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La promesa del perdón de Dios para quien confiesa sus pecados


¿Pecan los cristianos?

La respuesta sencillamente se puede dar en términos de si estamos vivos o muertos. Si somos cristianos, es decir, si hemos creído en Cristo como Señor y Salvador, en la efectividad de su obra redentora para perdón de pecados y en su perfecta justicia como única manera de tener paz y comunión y vida eterna con Dios, aunque seamos hechos unas nuevas criaturas, continuaremos pecando, por la sencilla razón de que vivimos en un mundo caído y vivimos en cuerpo de pecado que aún conserva ese remanente de pecado. En pocas palabras, mientras vivamos, es cierto que pecaremos, lo que no es cierto es que viviremos pecando.

Es ciertamente lamentable, pero es una realidad: todos pecamos! No hay ni uno bueno ni uno justo y por el contrario todos somos pecadores! Mientras que eso es una verdad casi universalmente aceptada, sólo los cristianos tienen una promesa hecha de manera particular a ellos que les hace (y esto, por la gracia de Dios) bendita e infinitamente privilegiados sobre cualquier otra religión o escuela filosófica. La promesa es esta: si pecamos, nuestros pecados serán perdonados.

Dios promete perdón

Esta es una promesa de Dios y es una promesa que quedó plasmada en la Escritura por voluntad de Dios. Pero, ¿cuál fue el fin de esta promesa? Recordarles a sus hijos la importancia de la confesión sincera de pecados en completo arrepentimiento, delante de un Dios presto a perdonarles.

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Juan 1:9

No podemos evitar notar la certeza y la firmeza y la autoridad de las palabras del Apóstol Juan. Amados, ¿Por qué el apóstol Juan, con toda certeza y firmeza, afirma que Dios perdonará nuestros pecados? Esencialmente por dos razones. La primera, porque fue inspirado por el Espíritu Santo y tenía la autoridad total de Dios para comunicarnos esa promesa. La segunda, porque la obra redentora de Cristo en la cruz del Calvario es perfecta, perpetua y suficiente y ha cubierto los pecados que cometimos antes de nuestra conversión y aún, los que lamentablemente cometeremos después de la conversión.

Pero, lea con atención, ¿me atrevo a promover o a justificar el pecado? Ciertamente respondemos de manera rotunda y enfática: ¡Jamás! Como dice al apóstol Pablo 

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? V2  En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? V3  ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? V4  Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Romanos 6:1-4

Entonces, es urgente dejar en claro que el perdón de pecados para los creyentes, para los genuinos creyentes, es una promesa de Dios en Cristo. Es una promesa que se cumple, porque Dios es fiel. Esta promesa estará en vigencia para cada uno de sus hijos hasta el día en el que sean llamados a su presencia o hasta el día de su regreso. Y esta promesa estará vigente hasta ese día porque a partir de ese día no habrá más necesidad de perdón.

¿Hay una condición?

Si continuamos esa línea de razonamiento, entenderemos que

“… todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén…”
 Es decir, lo que Dios promete, esto cumple. Sin embargo, lo hermoso de sus promesas no nos debe apresurar para llegar a conclusiones erróneas como “Dios cumple lo que promete sin importar lo que yo haga”. Si bien es cierto que Dios es universalmente misericordioso, aún con este mundo caído y miserable, también es cierto que sus promesas particulares requieren respuesta nuestra.

 

¿Cuál es el punto del argumento anterior? Sencillo. Que Dios promete el perdón de pecados al creyente con una condición… “Si confesamos nuestros pecados…” 1 Juan 1:9. Se fijan? Como creyentes debemos confesar nuestros pecados. Debemos confesar nuestros pecados de manera sincera porque cuando el creyente no lo hace no obtiene el perdón, sin importar cuán creyente sea!

Debemos tener muy en claro de que el hecho de que seamos creyentes no implica que Dios nos perdone de manera robótica o automatizada, eso jamás! Jamás Dios “tiene” (per se) que perdonar a un profesante de la fe cristiana si este no se arrepiente de veras, tal cosa iría en contra de su propia palabra y esto sería un absurdo, un imposible bíblico!

