Doctrinas de la Gracia – Expiación limitada

“[Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo]… se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

En un rompecabezas encontramos diversas piezas que, unidas correctamente, nos permiten apreciar una imagen terminada y completa. La ausencia de una de estas piezas dañaría el resultado final. Asimismo, cuando miramos toda la obra de nuestro Señor Jesucristo, vemos una obra terminada y completa, sin ausencia de piezas y con un exitoso resultado final. Un rompecabezas nos puede servir para entretenernos, incluso para utilizar la imagen final como un cuadro en nuestras casas. En cambio la obra de nuestro Señor Jesús es la única que puede dar salvación y rescate a quienes hemos vivido pecando en contra del Señor.

¿Cuál era esa meta que se nos muestra, no como una posibilidad, sino como una realidad certera en el Señor Jesús? ¡La redención!

El propósito eterno de Dios

Como seres humanos, todos los días nos proponemos metas: iremos a mercar, arreglaremos el jardín, prepararemos ciertos alimentos, trabajaremos en tales y tales tareas. No obstante, no siempre somos capaces de conseguir el resultado que esperábamos ni lograr todo lo que nos proponíamos. Las razones varían de caso en caso: los recursos nos faltan, el ánimo disminuye, las fuerzas se agotan o causas externas nos lo impiden. Estas limitaciones tan propias de nosotros, no hacen parte de la naturaleza de nuestro Dios. “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Salmos 115:3). El deseo de Dios tiene todo el poder de materializarse. Dios no desea en vano. Cuando Él se propone algo, Dios consuma ese algo según Sus tiempos y sazones.

2 de Timoteo 1:9 nos enseña que por el gran poder de nuestro Dios nosotros fuimos salvos según el propósito Suyo en Cristo Jesús. Y ese propósito fue eterno, es decir, siempre estuvo en el corazón del Señor, quien hace todo lo que desea (Efesios 3:11 – ver El amor eterno de Dios). ¿Pero cuál era ese propósito que se nos muestra tan cierto en la Persona y Obra del Salvador? ¿Cuál era esa meta que se nos muestra, no como una posibilidad, sino como una realidad certera en el Señor Jesús? El propósito es la determinación de lograr algo: y Dios se propuso, respecto de nosotros, a redimirnos de toda iniquidad y purificarnos, para que fuésemos Su pueblo santo y obediente.

Reconciliación o muerte

Recordemos que todos tenemos tenemos un corazón corrupto (ver La corrupción radica en el corazón). Por lo tanto, ninguno de nosotros puede acercase seguro al Señor, quien es “muy limpio… de ojos para ver el mal” (Habacuc 1:13). Y ningún corazón corrupto, por el hecho de su propia contaminación, puede habitar con el Señor, ya que Él no se complace en la maldad (Salmos 5:4). Todo eso hace referencia tanto a ti, como a mí. Ni tú ni yo somos buenos, ni tú ni yo estamos libres de pecado: no podemos lanzar la piedra, pero sí somos merecedores de que el Señor nos la lance a nosotros por nuestra rebeldía, de que Él nos condene con justicia (Juan 8:7; Deuteronomio 21:18-21). Era por lo tanto necesario que Dios, voluntariamente, decidiera reconciliarse con nosotros: pues nosotros, ya de por sí, teníamos sobre nosotros una justa sentencia de muerte.

La necesidad de la vida perfecta de Jesucristo

Para que pudiésemos ser salvados de nuestros corruptos corazones era necesario que Otro, un Mediador entre Dios y nosotros, fuese totalmente justo en nuestro lugar. Cristo fue ese Mediador totalmente justo: nuestro Sumo Sacerdote sin pecado (Hebreos 4:15). En el Antiguo Testamento, como un símbolo, se elegían para el sacrificio corderos sin defecto (Levítico 4): pero en el Nuevo Testamento vemos que Cristo es el Cordero simbolizado, sin mancha y sin contaminación alguna (1 Pedro 1:19). Cristo fue y es perfecto.

