Doctrinas de la gracia – Depravación Total

“Lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:18-19)

Comúnmente se dice que todos los políticos son corruptos (una generalización que no necesariamente aplica al proceder de todos y cada uno de los funcionarios que ejerzan un puesto público) y que quienes no lo sean se convierten en corruptos al ocupar su respectivo puesto. Esta corrupción se enfatiza sobre los funcionarios públicos, por la trascendencia pública y social de sus labores, y por las veces sinfín en las que muchos de ellos han hurtado y malversado (esto es, usado para un fin distinto del que se supone que tienen) los dineros del erario  o abusado de su autoridad.

¿Dónde yace la depravación en el hombre?

Pero con la corrupción se da el mismo problema que con el asesinato: las personas usualmente se fijan con una atención mayor sólo en aquellas acciones que son más públicas, escandalosas, visibles y notorias. No obstante, la Ley de Dios, en todo su espíritu y fin, no va en contra de las acciones pecaminosas más notorias solamente, sino también en contra de las ocultas del corazón. De ahí que el asesinato lo sea tanto por parte de aquel que quita la vida de un hombre, como por parte del que difama a otro y como por parte del que guarda rencor en su corazón hacia su prójimo. Todo esto, ante los ojos santos del Dios que ve nuestra acción y nuestro pensamiento, es transgresión al sexto mandamiento que dice: “No matarás”.

Con la corrupción sucede lo mismo: se condenan aquellas formas de corrupción que son escandalosas y más públicas, pero se suelen ocultar, justificar y excusar aquellas otras formas que, siendo también corruptas, no son tan escandalosas y, quizás, no producen mucho daño notable. Y hacer tal distinción ilegítima es, de hecho, otra forma de corrupción: llamar bueno o aceptable a lo malo, sólo porque sus efectos no son tan considerables en comparación. ¿Ese es tu caso? Piénsalo bien. Y no olvides primero sacar la viga de tu ojo, para poder ver bien y así ayudar a tu prójimo con su paja (ver Mateo 7:1-6).

No obstante, la Ley de Dios, en todo su espíritu y fin, no va en contra de las acciones pecaminosas más notorias solamente, sino también en contra de las ocultas del corazón.

La corrupción

Desde su etimología, la corrupción es la acción como el efecto de corromper, contaminar, corroer, dañar y pervertir. Es corrupto aquello que causa todos esos efectos, como aquello que resulta por causa de la corrupción. Y eso incluye al gobernador que da un uso ilegítimo al dinero que tiene otro fin, rompiendo así el octavo mandamiento, como a todo aquel que transgrede cualquier otra parte de la Ley de Dios: eso lo incluye a él, sí, pero también te incluye a ti.

La Ley de Dios es buena. Ella ha sido dada por el Señor para que regle nuestra vida en todas sus esferas. En la conformación a ella, por consiguiente, consiste la pureza, la justicia y la rectitud, y en el desobedecerla, de cualquier forma, consiste la corrupción. Siendo esto así, ¿puedes ver cómo se aplica a ti esto que a veces sólo se trata de señalar en algunos? Puede que ante la ley del hombre se llame ‘corrupción’ sólo a aquellas acciones tan impropias de un funcionario público, pero ante los ojos de Dios la corrupción no es un problema de unos, sino de todos, y no tiene que ver solamente con los hechos visibles, sino principalmente con el corazón del hombre: el cual es corrupto (es decir, se encuentra en total enemistad en contra de Dios).

¿Cuáles fueron los orígenes de esa corrupción?

Cuando el hombre desconfío de la Palabra de Dios en el Edén, y desobedeció el mandamiento dado, su corazón fue corrompido (hecho corrupto). Y ya que todo lo que la corrupción engendra es igualmente corrupto, la descendencia de Adán y Eva nació con el mismo problema esencial: un corazón corrupto. Y desde entonces todo lo que hacemos es corrupto, pues procede de nuestro corazón corrompido por el pecado: todo lo que tú corazón corrompido engendra es, por consiguiente, corrupto; una constante rebeldía en contra del Señor.

“Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”
-Romanos 3:10-12

El pecado es como la levadura, la cual leuda toda la masa en la cual es puesto. No fue una parte de tu corazón la que se corrompió, sino todo él. El corazón en la Escritura es usualmente presentado como el centro mismo del hombre: todo lo que él es en esencia. Así que cuando el pecado entró en el corazón de los hombres, leudó todas sus partes: su consciencia de Dios, su relación con el prójimo, su entendimiento de sí mismo, su discernimiento del bien y del mal, sus conclusiones morales; pensamiento y emociones, conciencia y espíritu fueron igualmente leudados por la levadura de la corrupción: la desobediencia a la Ley de Dios.

¿Qué es lo que en realidad corrompe?

Así que no es el dinero el que corrompe: sino el corazón ya corrompido el que hace un uso corrupto del dinero; no es el poder o la autoridad la que corrompe, sino el corazón ya corrompido el que hace un uso corrupto y abusivo de esto. No es lo que entra al hombre, o lo que posee el hombre, lo que lo contamina, sino, de hecho, lo que sale de su corazón: porque el tal es corrupto y, como hemos recordado, engendra corrupción. La ocasión no hace al ladrón: el corazón corrompido hace uso de la ocasión para expresar su perversión.

Tú y la corrupción

¿Has entendido que tú también tienes un corazón corrupto? Puede que no hagas el mismo mal escandaloso que otros, o que tus corrupciones, ante tus ojos, sean más pequeñas, porque son menos nocivas, pero el juicio de Dios es otro: tu corazón contaminado por el pecado que contamina el matrimonio con sus lujurias, las amistades con sus murmuraciones, las vecindades con sus envidias, las naciones con sus rencores, la iglesia con sus invenciones, el mundo con sus iniquidades, es el que necesita ser limpiado, totalmente transformado y profundamente renovado. De lo contrario engendrarás corrupción cuando estés en un puesto público, o en tu puesto de trabajo, o en el examen de tu colegio.

¿Qué necesitas?

Lo que necesitas, al igual que todos los demás, es la salvación del pecado que solo Dios puede darte en el Señor Jesucristo. Y, como conclusión de todo lo que he dicho, es imposible que tú corazón corrupto pueda alcanzarla por sí mismo (él solo engendra corrupción, y la salvación es lo contrario a la corrupción). Debes mirar al Señor Jesús con fe y arrepentimiento (pues solo Él fue plenamente libre de toda corrupción para ser nuestro poderoso y suficiente Salvador); y esto lo debes suplicar humillado al Dios que debe tener misericordia de ti para que no perezcas.

Así que no es el dinero el que corrompe: sino el corazón ya corrompido el que hace un uso corrupto del dinero; no es el poder o la autoridad la que corrompe, sino el corazón ya corrompido el que hace un uso corrupto y abusivo de esto.