Doctrinas de la Gracia – Gracia Irresistible

Muchas cosas nos persuaden. Según Proverbios, el camino del hurto suele persuadir al joven perezoso, y el camino de la infidelidad al hombre que acepta escuchar la voz de la mujer inmoral. Un anuncio de televisión nos persuade muchas veces a adquirir aquello que promociona, aunque sea innecesario, y una oferta turística nos persuade a viajar aunque no tengamos los recursos para hacerlo.

La mujer vanidosa es persuadida a gastar y gastar en su rostro y en su cuerpo cantidades desproporcionadas de dinero, y la mujer coqueta es constantemente persuadida en su corazón a manifestar su sensualidad. Un médico puede persuadir a un paciente a dejar ciertos hábitos que, en caso de no hacerlo, acabarán con su vida, y un vendedor de casas puede persuadir a una joven pareja a adquirir el nuevo proyecto.

Somos persuadidos en todo momento por una cantidad innumerable de factores. Pero en cuanto a nuestra alma, o somos persuadidos por el pecado a ser enemigos de Dios o somos persuadidos por Dios a ser enemigos del pecado.

Las inclinaciones de nuestro corazón

La verdad del asunto es que nacimos con un corazón ya persuadido al mal. La mayoría de propuestas del pecado son aceptadas, sin mucho problema, por cada uno de nosotros. Quizás las propuestas más escandalosas son rechazadas porque algo de conciencia de Dios persiste en nuestras almas, pero le hemos dado la llave de la puerta de nuestros corazones a la iniquidad.

La verdad del asunto es que nacimos con un corazón ya persuadido al mal … Esto nos lleva a rechazar continuamente al Señor: Sus caminos de santidad no son deseables, naturalmente, por nosotros; Sus caminos de justicia nos suelen fastidiar; Su Ley es irritante; Su Día es cansón; Su Cristo es odiado; Su pueblo es despreciado.

Esto nos lleva a rechazar continuamente al Señor: Sus caminos de santidad no son deseables, naturalmente, por nosotros; Sus caminos de justicia nos suelen fastidiar; Su Ley es irritante; Su Día es cansón; Su Cristo es odiado; Su pueblo es despreciado. El bar se hace más apetecible que la iglesia, y el entretenimiento supera nuestro deseo por la Palabra. El alma que poseemos no encuentra delicia en las cosas de Dios naturalmente.

No obstante, la Escritura es clara en revelarnos que todo esto se debe a que nuestro primer padre se vendió a sí mismo y a toda su descendencia al pecado. Desde allí, hemos nacido bajo una esclavitud que se ha normalizado en los años más y más. De hecho, no nos sentimos esclavos al nacer, porque nos vemos moviéndonos libremente por el mundo: pero las cadenas de este amo atan el alma y su prisión encierra el corazón. No lo vemos, pero allí está, y nos agrada. Pecamos con naturalidad y desobedecemos sin dificultad, aunque estamos cautivos y oprimidos. Nos encontramos inmersos dentro de un poder engañoso: el poder engañoso del pecado.

Gracia irresistible: la manifestación del poder de Dios

¿Cómo podemos salir de esta prisión espiritual si no vemos que estamos allí? ¿Cómo podemos desear la salvación si no entendemos que la necesitamos? ¿Cómo podríamos correr a Cristo si nuestra voluntad está engañada y subyugada por el pecado? Necesitamos, necesariamente, un poder salvador más grande que el poder que nos mantiene engañados. Y ese poder, para nuestro alivio, se encuentra en el Espíritu Santo de Dios.

Uno de los reyes más piadosos que tuvo Judá, Josafat, elevó en una oración una de las más maravillosas declaraciones respecto del Señor: “¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien Te resista?” (2 Crónicas 20:6b). Esta es una pregunta que contiene en sí misma la respuesta: sí, Dios tiene tal poder que nadie puede resistirlo. Esta bendita declaración debería ser el aliento del pecador oprimido, así como el terror del pecador no arrepentido. El primero tiene segura su liberación, por el poder que salva; el segundo tiene segura su condenación, por la fuerza que vence Sus contradictores.

La salvación de nuestros enemigos (el pecado, el mundo y el diablo) se encuentra solamente en el poder de Dios, pues, como hemos visto, tenemos un corazón totalmente corrompido que no puede salvarse por sí mismo; necesitamos la disposición voluntaria de Dios para salvarlos, la cual tenemos en Su amor eterno; necesitamos de una obra eficaz de Dios que nos provea la salvación, la cual tenemos en el amor redentor del Hijo; pero también necesitamos una obra igual de radical en nuestros corazones para que reciban la salvación: ¡y por la gracia de Dios también la tenemos en el amor regenerador del Espíritu Santo!

Quizás digas que la Escritura también enseña que los hombres resisten a Dios. Yo admito eso con igual firmeza. Y, de hecho, es allí donde radica lo maravillo del poder de Dios: que vence esa enemistad y la convierte en amor, de tal forma que la cerviz dura ahora se inclina y las rodillas inflexibles ahora se humillan. Los hombres resistimos voluntariamente a Dios, sí, pero Su poder vence nuestra resistencia y la transforma en fe.

Gracia irresistible: una transformación del corazón

Nuestra salvación no es realizada por el Señor en contra de nuestra voluntad, sino que nuestra voluntad es ganada para nuestra salvación. Somos persuadidos por el amor eterno del Padre, persuadidos por la gracia redentora del Hijo, persuadidos por el dulce poder del Espíritu Santo. Ser persuadido es ser convencido en la mente y conquista en el corazón.

