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La reforma que no es Reformada

Durante la ponencia asignada en la más reciente versión de la Escuela de Teología del Tabernáculo Metropolitano de Londres, afirmé: “Determinar quién es quien en la escena reformada en Latinoamérica no es fácil porque los estándares la reforma están siendo redefinidos por multitud de personas, en multitud de maneras”. Por ejemplo, existen iglesias, “comunidades religiosas” o “grupos de hermanos” que niegan la validez de la Ley Moral de Dios sobre la vida del creyente, pero se llaman reformados; existen aquellos que no se adhieren a una teología pactual, y de igual forma, se llaman reformados.

Así mismo, el carácter confesional (o la adherencia total e irrestricta a una de las confesiones históricas de fe) es otro aspecto que no deja de sorprenderme entre muchos de los amigos del panorama reformado local y nacional; si bien se suele decir muy a menudo, y de manera apasionada: “nos adherimos a la Confesión de Fe de 1689” -o- “somos confesionales”, la verdad es que su relación con la Confesión de Fe, está en el mejor de los casos limitada y condicionada a sus propias y novedosas maneras de interpretarla y no a la manera histórica en la que “nuestros padres bautistas particulares” la diseñaron para ser interpretada.

¿Qué caracteriza una iglesia reformada?

Dicho esto, ¿es prudente que en última instancia una iglesia se llame confesional aunque no se adhiera en su totalidad a una confesión histórica de fe?, o ¿Debería una iglesia llamarse a sí misma, reformada, a pesar de la ausencia en ella de los distintivos típicos que han caracterizado a tales iglesias a lo largo de la historia? La respuesta parecería ser obvia, pero gracias a la redefinición de términos del neocalvinismo, ahora no lo es tanto. Para responder a estas preguntas, es necesario dejar en claro a qué se le ha dado el nombre de “iglesia reformada” a partir del Siglo XVI. Si bien no pretendo cubrir el tema en su totalidad, sí deseo aclarar a manera de resumen que cuando hablamos de una iglesia reformada en el sentido histórico de la palabra, hacemos referencia a una iglesia que puede ser distinguida de otras iglesias evangélicas, gracias a la presencia de determinados distintivos particulares, a saber, su adherencia irrestricta a…

  • Las 5 Solas de la Reforma;
  • La Soberanía de Dios expresada en las doctrinas de la gracia;
  • Al principio regulador (aunque la perspectiva de J.I. Packer se haya convertido popular en el mundo Neocalvinista, refiriéndose a este diáfano principio como una invención puritana);
  • Una teología pactual;
  • La Ley Moral de Dios.

A pesar de lo anteriormente dicho, apremia ser aún más preciso en la definición de iglesia reformada, esto con el fin de intentar esclarecer la confusión causada por el afán que tienen muchos de no ofender a los hermanos carismáticos que por la gracia de Dios están interesados en abrazar la reforma. Así pues, cuando históricamente se ha hecho referencia a una iglesia reformada, no sólo es necesario hablar de los 5 estándares anteriormente mencionados, sino que también es necesario dejar en claro que una iglesia reformada en el sentido pleno de la palabra, es aquella que acepta completamente

  • Una confesión histórica de fe y la interpreta como lo hicieron aquellos que la redactaron.

Redefiniendo términos y degradando el estándar

Pero como afirmé en el comienzo, todo ha cambiado con la llegada del neocalvinismo. El neocalvinismo ha redefinido la adoración a Dios, la validez de la ley moral, y hasta la palabra confesionalismo. Ahora, según ellos, una iglesia reformada puede ser aquella en la que se proclaman las doctrinas de la gracia o aquella que diga ser confesional, aunque no esté de acuerdo con la totalidad del articulado de las confesiones de fe. Resulta -para sorpresa de los reformadores si es que aún estuvieran entre nosotros- que ahora se puede ser reformado y continuista a la vez, o reformado y hasta antinomiano. Resulta, estimados lectores, que ahora se puede ser “reformado” desde que se predique las doctrinas de la gracia y no sea tan carismático en su adoración. Es tan pobre la definición de reforma en la actualidad y por ende, son tantas las veces que el distintivo de reformada es asignado sin mucha discriminación a las iglesias, que ahora -dicen muchos- hay un avivamiento de iglesias reformadas. Pero ¿será cierto tal avivamiento? Para responder con un ejemplo veraz y puntual, permítaseme responder dando fe, que en cierta oportunidad, cierto “pastor reformado” que estaba en la noble labor de visitar un grupo de personas interesadas en la reforma, le preguntó a uno de sus líderes: ¿Ustedes creen en las doctrinas de la Gracia? A lo que ellos respondieron ¡Si! Prosiguió el pastor, ¿Ustedes bautizan a creyentes? A lo que de nuevo, respondieron ¡Si! – ¡Ah, bueno! Replicó el bienintencionado pero mal informado pastor visitante: ¡Ustedes son bautistas reformados! … ¡Así de mal está la reforma en Colombia!

