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Presbiterianos y Bautistas: Un llamado a la humildad

Hace un tiempo escribí un artículo acerca del conocimiento bíblico (el cual puede encontrar en el siguiente link: La Necesidad de Conocer la Escritura), explicando que este no es malo sino que, al contrario, es un mandato del Señor y una delicia para el creyente, el cual lo conduce a la santidad tanto intelectual como práctica; y refutando, a la vez, algunos argumentos de quienes dicen que el conocimiento bíblico produce orgullo y envanece.

Trasfondo

Hace unos meses se armaron algunas discusiones demasiado duras entre presbiterianos y bautistas, principalmente.  Digo ‘de nuevo’ porque ya había sabido de ello y visto algo igual. Lamento que esta sea una de las causas que me mueva a escribir.

En mi caso particular he tenido la desdicha de ver estas discusiones sobre todo de parte de ciertos presbiterianos para con los bautistas (repito, ha sido mi caso el presenciarlo de esta forma, no intento victimizar a mi denominación, porque no es algo únicamente de presbiterianos, sino también, lamentablemente, de bautistas) y el testimonio de algunos hermanos me lo ha confirmado. Todas estas discusiones malsanas las he presenciado por las redes sociales; nunca he visto o sabido de un debate serio entre presbiterianos y bautistas sobre sus diferencias, fuera de las redes sociales, que se convierta en una especie de galería de mundanos que hace dudar si en el corazón de las personas involucradas realmente está la gracia de Dios.

Ha habido esta constante riña por el término “reformado”, al igual que, al parecer, por ver quién es superior entre ellos, si estos o aquellos. Que nuestro Señor responda:

“Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos”, “El que es el mayor entre vosotros, sea vuestro siervo”, “El mayor entre vosotros hágase como el menor, y el que dirige como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No lo es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, entre vosotros Yo soy como el que sirve” Marcos 9:35; Mateo 23:11; Lucas 22:26, 27 LBLA

Puede que digan que tienen celo de Dios y de Su verdad y que por esto reaccionan de esa forma. Quizás en algunos sea cierto, pero sea como sea, es un celo muy mal encauzado, como diría Pablo: “no conforme a ciencia”. La LBLA traduce ese texto de Romanos 10 de la siguiente manera: “yo testifico a su favor de que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento”. Es esa falta de un pleno conocimiento bíblico en estas personas arrogantes que maltratan verbalmente a sus hermanos, tras el nombre de ‘bautistas’ o de ‘presbiterianos’, o lo que es peor, de ‘cristianos’, lo que hace que reaccionen de esa forma. ¿Hay un celo de Dios y de Su verdad, esto es, un amor ferviente por la santidad del Nombre de Dios y Sus cosas, donde hay carencia de amor hacia Su Pueblo? ¡Claro que no! Porque

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” 1 Juan 4:20-21

Muchos de quienes leen posiblemente no se hayan enterado de estas cosas. Y, en mi caso, quisiera que jamás leyeran esas atrocidades, pero de manera particular me siento en la necesidad de mostrar la esencia de los argumentos usados aquel día. 1

En medio de esta última riña aberrante y obsesiva, tuve el desagrado de ser testigo de cómo un ‘pastor’ presbiteriano (y reconocido bloguero) estuvo involucrado, liderando el desorden y dando testimonio de su arrogancia. Quienes tomaron parte en este lamentable intercambio de mensajes, se escribieron cosas como:

“son (los bautistas) tercos como el burro… pero el burro sí entiende”, “los bautistas son anabaptistas” (gran muestra de ignorancia afirmar eso 2, “estamos lidiando con ignorantes”, (continúan refiriéndose así de los bautistas) “son tan torpes”, “Bobos”, “Dodos”, “Imbéciles”, “Dodianos bautistas”, “Solo escribes estupideces”, “Bruto”, “Burros”, “Como diga, señor humildad”, “Más rayado que una cebra”, “Llorón”, “Veré cómo arden los traseros de muchos”, “Herejes”, entre otras cosas. Repito que esto es algo que ya se ha dado otras veces con insultos e irrespetos de estas y mayores magnitudes, por causa de nuestra diferencia sobre el bautismo y por el término “reformado”, sobre todo.

Aquí ven a personas que han hecho quién sabe cuántos cursos, pero se han quedado atrás en su carácter. Han conocido la Reforma de nombre, en libros y sermones, y quizás la llevan de apellido, pero al parecer esa reforma no se ha dado en su corazón. Y eso es lo que caracteriza, al fin y al cabo, a una persona que Dios ha reformado: que tiene un conocimiento bíblico que es consecuente con los frutos que produce: humildad, amor, cordura, etc.

Ah, ¡cuánto podría escribir al respecto! Me conformaré con la voz de la Escritura, y que sea la Palabra misma que los juzgue. Si no oyen a las Escrituras y no se arrepienten de su pecado, con eso se comprobará que sus corazones no han sido cambiados por Dios.