Jamás Dios perdona a alguien si este no viene a Él, humillado y arrepentido, clamando perdón en la persona de Cristo y en los méritos de la obra redentora. Y es precisamente eso lo que marca la clara diferencia entre un incrédulo y un creyente: el creyente responde siempre a Dios (unas veces prontamente y otras veces de manera tardía a causa, quizás, de descuidarse con sus deberes espirituales) Pero el incrédulo no responde de manera sincera o simplemente no responde para nada.

No nos equivoquemos hermanos, si en verdad hemos sido salvos por la gracia de Dios, su Santo Espíritu nos redarguye de pecado y en su gracia, Dios nos hará entender cuán grande es la ofensa causada por nuestros actos. Además de todo, esa misma gracia soberana es la que Dios mismo usará para llevar a sus hijos de rodillas a Cristo a pedir perdón.

Retomemos la promesa…

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Juan 1:9
Si confesamos” somos perdonados. ¿Pueden notar entonces la relevancia y el papel que juega la confesión sincera de pecados de un alma redimida? Fíjense en el condicional “Si”. Hay una condición previa a la promesa. Si “confesamos” entonces “somos perdonados”, lo que es equivalente a decir, que si por el contrario ocultamos nuestros pecados, callando, no seremos perdonados! Es una realidad y la Escritura la deja plasmada claramente el Salmo 32… 
Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. V4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. V5 Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. V6 Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser halladoSalmo 32 1:6

Confesar nuestros pecados a Dios! … Eso es lo que debemos hacer!

La manera correcta de confesar nuestros pecados

  1. Debemos confesar nuestras maldades ante Dios con suma diligencia y cuidado como haciendo un inventario: es necesario entender racionalmente qué hemos hecho. Esto evitará que descendamos a una confesión trivial o superficial. J.C. Ryle dijo «cuán negro y extenso es el catálogo de los pecados del alma humana»… Así que hagamos un inventario de nuestras ofensas con detenimiento.
  2. Una vez estemos conscientes de qué fue lo que hicimos por lo que merecemos castigo, debemos confesar nuestros pecados a Dios con prontitud, no sea que nuestros corazones se endurezcan más con el paso del tiempo.
  3. De igual manera, es menester confesar esas ofensas con un profunda sinceridad (Sin dejar de lado ni ocultar lo más vergonzoso. Por el contrario debemos confesar nuestros sucios pecados en detalle delante del Santo Dios -y de nadie mas-. Esto será de utilidad para evitar que caigamos en la terrible trampa de excusarnos a nosotros mismos al creer que nuestros pecados no son tantos ni tan serios)
  4. Debemos confesar nuestros pecados de manera directa (no llamando al pecado debilidad, sino llamándolo como lo que es, pecado, ofensa a Dios, violación de su Ley)
  5. Debemos confesar ese pecado con responsabilidad (no como Adán que culpó a su esposa de su propia falta de carácter, sino que debemos declarar honestamente como dijo David 
    …He pecado gravemente al hacer esto; te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, porque he hecho muy locamente.1 Crónicas 21:8
Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. V4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de veranoSalmo 32…

¿Acaso el salmista no nos comparte su propio testimonio de que mientras pecó y no pidió perdón arrepentido de veras, la mano del Dios Eterno estuvo en su contra? ¿Acaso queremos que la mano de Dios nos castigue fuertemente al ver un corazón duro y no arrepentido? ¿Acaso un corazón no arrepentido es sinónimo de falta de gracia? ¡Oh! amados, como creyentes regresemos a Dios con prontitud y con un corazón profundamente adolorido, pues hemos ofendido a quien nos ha amado eternamente y quien nos ha comprado a precio de sangre.

Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.Mateo 26:75

Cerciorémonos que ese corazón pecador arda lleno de arrepentimiento, pero cerciorémonos de igual manera que reboce de confianza en la promesa de perdón hecha por Dios.