Con estándares tan mediocres como ese, (advierto al lector que hiperbolizo) al paso que vamos, creo que pronto habrá más “iglesias reformadas” que carismáticas … 

¿A qué me opongo?

¿Me opongo al auge en el interés de la fe reformada por parte de amigos o iglesias carismáticas? Respondo, ¿qué cristiano bajo el sol se opondría a que miles de miles de personas están siendo sacados de las tinieblas carismáticas y pentecostales, por el Señor, con “brazo extendido y juicios grandes”? A lo que me opongo -y espero que haya contado con la suficiente claridad hasta este momento para haber dejado mi punto en claro- a lo que me opongo con vehemencia y pasión es al uso indiscriminado y ligero del término reformado por parte de muchos, quienes uno asume, deberían saber y así enseñar mejor a otros.

No me opongo a que hermanos estén saliendo del error carismático; me opongo a aquellos, que debiendo usar mejor el término “reformado”, ahora llamen a otros o se llamen a sí mismos algo que en realidad no son.

No me opongo a la plantación de iglesias reformadas, y muchísimo menos a la ayuda brindada por iglesias reformadas a aquellas que aún no se han cimentado por completo en la “verdadera fe reformada”; me opongo -como ya lo expresé- al uso irresponsable del término reformado que hacen muchos, en un afán por proyectar un supuesto “avivamiento reformado” que no está sucediendo. Ahora, si su definición de reforma no es la histórica, entonces el número de iglesias que abraza esa reforma (definida a su manera) es inversamente proporcional a los estándares por los que usted defina “iglesia reformada”; en otras palabras, entre usted más baje los estándares de la reforma histórica, mayor será el número en la cuenta de iglesias supuestamente reformadas modernas que obtenga.

Breve conclusión

La medida de pureza de la reforma ha mermado en aras de una mayor aceptación; el termómetro que medía la pureza de aquella reforma histórica, en la actualidad arroja medidas frías, tenues y ligeras, que difícilmente un reformado del Siglo XVI podría correlacionar con la verdadera reforma histórica de la que él fue arte y parte. En contraste, la “reforma” de la actualidad es sustancial y al mismo tiempo, lamentablemente diferente a aquella reforma que maduró en la época puritana y post-puritana. Aún más, me atrevería a aseverar, que la reforma actual, en gran parte contradice los principios de piedad y santidad que brillaron en alguna ocasión con fuerza y claridad.

Se advierte al lector que busca una iglesia verdaderamente reformada,
a ejercer cautela en el proceso de estudio y escogencia de iglesia, pues si bien afirmamos que muchas de las iglesias que se llaman a sí mismas reformadas, son en realidad verdaderas iglesias evangélicas y piadosas, debido a la ausencia de uno o más de los 6 distintivos mencionados anteriormente, estas iglesias no son en realidad reformadas… insisto, pueden ser iglesias evangélicas y piadosas, pero no reformadas.

Así que, debido a las deficientes y anémicas definiciones de “reforma (y por ende, de iglesia reformada)” que predominan en la actualidad, es necesario que todo cristiano reformado serio y juicioso tenga presente a qué se le ha dado el nombre de iglesia reformada a lo largo de los años, y proceda a defender esa definición para no hacer parte de la confusión reinante.

Por último, el nombre “reformado” no tiene derechos de autor y quien desee, lo puede usar como bien le plazca; sin embargo, no es ético atribuirse un nombre cuando no se está de acuerdo doctrinalmente con lo que ese nombre ha representado a lo largo de su historia .

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