Sobre la ira y los insultos

En Mateo 5, cuando Cristo da el sermón del monte, en un momento de este, expande el reducido entendimiento que se tenía de la Ley Divina. El primer mandamiento que expande es el de “No matarás”. Explica que este mandamiento no se refiere únicamente al acto por el cual le quito a otra persona la vida, sino también al enojo sin causa contra el hermano y a los insultos pecaminosos contra el hermano. La RVR60 menciona dos insultos: necio y fatuo. La LBLA dice: raca (insensato o inútil) e idiota. Y la NTV habla sobre la maldición a algún hermano.

Lo que nuestro Señor dice es que la Ley no solo prohíbe una conducta que vaya en contraposición a ella, sino también toda actitud que lo haga, pues Dios es Espíritu, y Su Ley abarca desde los pensamientos hasta los actos. Así el odio, y la ira sin causa, que son los motivos pecaminosos que mueven a alguien a matar, son las mismas raíces del abuso verbal pecaminoso. Y Dios condena ambos: al asesinato, como a la ira y al odio que llevan a él, y al insulto generado por estas cosas con el propósito de destruir a la otra persona. No es una ira por el pecado o la maldad (la cual es correcta) que busca que el que anda por mal camino se arrepienta, es una ira que busca, tal como la ira de Caín, el mal a su hermano, pisotearlo, sacarlo del camino, oprobiarlo y destruirlo. Cristo condena la ira sin causa y el insulto con desprecio que muestra una superioridad arrogante ajena a los hijos de Dios; condena la ira venenosa fruto del odio y la venganza en el corazón, y la cual escupe insultos que buscan derribar al otro y, si es posible, matarle. El pecado no solo es levantar nuestra mano para asesinar, sino levantar en nuestro corazón el deseo de hacerlo; es comportarse como personas que desprecian a sus hermanos con un orgullo de casta, con habla despectiva. Si en su corazón hay ira pecaminosa, de su boca solo saldrá pecado. Mas uno de los frutos del Espíritu Santo es la paciencia.

Entonces, a los ojos de Dios, quien se comporta de esta forma es un asesino; y ya que Dios lo amenaza con el infierno, esto hace dudar de que quien reaccione de esas formas sea un genuino creyente. No importa si se llaman bautistas o presbiterianos, un hijo de Dios ama a Su hermano (también al prójimo en general), y si no lo ama permanece en muerte.

Si usted no ama a Cristo, la Escritura claramente dice que usted es maldito, al igual que si usted predica otro Evangelio. Pero no vemos a Pablo insultado a sus hermanos porque difieren de él; no le veo insultando a Bernabé cuando difirió con él. Tampoco veo a nuestro Señor Jesucristo, cuando estuvo en la tierra haciendo eso con sus discípulos. Cuando estaba en la barca, en medio de aquella tormenta, les dijo “hombres de poca fe”. No los insultó, los corrigió claramente para arrepentimiento. Siempre que hay insultos en la Biblia, tales como “hereje” o “hijo del diablo”, se dirigen a los alborotadores y falsos maestros, no a la Iglesia de Cristo. Seamos claros en eso.

¿Cuál es el punto?

Soy bautista por convicción, y estoy convencido por las Escrituras que mis hermanos presbiterianos tienen una incorrecta interpretación en el aspecto del bautismo de infantes, por ejemplo. Yo discrepo cordialmente de ellos. Pero no por nuestra diferencia les odiaré, como si mi odio fuese bíblico; no por esa razón me airaré con ellos, como si mi ira pudiese obrar la justicia de Dios; no por esa razón seré despectivo con ellos o me burlaré de ellos, como si mis insultos pudiesen convencer sus corazones. ¿Acaso no confío en el poder de Dios? Los insultos no son el poder de Dios en acción que convence de la verdad los corazones. Cuando tenga la oportunidad de dialogar con alguno de ellos, de forma serena, aprovecharé la oportunidad para enseñar y defender lo que creo que es correcto, pues tengo los argumentos bíblicos para hacerlo, sin embargo, lo haré con mansedumbre y reverencia, no les intentaré imponer nada. Y no espero una actitud diferente de quien se hace llamar creyente. El convencimiento proviene de Dios (1 Pedro 3:15; Lucas 24:45).

Recordemos las palabras de Santiago:

“Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” Santiago 3:14-18

¿Con cuál sabiduría te ves realmente identificado: ¿con la que desciende lo alto (pacífica, amable) o la diabólica (contenciosa y perturbadora)?

Hermanos, un corazón lleno de gracia del Señor no puede ser arrogante para con su hermano, es solo muestra de que el conocimiento bíblico no ha penetrado el corazón, por más que miles de libros hayan penetrado sus ojos.

Yo espero que si hay la oportunidad de llamar la atención a un hermano que maltrata a otro, tal cosa sea hecha con sabiduría. Este artículo es, de alguna forma, mi manera de llamar la atención al respecto. Recordando, a la vez, el proverbio que dice:

“No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te amará” Proverbios 9:8
 Un verdadero creyente siempre será susceptible a exhortación, pero un incrédulo no.

Bautistas, ¿cuán basto conocimiento no nos ha dado Dios a través de nuestros hermanos y mejor amigos, los presbiterianos? Y presbiterianos, ¿acaso no veis que somos aliados y no enemigos, que con temor y temblor diferimos de vosotros porque no podemos ir contra lo que Dios nos ha enseñado en Su Palabra sobre el bautismo y el gobierno de la iglesia?

