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Exhortaos los unos a los otros – Hebreos 3:13

Exhortaos los unos a los otros cada día” (Hebreos 3:13)

Hace poco escuché una frase que me resultó interesante:

“El azúcar atrapa más insectos que un arma”

porque me hizo recordar que los momentos en que más ha penetrado en mí una corrección, es cuando la misma ha sido dada en amor. Mi intención no es decir que la firmeza no deba existir, sino que debemos hacerlo todo con amor, lo cual incluye el cómo exhortamos y corregimos al hermano (1 Co. 16:14). Y esto dependerá de si el primer fruto del Espíritu, el amor, habita en nuestros corazones: pues de la abundancia del corazón, hablará nuestra boca (Lc. 6:45; Gá. 5:22).

La corrección pertinente es mucho más efectiva si se hace con dulzura y amabilidad, que si se da en medio de la ira, la cual no obra la justicia de Dios (Stg. 1:20). Es “con misericordia y verdad [que] se corrige el pecado” (Prov 16:6), no con dureza y verdad. La orden de Dios es hablar la verdad, pero no hablarla de cualquier manera, sino como Él nos la ha hablado a nosotros: en amor (Efesios 4:15), pues Él es amor (1 Juan 4:8). Por lo tanto, “sed imitadores de Dios como hijos amados” (Efesios 5:1).

Las palabras de los cristianos no deben ser hirientes,como “golpes de espada”, sino que deberían producir alivio al alma, como lo hace la medicina en el cuerpo del que está enfermo (Pr. 12:18); no deberían encender los ánimos del que erró, sino guiarle apaciblemente al camino de justicia (Pr. 15:1). El propósito siempre deberá ser ganar al hermano al exhortarlo, no destruirlo (Mt. 18:15).

Aunque las palabras del sabio son como aguijones, esto debe ser porque su contenido sea conforme a la Palabra de Dios, la cual penetra el corazón, no porque sean proferidas con dureza (Ec. 12:11; 1 P. 4:11; He. 4:12), pues el amor “no se irrita” (1 Co. 13:5) o como dice otra versión: no se comporta con rudeza“; tampoco debemos tratar de entristecer al otro con nuestras palabras, aunque ese sea el resultado que Dios produzca (2 Co. 7:9). El hombre más sabio procuró “hallar palabras agradables” al escribir “palabras de verdad” (Ec. 12:10); procuremos lo mismo nosotros.

Así que, hermanos, obedezcamos a Dios quien por medio del apóstol nos ordena a exhortarnos cada día, pero obedezcamos también aquella otra orden de andar “con toda humildad y mansedumbre, [soportándonos] con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2). Y si no sabemos cómo hacerlo, pidamos sabiduría a Dios, “el cual da a todos abundantemente y sin reproche” (Stg. 1:5).

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