La necesidad de la muerte eficaz de Jesucristo

Pero, además, para que pudiésemos ser perdonados, era necesario que Otro, un Mediador entre Dios y nosotros, recibiese totalmente el justo castigo que nosotros merecíamos en nuestro lugar y representación. Cristo fue ese Mediador que recibió todo el castigo para nuestro perdón: “en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:14). En el Antiguo Testamento, como una promesa, se nos dice sobre el Mesías que “derramó Su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Isaías 53:12): y en el Nuevo Testamento vemos que Jesucristo es ese Mesías: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). La muerte de Cristo fue y es eficaz.

La necesidad de la resurrección gloriosa de Jesucristo

Y finalmente, para que pudiésemos ser justificados, esto es, declarados justos ante los ojos de Dios, era necesario que ese Otro, ese Mediador perfecto entre Dios y nosotros que debía morir derramando toda Su sangre, fuera aceptado por Dios. Cristo fue ese Mediador que tras vivir cumpliendo toda la Ley de Dios y morir llevando todos los pecados de Su Pueblo, fue resucitado por el poder de Dios, evidenciando esto que Dios estaba satisfecho: “Y el Dios de paz… resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el Gran Pastor de las ovejas” (Hebreos 13:20).

Así fue la profecía del Antiguo Testamento sobre la satisfacción de Dios en Cristo respecto de Su obra para nuestra salvación: “Verá el fruto de la aflicción de Su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11): y así es Su cumplimiento pleno en el Nuevo Testamento: “Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Él nos resucitó” (Efesios 2:4-6). La resurrección de Cristo fue y es la prueba de que Su obra es suficiente.

Cristo es la encarnación del propósito salvífico de Dios. El fin, nuestra salvación; el medio, nuestro Salvador.

La Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo son nuestra salvación eficaz

Cristo es la encarnación del propósito salvífico de Dios. El fin, nuestra salvación; el medio, nuestro Salvador. Sin Jesucristo hubiese sido totalmente imposible alcanzar ese fin, pero con Cristo no solo fue totalmente posible alcanzarlo, sino que, de hecho, se alcanzó verdaderamente. La profecía nos decía sobre Jesucristo: “por Su conocimiento justificará Mi Siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11). Ese es el propósito revelado: en espera de cumplirse. Luego la Escritura nos dice que nuestro Señor “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Ese es el propósito consumado: plenamente cumplido.

La obra de nuestro Salvador fue el cumplimiento del propósito de Dios: nuestra salvación. Por esto, todo aquel por quien Cristo vivió, vivirá también; todo aquel por quien Cristo murió, será perdonado; todo aquel por quien Cristo resucitó, será justificado. ¿Nuestro pecado es grande? ¡La obra de nuestro Salvador es aún más grande! Cristo cumplió eficazmente la voluntad eterna de Dios respecto del pueblo al que Él amó eternamente: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en Su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él” (Colosenses 1:21-22).

Es eficaz aquello que logra hacer efectivo un propósito. El propósito de Dios fue nuestra salvación de los pecados para que viviésemos para Él; y la obra de Cristo fue eficaz, pues en verdad logra que todos aquellos por quienes Cristo vivió, murió y resucitó sean salvados de los pecados y vivan para Dios.

¡Confía en Jesucristo y Dios cumplirá Su propósito en ti!

¿Tú has confiado en el Señor Jesucristo como el Eficaz, Único y Suficiente Salvador que Dios envió? Solo extiende tus manos de fe y recibe el eficaz cumplimiento del propósito de Dios: tu salvación en Cristo Jesús. Tu corazón corrupto será verdaderamente limpiado, y toda tu vida será plenamente transformada: serás hecho justo y serás santificado.

Nunca olvides que ese fue el propósito de Dios y es imposible que Dios mienta: Cristo “se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”, y es imposible que, si tú en verdad crees en Él, no seas redimido de toda tu iniquidad y purificado para ser parte de Su pueblo y vivir en santidad.

  1. Artículo acerca de la depravación total
  2. Artículo acerca de la Elección incondicional