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MAYORDOMÍA CRISTIANA: Nuestro llamamiento, Novena parte

NOTA DEL EDITOR: para ver la octava parte, dirigirse al siguiente link: “Mayordomía Cristiana: nuestro llamamiento, octava parte”.

9. La mayordomía depende del contentamiento

Nunca fue tan importante practicar contentamiento como lo es en esta época de abundancia. En 1 Timoteo 6:6-8 leemos: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento […]. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”. Cuán esencial es para nosotros que tengamos una actitud razonable y reservada acerca de nuestros requerimientos en esta vida. Sin contentamiento, siempre sentiremos la necesidad abrumadora de que “algo más nos hace falta” y nuestros apetitos inquietos echarán a perder toda mayordomía realista. Al planear nuestras compras es necesario que nos preguntemos constantemente: “¿Necesito esto? ¿Es necesario? ¿Qué le sucedería a la obra del Señor, si todos los creyentes gastaran su dinero como yo estoy planeando hacerlo? ¿Hago esta compra para mi engrandecimiento o para impresionar a otros? ¿Debería tener esto, mientras otros creyentes sufren dificultades y los mensajeros del Señor están en aprietos económicos?”.

¿Qué le sucedería a la obra del Señor, si todos los creyentes gastaran su dinero como yo estoy planeando hacerlo?

Pablo advierte que “los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo”, e incluso en cosas peores. Y dice también: “A los ricos de este siglo [que son la mayoría de las personas en los países desarrollados] manda que no sean altivos”, que quiere decir “engreídos” (1 Timoteo 6:9,17).

Hace muchos años conocí a un hombre cuyos ingresos personales estaban muy por encima del presupuesto anual de la iglesia a la que asistía, no obstante, comentó que su mayordomía no era sustancial. Mantenía dos casas muy costosas, varios automóviles lujosos, además de otras cosas asociadas con la riqueza y la comodidad. Su estilo de vida estaba diciendo que él valía mucho más que la obra entera de su iglesia. Si gastamos excesivamente en nosotros mismos, estamos declarando lo que creemos acerca de nuestro valor y nuestra importancia y, ante los ojos de Dios, es un grito de engreimiento.

Pablo dice: “a los ricos de este siglo manda […] que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos”, y esto quiere decir que estén dispuestos a compartir con generosidad, y que no vean sus bienes como si les pertenecieran (1 Timoteo 6:17-18).

La codicia (que significa el deseo de querer siempre más), es profundamente ofensiva a Dios y cruelmente dañina para la vida espiritual. No hay nada que convierta más pronto al creyente en un hipócrita que la codicia, ni tampoco hay algo más dañino para la mayordomía. Y sin embargo, este es sin duda uno de los pecados que pasa más desapercibido entre los creyentes. El Señor dijo:

“Mirad, y guardaos de toda avaricia”Lucas 12:15
En la “lista de pecados” de Romanos 1:29 Pablo coloca la avaricia entre la perversidad y la maldad. En Efesios 5:3 se le clasifica, junto con la fornicación y toda inmundicia, como algo que “ni aun [debe nombrarse] entre vosotros”. En Colosenses 3:5 se nos dice que hagamos morir la avaricia, la cual se define como “idolatría”. Hebreos 13:5 dice: “Sean vuestras costumbres sin avaricia”, es decir, este pecado debe ser erradicado de nuestro estilo de vida porque los creyentes deberían estar completamente satisfechos con la presencia del Señor.

No hay nada que convierta más pronto al creyente en un hipócrita que la codicia, ni tampoco hay algo más dañino para la mayordomía.

¿Cómo podemos evitar la avaricia, uno de “los deseos carnales que batallan contra el alma”? ¿Cómo podemos contener nuestros apetitos y guardar así el décimo mandamiento: “No codiciarás”? Un gran antídoto, junto con la oración y el contentamiento en el Señor, es la mayordomía planeada y generosa de los recursos que Dios nos ha dado. En otras palabras, el mismo pecado que destruirá nuestra mayordomía, puede ser mantenido a raya si tenemos una mayordomía realista, sincera y dedicada.

El mismo pecado que destruirá nuestra mayordomía, puede ser mantenido a raya si tenemos una mayordomía realista, sincera y dedicada.

Las palabras de Pablo a Timoteo de que deberíamos ser: “ricos en buenas obras, dadivosos [y] generosos” no son simplemente un consejo, sino un mandamiento y comisión solemnes. “Manda” que hagan esto dice Pablo. La mayordomía no es solo nuestro llamamiento y nuestro privilegio, es la salvaguarda más amable que pudiéramos tener para protegernos de deseos mundanos y para mantener nuestros corazones dedicados al Señor y a los asuntos de Su reino. Es una protección poderosa contra los tentáculos de la mundanalidad.

 

NOTA DEL EDITOR: para ver la décima parte, dirigirse al siguiente link: “Mayordomía Cristiana: nuestro llamamiento, décima parte”.

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