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MAYORDOMÍA CRISTIANA: Nuestro llamamiento, Séptima parte

NOTA DEL EDITOR: para ver la sexta parte, dirigirse al siguiente link: «Mayordomía Cristiana: nuestro llamamiento, sexta parte».

7. El objetivo es el motivo

Una de las palabras más útiles que se usa en conexión con la mayordomía aparece en 2 Corintios 9:5, en donde Pablo dice: “Por tanto tuve por necesario exhortar a los hermanos que […] preparasen primero vuestra generosidad […] para que esté lista como de generosidad […]”. La ofrenda de los corintios constituiría una generosidad. Esta palabra griega significa literalmente un enunciado agradable, una bendición de forma hablada o una bendición en sí misma, es decir, algo más que un don generoso. La idea es que la persona que da la ofrenda desea expresar favor proporcionando un beneficio o bendición. No existe una palabra adecuada para esto a menos que a nuestra ofrenda la llamemos un obsequio de buena voluntad.

Lo que los corintios querían conseguir, no era solo proveer comida a los creyentes afligidos de Jerusalén, sino también deseaban contribuir a su bienestar y felicidad. No fue simplemente un intento de evitar que murieran de hambre, sino que intentaron dar un beneficio positivo o una bendición además de eso; es decir, fue una expresión de amor. La palabra “bendición” (versión RV 1909) o “generosidad” (versión RV 1960) manifiesta un ingrediente muy importante de la mayordomía cristiana, sin el cual perderemos nuestra motivación y nuestra ofrenda bien podría volverse una cosa mecánica. La mayordomía cristiana debe ir acompañada de un deseo: el de brindar una gran bendición a otras personas. En el caso de los creyentes afligidos de Jerusalén, los corintios querían algo más que su supervivencia: querían darles salud, felicidad y utilidad espiritual. Su ofrenda iba acompañada de sus oraciones que expresaban su preocupación, su afecto y su dedicación por ellos.

La mayordomía cristiana debe ir acompañada de un deseo: el de brindar una gran bendición a otras personas.

Cuando ofrendamos para el evangelismo y el ministerio de nuestra iglesia, debemos hacerlo con un deseo similar en mente. Debemos decirnos a nosotros mismos: “Esta ofrenda es una expresión de buena voluntad, cuyo objetivo es traer luz y vida a las almas perdidas”. Cuando planeamos nuestra mayordomía debemos pensar en el beneficio espiritual de otros que se producirá por la proclamación de la Palabra. Esta es la meta de la mayordomía, sin la cual se convertirá solo en un deber frío y formal. No ofrendamos porque sea nuestro deber hacerlo, sino porque vemos cómo otras almas pueden ser bendecidas de la misma manera en que nosotros lo hemos sido. Debemos tener en mente que nuestra dádiva sea no solo un obsequio, sino también una bendición.

Cuando planeamos nuestra mayordomía debemos pensar en el beneficio espiritual de otros que se producirá por la proclamación de la Palabra.

El apóstol se apresura a agregar que si ofrendamos con este espíritu, en verdad redundará en una bendición, ya que “el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”(9:6). Aquellos que enseñan el “evangelio de la prosperidad” arrancan estas palabras de su contexto y las aplican al dador de la dádiva, enfatizando que el dador segará más riqueza y beneficio como recompensa por su ofrenda. Con tal enfoque, estos maestros persuaden a muchas personas para que les den grandes sumas de dinero (que son usadas frecuentemente para apoyar sus estilos de vida deshonestos, corrompidos y llenos de lujos). Pero esta interpretación
es obviamente incorrecta porque pasa por alto el contexto.

Las palabras de Pablo simplemente dicen que si sembramos escasamente (en nuestra ofrenda), no seremos instrumentos para traer muchas bendiciones a las vidas de otros. Por otra parte, si sembramos (o damos) generosamente con el fin de impartir una gran bendición o beneficio, entonces Dios bendecirá grandemente a aquellos a quienes fue otorgada la dádiva. Las palabras de Pablo aquí no dicen nada acerca de nuestra prosperidad, ni de si esta será incrementada como resultado de nuestra ofrenda. El dador de la dádiva segará en el sentido de que su ofrenda producirá fruto.1

¡Cuán fuerte es este incentivo para nuestra mayordomía, pensar que Dios la usará para plantar alabanza y adoración en los corazones de otras personas!

Otra gran meta que debemos buscar por medio de nuestra mayordomía es alabanza y agradecimiento a Dios. Este punto es destacado en 2 Corintios 9:12, en donde Pablo dice que la benevolencia de las iglesias produjo esto: “Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios”. No importa si damos para aliviar el sufrimiento de otros creyentes, para la predicación del evangelio, o para la enseñanza de los creyentes, el resultado de nuestra ofrenda es que aquellos que se han beneficiado de la misma tendrán gratitud y amor por Dios. ¿Puede existir un objetivo más elevado que el de multiplicar la alabanza y el agradecimiento para con Dios? ¡Cuán fuerte es este incentivo para nuestra mayordomía, pensar que Dios la usará para plantar alabanza y adoración en los corazones de otras personas!

NOTA DEL EDITOR: para ver la octava parte, dirigirse al siguiente link: «Mayordomía Cristiana: nuestro llamamiento, octava parte».

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Notas del Editor:

  1. El autor de este artículo comentó sobre el mismo versículo, en otro momento: «Si su motivo es el de bendecir a otros, a su debido tiempo la semilla crecerá para una cosecha grande. Es un error grave trastornar este versículo para apoyar a aquellos que ofrendan egoístamente o en la búsqueda de sus propios intereses». Añado que «ofrendar» de esa manera, no es realmente ofrendar. Los escalones para alcanzar la ofrenda que el Señor ha mandado se expresan en 2 Corintios 9:7. Allí se encuentra la prohibición de dar por necesidad y con tristeza. Aquel que da esperando obtener una recompensa de vuelta a él de parte de Dios, como si hiciese un depósito para con Él con el cual gana intereses Suyos, está dando por necesidad: la necesidad de suplir su propia avaricia. El tal no da para gloria de Dios a través de ayudar a suplir económicamente el avance de Su Reino, ni para ayudar a los hermanos que se encuentran en mayor necesidad, sino para él mismo llegar a ser recompensado; ofrenda para él. Puedo asegurar que, incluso, da con tristeza: ya que se despoja de lo que ama, del dinero, y solo lo hace con la pecaminosa esperanza de recuperarlo con algún incremento en poco tiempo, pues de no ser así, ese dinero no habría salido de sus bolsillos. La sentencia es clara: si «Dios ama al dador alegre», ¿cuál será, lógicamente, la actitud del Señor contra quien da de forma contraria?
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