparente, porque los niños parecen recuperarse y superar sus pruebas. Pero en su interior, una especie de deuda se puede acumular, y tal vez llegue el tiempo en que resientan todo trato irrazonable. Entonces la autoridad paternal será desacreditada y socavada.

   Lo que hacemos a un niño puede no producir sus malos frutos hasta que el niño sea un adolescente. Debemos tener cuidado de que la hostilidad y los castigos excesivos no provoquen que los niños se aíren.

 6. Injusticia

   En sexto lugar, la injusticia amarga y frustra a los niños, especialmente después de cierto tiempo. El punto anterior cubrió la injusticia en el área de los castigos, pero la injusticia también puede surgir al asignar culpabilidad a uno u otro niño. Para decidir un “caso” a menudo se requiere de la sabiduría de Salomón. Pero si hay injusticias frecuentes, la autoridad paternal puede hacerse pedazos. Los niños también pueden acumular exasperación si la razón de la disciplina no es evidente o no se explica. ¿Viene como un estruendo salido de la nada? Un niño puede preguntar: “¿Qué tenía eso de malo?” O, “¿Por qué no puedo hacer eso?”.

   La injusticia del favoritismo puede ser otro punto débil. Si a un niño constantemente se le da más que al otro, aunque los padres puedan no estar conscientes de lo que está sucediendo, el niño que no recibe lo mismo que el otro ciertamente lo estará. Si un niño es castigado más que otro por la misma ofensa, o uno es animado más que el otro por el mismo logro, la guía y la autoridad de los padres puede estar en riesgo. Si hay alguna injusticia al dar apreciación o aprobación, entonces puede que haya problemas en el futuro.

 7. La falta de un buen ejemplo

   Una séptima forma de exasperar a los niños sucede cuando no hay un buen ejemplo de los padres. Es obvio que si los padres hacen las mismas cosas por las que castigan o regañan a sus hijos, entonces puede surgir resentimiento y confusión. Además de esto, los niños muy a menudo adquieren el comportamiento de los padres.

   Hace muchos años, un matrimonio vino a ver si podían ser ayudados para resolver un problema grave. Ellos dijeron: “No podemos dejar de discutir”. La evidencia pronto salió a la luz, porque incluso mientras describían el problema, las chispas comenzaron a volar. Inmediatamente después de discutir esto, comentaron un segundo problema. Sus hijos eran muy volátiles y violentos entre sí, y no se les podía calmar. ¿Por qué eran tan malos sus hijos?

   La respuesta era que habían aprendido la conducta de sus padres. Debido a su propia conducta, estos padres produjeron exasperación instantánea en sus hijos, y perdieron toda autoridad, y no eran personas creíbles ante los ojos de sus hijos.

   En resumen, los siete puntos potencialmente peligrosos, que pueden producir “ira”, ya sea a corto o largo plazo, son los siguientes:

1. Indiferencia

2. Exceso de guía o sobreprotección

3. Exceso de criticismo

4. Que los padres no se adapten al crecimiento del niño

5. Hostilidad o mal humor

6. Injusticia o favoritismo

7. Mal ejemplo de los padres

 “Criadlos”

   Pasando al lado positivo de la crianza de los hijos, el apóstol dice: “criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Criadlos ha sido traducido como: “criarlos con ternura”. Antes de considerar cómo los criamos, debemos apreciar el concepto de criar a los niños con ternura y cuidadosamente, y debemos verlo como nuestra comisión y responsabilidad.

   La pregunta clave es: ¿Para qué los estamos criando? ¿Cuál es nuestro objetivo? Puede sonar una pregunta trivial, pero no siempre es contestada correctamente. Estamos criando a nuestros hijos para toda la vida, no para la infancia.

   Algunos padres dicen: “Quiero disfrutar a mis hijos; y disfrutar viéndolos crecer”. Nosotros no culpamos esa actitud. Un hogar con niños es una bendición maravillosa. Pero al mismo tiempo, no debemos olvidar que criamos a nuestros hijos para que sean felices siendo niños y también para su vida futura. Debemos preguntarnos: “¿Cómo estoy entrenando a mis hijos para prepararlos para la vida adulta? ¿Cómo los estoy preparando para el tipo de mundo que pronto deberán enfrentar?”. Las siguientes sugerencias no dicen nada acerca de instruir a los niños espiritualmente, ya que se asume que los lectores no necesitan ser convencidos al respecto.

