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Un eterno Día del Señor

Hoy es domingo, el Día del Señor. Me encuentro escribiendo este artículo en horas de la noche, después que los servicios al Señor en mi iglesia local han finalizado.  Menciono esto porque el hecho de que sea de noche implica que este Día también terminará. En unas horas será lunes, si Dios así lo quiere.

Pero la pregunta es esta: ¿Suspira nuestra alma por este día que termina? Aclararé el por qué de esta pregunta en los siguientes párrafos.

En primer lugar deseo dejar en claro que mi intención no es hacer una apología de la relevancia y carácter bíblico del Día del Señor. Tampoco escribiré sobre el deber del creyente de acordarse del Día de Reposo para santificarlo. Muchos santos hombres del Señor han escrito mucho mejor de lo que yo lo pueda hacer, y por supuesto, la Sola Escritura es suficiente para comprender su validez, pertinencia y valor. Yo realmente quiero guiar este escrito hacia otro lugar, pero antes de pasar a esa parte devocional, solo me me propongo proveer un breve trasfondo sobre nuestra creencia bíblica al respecto.

¿A quién pertenece el Día del Señor…?

Como dije, hoy es el Día del Señor. Con esto no me refiero a que el resto de días no sean Suyos. De hecho, todos los días, todos los hombres y todas las cosas le pertenecen al Señor. Hoy, el Día del Señor, el primer día de la semana, es un día tan diferente de los demás días que es el único día de la semana que recibe el nombre de Día del Señor 

Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompetaApocalipsis 1:10

Recibe este nombre porque fue apartado por Él mismo para Sí mismo (aunque a causa del hombre). Así fue llamado también en los primeros siglos de la era del Nuevo Testamento este Día en particular. Por ejemplo, Ignacio de Antioquia, un discípulo del Apóstol Juan, dijo:

Este (domingo) es el Día del Señor, el Día consagrado a la resurrección, el más importante de todos los díasIgnacio de Antioquía - 31 y 107 d. C.

Este día, domingo, el primer día de la semana, es, entonces, el Día del Señor. Fue en un día como este que nuestra Vida se levantó de entre los muertos, triunfando sobre el pecado, el diablo y la muerte, y de esta forma hizo posible nuestra justificación y eficaz nuestra fe.  ¿Pero por qué llamar «Día del Señor» a este día en especial si todos los días son del Señor?

Bueno, esto es porque este día fue apartado para cosas distintas a las de los demás días. Este día fue apartado de los demás (o santificado) por la Suprema Autoridad de Dios, quien es el Señor del Día de Reposo (1),  para escuchar la Palabra de Dios predicada (y esto conlleva que el ministerio de la Palabra y de la enseñanza, sean mantenidos), para la comunión entre los santos, para la participación de la Santa Cena, para invocar y adorar públicamente al Señor, para servirle hasta el agotamiento, para meditar en el descanso espiritual y para descansar de los afanes seculares de toda una semana y de las recreaciones mundanas sanas que nos son lícitas en los demás días.

En este día están también incluidas las obras de necesidad y misericordia. Nuestra Confesión de Fe Bautista de 1689, lo expone del siguiente modo:

“Así como es la ley de la naturaleza que, en general, una proporción de tiempo, por designio de Dios, se dedique a la adoración a Dios, así en Su Palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todas las épocas, Dios ha señalado particularmente un día de cada siete como Día de reposo, para que sea guardado santo para Él (2); el cual desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo fue el último día de la semana y desde la resurrección de Cristo fue cambiado al primer día de la semana, que es llamado el Día del Señor y debe ser perpetuado hasta el fin del mundo como el día de reposo cristiano, siendo abolida la observancia del último día de la semana (3)”.

Luego añade:

“El día de reposo se guarda santo para el Señor cuando los hombres, después de la debida preparación de su corazón y de haber ordenado de antemano todos sus asuntos cotidianos, no solamente observan un santo descanso durante todo el día de sus propias labores, palabras y pensamientos (4) acerca de sus ocupaciones y diversiones seculares, sino que también se dedican todo el tiempo al ejercicio público y privado de la adoración de Dios, y a los deberes que son por necesidad y por misericordia (5)”.

Con esto podemos comprender que el Día del Señor no es para nosotros, sino para el Señor de este Día (6).

Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en Mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha habladoIsaías 58:13-14

¿…Y quién lo ordenó?

Dejaré una mayor explicación para después, si el Señor me lo permite. Por el momento me contento con haber expuesto esto como trasfondo de forma muy general y con mostrar de donde recibe la autoridad este día (siendo evidente que la recibe de Dios mismo): del Señor en la creación (7), del Señor en la promulgación de la Ley en el monte Sinaí (8), del Señor a través de los profetas antiguos (9), del Señor Jesús en Su tiempo sobre la tierra (10), del Señor a través de los escritos y la práctica de los Apóstoles (11), y del Señor a través de la profecía aún no cumplida (12). El Día del Señor no recibe su autoridad como día santo y apartado de la tradición, ni de hombre alguno, ni de interpretación particular, sino que la recibe de Dios mismo, ¡del Señor de aquel Día! 