Veo que estamos disparando hacia donde no deben ir nuestras balas. Nos estamos hiriendo en la misma trinchera. ¡Paremos ya! Gloria a Dios cuando podamos argumentar sobre nuestras diferencias. Gloria a Dios cuando Él convenza a alguno de los dos de una postura. Pero no estamos en bandos diferentes. Estoy convencido que el Señor nos ha llamado a clemencia y humildad en este tipo de puntos “de divergencia”.

Como bautistas, nos molesta que los niños, quienes no pueden creer en Cristo, sean bautizados y tenidos como parte de la iglesia, porque no vemos esto en las Escrituras, pero no por esa razón nos separaremos de nuestros hermanos presbiterianos. Este es uno de esos puntos que no deberían romper la unión. Creemos que nuestros hermanos fallan en su interpretación, ¿y? ¿Les convenceremos con gritos y patadas? ¿El poder del convencimiento de Dios está en ello? Absolutamente no.

Creemos que, en regla general, el bautismo debe darse por inmersión. Nuestros hermanos presbiterianos no le dan importancia a ello y creen que debe ser por aspersión. Yo veo un vicio y error en esa interpretación, pero no lo suficientemente grande como para que rompa mi comunión con ellos. ¡Ah! Dejemos de luchar entre nosotros. ¿Es el bautismo un punto importante? ¡Lo es! Es un punto muy importante. Pero al mismo tiempo, no tiene la esencialidad suficiente para causar una separación bíblica entre nosotros. También deberíamos ser cuidadosos de tachar a otro como hereje por diferencias como estas.

Busquemos la unidad en amor 3, mientras no sacrifiquemos con ello la verdad.

“No hay ningún pecado tan parecido al diablo como el orgullo. Tiene muchos aspectos y formas, uno bajo otro, y abarca el corazón como las capas de una cebolla; cuando quitas una capa hay otra debajo. Por lo tanto tenemos que tener la mayor vigilancia sobre nuestros corazones, con respecto a este asunto y clamar con todo fervor al gran Escudriñador de corazones por Su ayuda” ~ Jonathan Edwards


 

  1. En lógica hay una falacia argumentativa conocida como ad hominem, la cual dirige su “argumento”, el cual suele ser un insulto o una afirmación negativa cierta o falsa, contra el oponente, pero no hacia la afirmación en sí, tratando de este modo de descalificar el argumento contrario al desacreditar a la persona que lo profiere.  Es una falacia a la que suelen acudir los impacientes o quienes no tienen o se quedan sin argumentos veraces. Es una falacia a la que no debe acudir jamás un cristiano, pues al hacerlo olvida que Efesios 6:12 dice “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” La falsedad o validez de un argumento no se deriva de la vida de quien lo da, sino de qué tan consistente es o no con la fuente de la verdad: las Escrituras.
  2.  “Los bautistas calvinistas que se suscriben a la Confesión de Fe de Londres (1689) no son anabautistas, como algunos los llaman por desconocimieno de la historia. La Confesión de Fe de Londres es una copia en su mayoría de la Confesión de Fe de Westminster, modificando los artículos sobre la Iglesia, el bautismo y algunos otros puntos. La Confesión bautista de 1646, precursor de la de Londres de 1689, específicamente rechaza la acusación de ser anabautistas en su introducción. En cuanto a los “anabautistas”, en primer lugar, se debe reconocer que el movimiento anabautista fue muy diverso, desde los violentos y fanáticos milenarios como Juan de Leiden, a los más pacíficos menonitas. Una de las confesiones anabautistas tempranas es la Confesion de Schleitheim (1527), que evidencia diferencias profundas en materia de teología con la Confesión de fe de Londres. Estos desconocimientos de la historia no promueven la honra de Dios, la verdad de nuestras palabras, ni la edificación del cuerpo de Cristo. Históricamente es muy claro que los que se suscriben a la Confesión de Fe de Londres salieron del ala calvinista en Inglaterra, y no de los grupos anabautistas”.
    ~ Guillermo Green, pastor presbiteriano
  3. Valga aclarar que con esto no promuevo, de ninguna forma, un ecumenismo evangélico. Soy un cristiano que cree firmemente en la separación bíblica: del mundo, de quienes se llaman cristianos y viven como mundanos, y de quienes abierta y voluntariamente desobedecen al Señor. Yo, bautista en mi confesión de fe, me he separado de otros bautistas. Y al mismo tiempo, he compartido fuerzas con presbiterianos. Solo aclaro que al hablar de comunión entre bautistas y presbiterianos, ambos unidos por el Evangelio, las 5 solas, las doctrinas de la gracia y los principios recuperados en la Reforma (como la vigencia de los 10 mandamientos y el principio regulador de la adoración), me refiero, sin duda, a presbiterianos ceñidos a la confesión de Westminster y Bautistas ceñidos a la confesión de Londres, no a los presbiterianos y bautistas liberales que se han desviado de las santas líneas de antaño.
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