 “En disciplina”

   Tenemos que criar a nuestros hijos en la disciplina del Señor. Disciplina aquí significa entrenamiento. ¡Si tan solo supiéramos cómo producir en los niños diligencia, a fin de que algún día trajeran gran gloria a Dios en su trabajo y testimonio! ¡Si tan solo pudiéramos impartirles iniciativa! Qué maravilloso es tener personas que puedan responder a las circunstancias de la vida y llevar a cabo iniciativas, tanto en su vida personal como en el servicio al Señor. ¡Cuán glorioso es tener personas en la iglesia que tienen vitalidad y tenacidad! ¿Existe alguna cosa que podamos hacer para promover estas virtudes en nuestros hijos? Estas son el tipo de preocupaciones que debemos tener.

   ¡Si tan solo pudiéramos descubrir cómo producir un sentido de deber en nuestros hijos, y cómo hacerlos considerados y amables! Si tuviéramos los secretos, las respuestas a estas preguntas, seríamos padres felices. Podemos cobrar aliento, porque la Escritura nos da las respuestas a esas preguntas. Podemos ayudar a nuestros hijos a ser todas esas cosas a medida que los preparamos mental, espiritual, moral y socialmente para el camino de la vida.

   La disciplina no solamente incluye castigos, sino que su ámbito es más amplio. La diferencia entre disciplina y amonestación se ha explicado de esta manera: la disciplina es lo que se hace al niño, mientras que la amonestación es lo que se dice al niño.

   Lo que hacemos a un niño abarca todas las restricciones y limitaciones a las que le sujetamos. La disciplina significa que diseñamos actividades, circunstancias, normas, obligaciones y recompensas en la vida del niño. Es lo contrario a malcriarlos. Si malcriamos a un niño, es debido a que no hay reglas ni restricciones. (Malcriar es uno de los más grandes desastres, porque las cicatrices suelen permanecer incluso después de la conversión, y tienen que ser erradicadas a través del tiempo mediante el proceso de la santificación).

   La disciplina es más positiva que negativa. Tenemos que entrenar a los niños socialmente. Anhelamos que sepan cómo relacionarse con otras personas, ya sea en la familia, la iglesia, la escuela, o en el lugar de trabajo o estudios. Tenemos que ayudar al niño tímido a que adquiera confianza cuando sea necesario. De la misma forma, deseamos que el niño más extrovertido sepa cómo controlarse y contenerse a sí mismo, y tenga consideración por los demás. Queremos que nuestros hijos sean atentos y sensibles a las necesidades. Estos son los objetivos que debemos tener presentes a medida que desarrollamos nuestro enfoque hacia ellos.

   A través de la disciplina, los niños reciben una escala de referencia, un marco a través del cual puedan juzgar, evaluar y pensar. Ellos aprenden que pueden hacer una cosa y no otra, por razones obvias, y pasarán su vida futura bajo la disciplina de las providencias y “sistemas” divinos y humanos. Ellos a veces tienen ambiciones que no se pueden lograr, pues el “sistema” puede bloquear el camino para alcanzarlas, y no permitirá que hagan lo que quieran.

   Esto será sumamente frustrante a menos que los niños hayan sido criados para entender y aguantar las influencias limitantes. Los seres humanos no pueden hacer todo lo que quieran, cuándo quieran y dónde quieran; la disciplina les permite aceptar y adaptarse a sus limitaciones.

   Tener un sistema a su alrededor les enseña valores y les ayuda a desarrollar la capacidad de aceptar y adaptarse a las cosas que no les gustan. También les enseña a ejercer autocontrol sobre las cosas que sí les gustan; y les ayuda a controlar sus deseos. Todo esto es muy positivo y fortalecedor.

   Muchos de los problemas de mal humor y desilusiones que afectan a los jóvenes (junto con la autoindulgencia y el egocentrismo) se deben al hecho de que la sociedad moderna ha considerado la disciplina como algo represivo y, por ende, los jóvenes han crecido sin metas ni restricciones.

   Un simple ejemplo de autocontrol en el hogar es el de las “zonas prohibidas”. En todos los hogares, desde que el niño es muy pequeño, debería haber algunos lugares prohibidos, en especial ciertos cajones y armarios de los padres. Esto es muy útil para los niños, pues les enseña respeto y autocontrol.