Un eterno Día del Señor

Como título de este artículo he puesto: «un eterno Día del Señor». Y la primera pregunta que hice fue: “¿suspira nuestra alma por este día que termina?”. Es un hecho innegable que cada lunes muestra que un domingo terminó. El segundo día de la semana nos enseña que el primero ha finalizado, y quedan 6 días más para que otro primer día de la semana, Dios mediante, vuelva a llegar.

El hecho de que el Día del Señor termine, nos recuerda que aún estamos en esta tierra, donde “toda la creación gime a una [a causa de que fue sujetada a vanidad y porque aguarda la libertad gloriosa de los hijos de Dios], y a una está con dolores de parto hasta ahora”; nos recuerda que aún estamos en este cuerpo de muerte; nos recuerda que aún la glorificación, segura para los hijos del Señor, no se ha efectuado. Cada lunes debería traer a nuestra meditación estas cosas.

Teniendo esto en mente, ¿cómo no suspirarían nuestras almas por este día que termina? Pues

nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpoRomanos 19:23

Consumado es…

La obra perfecta de nuestro Señor Jesucristo fue terminada. «Consumado es» fue Su grito de victoria. La causa de nuestra justificación delante del Señor, que es solamente la Persona y obra salvífica de nuestro Salvador Jesucristo, ya satisfizo a Dios. Y aunque el Señor nos predestinó, nos llamó, nos justificó y nos santifica, aún la cadena salvífica no ha llevado a su fin, y por ello gemimos dentro de nosotros. Es seguro que “a los que justificó, a éstos también glorificó”, pero aún la glorificación no ha llegado. Por ello, cada finalización del Día del Señor, debería ser un recordatorio de las palabras del Señor Jesús: “Ciertamente vengo en breve”. Y que nuestra respuesta inmediata fuere la de Juan:

Amén; sí, ven, Señor JesúsApocalipsis 22:20

Hoy… Si hemos obedecido al Señor observando Su Día conforme al mandato de Su Palabra (a la que atribuímos el calificativo de nuestra regla de fe y conducta), si no lo hemos profanado (dedicando el Día del Señor a actividades triviales y frívolas) si no lo hemos robado para nosotros mismos (cuando por el contrario estamos llamados a negarnos a nosotros y a seguir Su voluntad), entonces hemos adorado públicamente al Señor, crecido en el conocimiento Suyo a través de la predicación de las Escrituras y tenido comunión con otros santos. ¿No fue hermoso todo esto? Sé que la respuesta de todo creyente será un profundo sí. Estamos ‘recargados’ de la gracia del Señor para la semana que viene.

Nuestras almas están inundadas de gozo y de valor. Hemos sido adiestrados en el manejo de las armas de nuestra milicia para derribar todo argumento que se levante altivamente contra el conocimiento del Señor en esta semana; pero, en nuestro interior, de seguro, también hay un profundo suspiro. Por lo menos, mi alma lo tiene, y estoy seguro que es el sentir de los santos y fieles del Señor.  No hablo del suspiro del creyente que fue descuidado y negligente en este día. El tal suspira por el dolor que le causa su pecado, pero también se une a nosotros a este deseo que mencionaré.

El anhelo de aquel día

Yo hablo de un suspiro hondo después de que terminó el último himno en la iglesia, pues sabemos que en el Cielo no se cesa “día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso”. Y continuamente se canta: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque Tú creaste todas las cosas, y por Tu voluntad existen y fueron creadas”. Y allí jamás se dejará de entonar este cántico: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación”. Pero aquí hemos dejado de cantar. Nuestra adoración al Señor se ha detenido. ¿No tenemos un gran suspiro por ello? Aquí nuestras gargantas se cansan, aunque nuestros corazones deseen jamás parar. Sí, es de ese suspiro del que hablo; del deseo de todo creyente de un eterno Día del Señor, del que tiene una pequeña prueba cada primer día de la semana, si el Señor se lo ha permitido. Y si por alguna razón adversa no puede observar el día como es debido, sé que su corazón, con un más hondo suspiro, anhela con más prontitud la consumación de todo, para estar siempre en Casa de Su Padre, ahora sin impedimento alguno. ¿No hace el conocimiento de esta adoración perpetua a nuestro bondadoso Salvador, más deseable un eterno Día del Señor para ti?

Salmos_e_HimnosTambién me refiero a ese hondo suspiro al decir adiós a los hermanos. Hemos pasado el día del Señor con ellos en la casa del Señor, adorándole y aprendiendo de Su verdad, pero llega el momento de partir cada uno a su casa, porque aún no estamos en la Morada Eterna. No podremos cenar juntos, porque aún no estamos sentados en la Mesa de nuestro Padre. Nuestras conversaciones deben terminar. Nuestra comunión debe detenerse. Tu corazón, de seguro, también se encuentra ensanchado de amor hacía ellos. ¿Y acaso no tienes en ese momento ese hondo suspiro en tu interior de querer habitar eternamente con ellos? El amor con el que el Señor nos ha unido es inexplicable. ¿O no disfrutas la comunión con los santos? Yo veo en las Escrituras que la proclamación de los hijos de Dios es: “cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía”.