Nuestra alma, atrapada y retenida por el poder de la muerte y el pecado, es liberada por la gracia del Señor para que podamos ir en pos de Jesucristo: la fuerza del pecado en nosotros es vencida y nuestra voluntad queda dispuesta a ir en pos del Dios de vida. Nuestro entendimiento, cerrado a la verdad por el pecado, es abierto por el Señor para que comprendamos aquello que anteriormente no entendíamos: que somos pecadores y que toda nuestra esperanza radica en la misericordia del Señor. A nuestros ojos, cegados a la realidad por el pecado, les es dada vista para que podamos ver aquello que anteriormente no veíamos: que no merecemos sino la santa ira del Señor, pero que en Cristo tenemos el perdón gratuito de los pecados. Nuestro corazón, esclavizado por el tirano pecado, es persuadido a humillarse arrepentido ante el Señor y a depositar toda Su confianza en Jesucristo, como suficiente Salvador. Se nos da vida, se nos capacita, se nos persuade, se nos convence, se nos gana: y nosotros, con una vida nueva recibida, una liberación regalada, una voluntad renovada, una vista concedida, y corazón persuadido, corremos al Señor Jesucristo con todo nuestro ser.

Nuestra salvación no es realizada por el Señor en contra de nuestra voluntad, sino que nuestra voluntad es ganada para nuestra salvación. Somos persuadidos por el amor eterno del Padre, persuadidos por la gracia redentora del Hijo, persuadidos por el dulce poder del Espíritu Santo. Ser persuadido es ser convencido en la mente y conquista en el corazón.

Gracia irresistible: No es una violación del deseo de  la persona regenerada

Nunca he conocido un verdadero hijo de Dios quejándose de serlo. Le he visto con dolor por sus pecados actuales, sí; le he visto con tristezas por el estado del mundo, comúnmente; le he visto, incluso, con dudas, pero por causa de sí mismo, lo admito, pero cuando les pregunto por su esperanza, la respuesta no varía: “Jesucristo es nuestro Salvador”; y cuando se les trata de persuadir a ir a otro lugar, su respuesta es la misma: “¿A quién más iremos, si solo el Señor Jesús tiene palabras de vida eterna?”. Nunca he encontrado a un hijo del Señor diciendo que no quiere serlo más o que está cansado de ser amado por el Padre, el Hijo y el Espíritu.

Se le pregunta si es su deseo volver a servir a Alcoholismo, y con toda sus fuerzas dicen que se oponen a que tan siquiera se mencione esa idea: “Jesucristo nos ha salvado de tal monstruo que consumía nuestras vidas, nuestro dinero y nuestras familias”.

Se les pregunta si su deseo es, quizás, volver a ser siervos de Lujuria, y con espanto dicen que la sola idea es en sí misma reprochable: “Jesucristo nos ha liberado de esas cadenas tan pesadas que destruían nuestra voluntad y se adueñaban de nuestros pensamientos”.

Y se les pregunta si es su deseo dejar los caminos del Señor y seguir los caminos de Rebeldía, Hurto, Venganza, Pereza, Altivez, y la respuesta es contundente: “¡Jamás! Vivimos muchos años pensando que servir a esos señores era el todo de nuestra vida: pero éramos subyugados y maltratados, y no lo veíamos; casi fuimos asesinados, como otros consiervos de aquel tiempo, pero por la sola misericordia de aquel Príncipe Salvador, el Señor Jesucristo, fuimos librados de las garras de cada uno de esos amos crueles. Ellos no querían nuestro bien, no buscaban nuestra felicidad: nos engordaban para comernos, se entretenían con nuestra ceguera y se burlaban de nuestra sumisión. Oh, si no fuera por nuestro Rey Jesucristo, no sabemos qué sería de nosotros”.

El hijo pródigo fue persuadido, de forma secreta e interna, por el amor de su padre, y así el pecador es persuadido, de forma secreta e interna por el poder amoroso y seductor del Espíritu de Dios a contemplar el amor del Dios eterno, y desearlo por encima de cualquier otro supuesto amor: lo prefiere por encima del dinero, por encima de la fama, por encima del libertinaje, porque ahora es una nueva criatura con un nuevo corazón. Cristo se hace precioso ante su vista y completamente inmerecido. Pero ¡cuánta sagacidad y valentía se crea en el corazón del pecador humillado! Él sabe que merece la ira de Dios, pero va a Él, porque confía en Sus promesas; él sabe que está sucio, pero aún así corre al Señor, confiado en que le limpiará.

¿Dónde estás tú?

¿Haz corrido tú a Jesucristo? ¿Se ha visto tu corazón persuadido a seguir al Señor? Oh, amigo, ¿qué te lo impide? El pecado no ha podido llenar tu alma: porque fue creada para Dios; el pecado no ha podido aliviar la ansiedad de tu corazón: porque solo Dios puede aquietar su creación. El mismo Dios que dio a Cristo para tu salvación, si es que crees y te arrepientes, es el mismo Dios que te dará a Su Espíritu para tu conversión. ¡Ven pues, amigo mío! Ven a Jesucristo hoy. Cuando lo hagas, entenderás que aunque tú caminabas hacía Él, eras las manos de Dios las que traían a Él, y glorificarás al Señor por concederte vida, vista y libertad.

  1. Artículo acerca de la depravación total
  2. Artículo acerca de la elección incondicional
  3. Artículo acerca de la expiación limitada