   Por otro lado, puede que los padres digan: “Oh, no hay ningún lugar donde mis hijos no puedan pisar libremente. Pueden subirse a mi cama a las cinco de la mañana. Pueden abrir cualquier cajón y examinar cuidadosamente cualquier cosa. Nada es privado, nada es sagrado, nada es especial”. Pero una actitud tan liberal niega al niño capacidades vitales de autocontrol. ¡Quién sabe si el acto brutal de adulterio de un joven adulto no fue alentado por la falta de zonas prohibidas en su vida! Las prohibiciones en la infancia podrían haber desarrollado “músculos” emocionales de respeto y autocontrol.

   Esto se aplica en la iglesia también. No es una buena idea que los niños pequeños estén corriendo de aquí para allá, por ejemplo, hacia dentro y hacia fuera de la oficina del pastor o la de los diáconos, y no respeten ninguna parte del edificio. Si no hay ningún lugar que esté fuera de nuestro alcance, y si no hay nada que deba ser considerado especial o sagrado, ¿cómo aprenderá jamás un niño que él también es una pequeña unidad en la sociedad y que está sujeto a respetar sus normas y sistemas? ¿Cómo va a ser ayudado a respetar la Palabra de Dios y la Iglesia, que es la columna y baluarte de la verdad? Debe haber lugares que estén fuera de nuestro alcance.

   Otra herramienta de disciplina increíblemente subestimada es la de los modales en la mesa. Alguien dijo una vez a este escritor: “¿Qué caso tienen los modales en la mesa de ciertas clases sociales? ¿Por qué algunas personas los toman tan en serio?”.

   Los modales en la mesa no pertenecen a cierta clase social. Cada “clase social” (como se les llama) ha tenido, en el pasado, su enfoque distintivo respecto a los modales en la mesa. Bien pueden haber sido ideados en el Cielo, para el beneficio de los niños siendo disciplinados en este mundo caído. Los modales en la mesa inculcan control sobre nuestros deseos y el valor del autocontrol. También enseñan sensibilidad y consideración hacia aquellos a quienes se les debe servir primero en la mesa.

   Los modales en la mesa enseñan la práctica de notar las necesidades de los demás, y también los hábitos de amabilidad y hospitalidad. Asimismo enseñan que las apariencias son importantes, porque el comportarse como “cerdos” es ofensivo para otros. Los niños aprenden a tener en cuenta la impresión que dan a los demás. Todas estas cosas se aprenden fácilmente en la mesa.

   En general, los modales proporcionan un medio notable para impartir algunas de las virtudes a los niños de las que se habló al principio de este artículo.

   Los quehaceres y los deberes son una herramienta importante de la disciplina. Debemos asignar deberes razonables y alcanzables a los niños desde que son pequeños. Si esperamos hasta que el niño tenga diez años, puede que tengamos problemas. Si el niño nunca ha ayudado antes, ni ha tenido un servicio o responsabilidad constante, obviamente puede haber una gran renuencia a cooperar.

   La organización personal y el orden de parte del niño siempre deben ser bien recompensados.

 “Y amonestación […]”

   Hemos señalado que la disciplina es el marco de las acciones de formación que se aplican a los niños, mientras que la amonestación es lo que se le dice al niño. La amonestación, por lo tanto, no es entrenar mediante acciones y normas, sino mediante palabras. En resumen, es un entrenamiento mental. A través de palabras enderezamos y forjamos el pensamiento de los niños, y les ayudamos a apreciar principios y valores elevados, y la forma correcta de ver las cosas.

   Estamos desarrollando, extendiendo y moldeando sus mentes. Es por eso que los padres deben guiar a los niños en cuanto a qué leen y el tipo de conversación que promueven. Para ser padre, idealmente necesitamos un conocimiento general en constante expansión, para mantenernos a la vanguardia de nuestros hijos, pues debemos alimentar e informar sus mentes.

   Tenemos que estar alertas a muchas cosas que son de interés para nuestros niños. Si no sabemos nada respecto a las mismas, tendremos que aprender sobre ellas. Puede ser que uno de los padres sea un académico cuya educación se haya centrado en el mundo de la literatura y las letras clásicas, pero cuyos hijos están interesados ​​en la ciencia y la tecnología. Tal padre tendrá que investigar sobre algunas de estas cosas.