Debemos estar convencidos de que si confesamos sus pecados con solicitud, honestidad y dolor… Debemos estar convencidos de que si nuestros corazones están adoloridos por el pecado y humillados ante Dios en fe, Él no nos despreciará, porque 

Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás túSalmo 51:17

Pero insisto, no sólo humillémonos prontos y arrepentidos delante de nuestro buen Dios, sino que hagámoslo confiando en Su Palabra y en sus innumerables promesas de perdón… recuerda la promesa…

Vengamos a Dios creyendo en su justicia y en su bondad perdonadora

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:9

¿Agradará a Dios un creyente que se acerque pidiendo perdón si no cree que Dios en verdad le perdona? ¿Acaso no dice su bendita Palabra que

sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.Hebreos 11:6
 ¿Acaso no es cierto que el creyente que duda del perdón de Dios, no duda también del Dios que perdona y de sus promesas? Oh! mis amados, qué promesa más grande tenemos de que nuestros pecados serán perdonados si nos arrepentimos de veras!

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.Salmo 32:6

Vaya promesa! Esta promesa debe darnos aliento para regresar prontamente a los brazos de nuestro buen Dios en sincero arrepentimiento, porque Dios, cual Padre perfecto, está siempre dispuesto a perdonar a sus hijos. ¡Qué privilegio de ser perdonados, pero qué responsabilidad tenemos se santificarnos!

Dios saca del muladar del pecado a sus hijos

Jamás un hijo de Dios (enfatizo, un verdadero hijo suyo) pensaría de la siguiente manera “bien, soy salvo, ahora sí que puedo hacer lo que desee”. Jamás un verdadero cristiano pensaría de esta manera! Quien así lo haga en verdad no ha conocido a Cristo, no ha degustado de su gracia salvadora, no ha sido hecho una nueva criatura. Un verdadero convertido no tiene los deseos que tenía antes de serlo.

Un creyente no se inclina a hacer las mismas cosas que hacía antes de ser redimido, no se deleita viviendo en el muladar del pecado sino que por el contrario, cuando peca, cuando menosprecia la oración, la lectura de su Palabra, el congregarse con los santos y los otros medios de gracia, cae en el muladar del pecado… pero de allí, clama a mil voces con el firme deseo de jamás regresar a esta porquería. Quienes no son hijos de Dios, están felices de revolcarse en aquel muladar, pero insistimos, no sucede así con quienes han sido justificados.

El levanta del polvo al pobre, Y del muladar exalta al menesteroso1 Samuel 2:8

Amados hermanos, aunque redimidos, aún continuamos siendo pecadores… de hecho nuestro mejor calificativo sería el de pecadores redimidos por la gracia de Dios. Pero cuánto debemos lamentamos en fallarle a nuestro Padre y Señor! Cuánto debemos rechazar el pecado en todas sus formas y presentaciones! Cuánto debemos aborrecer aquello que de manera inmediata nos pone en contra de Dios y de su santa Ley…

Cuán pronto nos debemos alejar (y no hablo de hogares, lugares de estudio y trabajo) de personas, lugares y ambientes que inciten, promuevan o comercien con el pecado! Cuán diligentes tenemos que ser en aprovechar los medios de gracia para honrar a Dios con unas vidas santas! No menospreciemos los medios de gracia y seamos muy diligentes con nuestro tiempo de oración. 

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Juan 1:9
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. V6 Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser halladoSalmo 32 5:6

Vaya amor de Dios para con los suyos!

¡Cuánto nos debe mover ese amor a no pecar! ¡Cuánto celo debemos tener por lo santo y por una vida en piedad! Pero cuánto debemos tener presente que como hijos del Omnipotente Creador, Él está presto a perdonarnos cuando le ofendemos, tan pronto confesemos nuestros pecados con un corazón contrito y humillado.

La palabra contrito en el Hebreo significa, abatido, quebrantado… Quiera el Señor concedernos la gracia para acercarnos confiadamente a Él a pedir perdón…¡Sí! Confiados que lo recibiremos. Acerquémonos, pues, con un corazón abatido por haberle ofendido, y quebrantado por haber violado su bendita y santa Ley. 

Creyente, si has pecado, acércate pronto, confiado pero humillado, sabiendo que

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Juan 1:9
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