Cada adiós nos recuerda que aún no estamos en Casa. Aún continúa este peregrinaje, y la batalla, junto a ellos, aún sigue.  Los ves marchar, a algunos en carros, a otros en bus, otros solo deben caminar un poco; tú también vas a tu casa; pero a todos los ves irse  gozosos y llenos de la gracia del Señor, también confrontados por las Escrituras, pero alentados al mismo tiempo por ella, y preparados para seguir en la brecha. Aún así, todos ellos también van con ese hondo suspiro en sus corazones. Y dime tú, ¿el saber que todos estos pecadores redimidos, con quienes tu corazón se ha casado, estarán en el Cielo, no hace más deseable un eterno Día del Señor para ti?

El futuro glorioso

Algún día, después de la segunda venida del Señor Jesús, luego del Juicio Final, tendremos todos los redimidos ese eterno Día del Señor. No llegará la noche y empezará otro día. No nos agotaremos de adorar, invocar y servir al Señor; ni tampoco de tener comunión con nuestros hermanos, hijos de un mismo Padre. Y veremos que cada uno de nuestros domingos, por más sublimes que hayan sido, no estarán a la altura de este Día sin fin. Allí ya no habrá más pecado. Mientras que aquí, por más que nos dediquemos al Señor en Su Día, en cuerpo y alma, estamos manchados de pecado, y de sus consecuencias. Allí la adoración jamás terminará. Allí nunca dejaremos de compartir con los santos del Señor, tanto con quienes el Señor nos permitió conocer en tierra, como con los demás.

Allí todas nuestras conversaciones serán santas. Allí no nos cansaremos de servir al Señor. Aquí, aunque nuestros corazones están encendidos de pasión por servir al Señor, nuestros cuerpos se cansan y  nuestros ojos caen de sueño muchas veces. Allí nunca nos cansaremos de adorar y servir al Señor. Nuestras gargantas no necesitarán agua para continuar cantando «Santo, Santo, Santo»; pues nuestra Fuente de Agua Viva nos llenará por completo.  Allí viviremos eternamente diciendo: «Este es nuestro Dios en el cual hemos esperado, nos gozaremos y alegraremos en su salvación». Todo desanimo habrá también desaparecido, pues se nos habrá dicho: 

Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu SeñorMateo 25:21

Por estas razones, todos los días debemos mortificar nuestra carne y ejercitarnos en la piedad; y quiera el Señor ayudarnos a observar cada Día del Señor de tal modo, que casi toquemos, en esta vida, el eterno Día del Señor que en breve llegará. Pues 

nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosasFilipenses 3:20-21

Ahora dime…

¿No hacen todas estas razones, más deseable para ti, un eterno Día del Señor? Solo alguien con una mente celestial puede contestar sincera y profundamente que sí, mientras continua sirviendo a Su Señor en esta tierra, creciendo en el conocimiento Suyo, teniendo grata y feliz comunión con otros santos y velando porque se acerca nuestro momento de partir, todos juntos, a Casa, de una vez y para siempre.

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Notas de pie de página:

(1) Ver Mateo 12:8. Y ya que Cristo es el Señor del Día de reposo, con Su resurrección decidió hacer el cambio de este día, lo cual no afecta en nada la naturaleza del mandamiento. “El día del Señor, en el primer día de la semana, era exactamente igual que un día de descanso después de seis días de trabajo, como el día de reposo en el séptimo día lo había sido”, tal como explica J. C. Ryle en su libro “La importancia del Día del Señor”.

(2) Ver Génesis 2:3; Éxodo 20:8-11; Marcos 2:27, 28; Apocalipsis 1:10.

(3) Ver Juan 20:1; Hechos 2:1; 20:7; 1 Corintios 16:1; Apocalipsis 1:10; Colosenses 2:16, 17.

(4) Ver Éxodo 20:8-11; Nehemías 13:15-22; Isaías 58:13,14; Apocalipsis 1:10.

(5) Ver Mateo 12:1-13; Marcos 2:27, 28.

(6) Ver Tito 1:5; 2 Timoteo 2:2; 3:14, 15; 1 Corintios 9:13; 11:13; 14:16, 29; 16:2; Salmos 40:9, 10; 68:26; Hechos 2:42; 1 Timoteo 2:1; 4:13; Isaías 66:23.

(7) Ver Génesis 2:3

(8) Ver Éxodo 20:8- 11

(9) Ver Ezequiel 20:13,16,24; 22:8,26; Nehemías 13:18; Jeremías 17:19-27

(10) Ver Mateo 5:17; Mateo. 24:20; Lucas 6:1-5; Mateo 12:1-14; Marcos 2:27-28

(11) Ver Romanos 7:12; 13:8; 1 Timoteo 1:8; Santiago 2:10; 1 Juan 3:4; Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2; Apocalipsis 1:10

(12) Ver Isaías 66:23

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