   Si queremos impartir al niño cierta información valiosa, pero el niño no quiere recibirla y tiene otra idea, no debemos “arrollarle”. A veces es beneficioso que el niño gane la “confrontación” (e incluso una discusión). Seguro se presentarán otras ocasiones. No hemos perdido la batalla. Otra oportunidad llegará cuando el niño pueda estar más interesado.

 Autoridad parental

   La autoridad parental es un bien vital y precioso, pero la autoridad se debe ganar. Algunos pueden pensar que no es bíblico decir esto. Después de todo, tenemos un “oficio” bíblico como padres de familia, por el cual poseemos el derecho de entrenar y corregir a nuestros hijos. Pero si nuestra autoridad parental ha de ser bien recibida, entonces tenemos que verla como algo que debe ser ganado y merecido.

   Para ser respetada, la autoridad debe tener un lado útil. Igualmente, la autoridad debe tener un lado amigable. La autoridad debe tener una mano gratificante. La autoridad necesita todas estas cosas. Si perdemos la amistad con nuestros hijos, perdemos autoridad. Si no somos razonables, perdemos autoridad. Si no somos personas íntegras, perdemos autoridad. Cuán desastroso es cuando uno de los padres es sumamente inconsistente, e incluso deshonesto.

   La autoridad necesita integridad. Incluso en cuestiones de cultura general, si pronunciamos un discurso sobre un tema del que no sabemos mucho, en última instancia, estamos arriesgando la autoridad. Un niño llega rápidamente a la adolescencia, y puede que sepa más de un tema que nosotros. Debemos tener cuidado de no explicar aquello de lo cual no sabemos nada. No es malo que los niños sepan que no entendemos bien algunas cosas. Pero si los niños nos ven afirmando algo tonto de una forma autoritaria, entonces  perderemos integridad y respeto.

   La autoridad paternal debe estar mezclada con un cierto grado de libertad. Incluso a los cristianos adultos se les tiene que dar el tiempo y la oportunidad de avanzar poco a poco en el camino de la santificación. De vez en cuando alguien se apresura a decir: “¡Hay que hacer algo acerca de esa persona!”. A menudo no es un asunto moral grave, sino uno que debe ser manejado en un contexto de respeto.

   A todos se nos debe permitir un cierto grado de libertad para tropezar y resbalar; equivocarnos; e incluso ofender; pero después debemos ponernos nosotros mismos bien ante el Señor. No esperamos que la gente corrija sus defectos con éxito al día siguiente. Las personas necesitan tiempo para sobreponerse a las cosas, y también así los niños.

   Por lo tanto, si tenemos que reprender o volver a encaminar un niño, no debemos imponer necesariamente un intenso escrutinio paternal para ver si el asunto ha sido corregido inmediatamente (aunque esto puede ser apropiado para una falta muy grave).

   Los niños normalmente tienen derecho a cierta libertad de acción, incluso para hacer las cosas mal, y tomar el tiempo en corregirlas. Buscamos progreso, no un éxito instantáneo. La paciencia es uno de los pilares de la autoridad paternal. Los niños tienen que desarrollar su propia buena disposición y capacidad de reconocer errores y corregirlos. Sería inútil que cuando fueran lanzados en el océano de la vida adulta todavía dependieran de la intervención constante de sus padres.

 Servicio al Señor

   A veces se produce un debate entre los cristianos acerca de si los padres deben participar en alguna medida en las actividades de la iglesia. A menudo se dice que el único servicio a Dios por parte de los padres es cuidar de la familia, pero esto es un gran error. Siempre estamos bajo el mandato de la gran comisión de participar en esfuerzos evangelísticos, aunque no, por supuesto, excluyendo el cuidado de los niños. Hay un equilibrio que se debe mantener.

   Sin embargo, vale la pena decir que cada vez que los padres (con el equilibrio adecuado) están activos y comprometidos en diferentes ámbitos de servicio cristiano, sus hijos se benefician. Lejos de ser privados de atención, los niños ven a sus padres diligentes en la obra del Señor y ven su lealtad a algo que está por encima de ellos. Ellos crecen sabiendo que la familia tiene una causa noble con la que se ha comprometido. Es una magnífica enseñanza que los niños vean que sus padres se encuentran bajo la autoridad de Dios, y que lo aman y le sirven. El servicio cristiano de los padres es un testimonio supremo para un niño. No hay mayor autentificación que eso.

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