Doctrinas de la Gracia – Perseverancia de los Santos

La salvación: imposible para nosotros, pero posible para el Señor

Cuando observamos la gran contaminación espiritual que habita en nuestro corazón, la conclusión a la que fácilmente llegamos es esta: “la salvación es imposible para nosotros”. Y, de hecho, Cristo lo afirma: “es imposible para los hombres” (Lucas 18:27).

No obstante, cuando miramos el amor eterno del Padre, la obra eficaz del Hijo y el poder persuasivo del Espíritu, la conclusión a la que rápidamente llegamos es esta: “la salvación, aunque imposible para nosotros, es posible para Dios”. Y, de hecho, Cristo lo afirma contundentemente después de que algunos hombres le preguntaran: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”; a lo cual Él responde: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Y ciertamente así es.

¿Quién más podría darnos un nuevo corazón? ¡Solo Aquel que fue el Creador del primero! ¿Quién más podría decidir obrar reconciliación? ¡Solo Aquel a quien ofendimos! ¿Quién más podría realizar todo lo necesario para darnos justicia sin dejar de ser Justo? ¡Solo Aquel que es eternamente sabio y plenamente poderoso! ¿Quién más podría cambiar nuestras inclinaciones y reformar nuestras almas? ¡Solo Aquel que todo lo conoce y todo lo puede!

Cada vez que el hombre ha intentado salvarse a sí mismo, se ha encontrado en una situación de total impotencia; cada vez que ha tratado de complementar la obra consumada del Señor, se ha encontrado en una situación de total frustración. Pero cuando hemos confiado en Dios por completo, y nos hemos abandonado en Sus manos poderosas, hemos encontrado la paz y la seguridad que necesitábamos.

Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano

Juan 10:28

Perseverancia de los Santos: no es salvación aquella que no permanece

Con la elección divina (esto es, el propósito de Dios) no termina todo: es necesaria la obra redentora que ejecuta el propósito. Con la obra redentora tampoco termina todo: es necesaria la obra regeneradora que aplica el propósito. Y con la obra regeneradora tampoco termina todo: es necesaria una obra que preserve todo lo anterior, que sostenga el propósito.

Dios creó el mundo, pero es necesario que también lo sustente para que no perezca: “[Él] sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder” (Hebreos 1:3). Asimismo, Dios nos da salvación, pero también nos preserva para que no perezcamos: “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

En los hospitales se dan medicinas que calman el dolor, menguan los efectos de alguna enfermedad o curan ciertos síntomas del quebranto de salud. En una gran mayoría de veces, sin embargo, estos medicamentos o tratamientos no pueden salvar la vida del hombre ni restablecer por completo su salud ni conservarlo de ahí en adelante en un estado de restauración pleno. Usualmente, el hombre que se alivia vuelve a enfermarse, y en todos los casos el hombre morirá. Pero la cura de Dios para el pecado, Su salvación en Cristo, tiene tal poder que es imposible perder el estado salvífico una vez se obtiene. La salvación de Cristo es una salvación que verdaderamente salva, porque permanece para siempre.

Preservación de los Santos y Perseverancia de los Santos

Esta bendita promesa, que puede calmar al corazón más ansioso, es de doble vía. Dios promete tanto preservarnos como concedernos la gracia para perseverar. El Señor dijo que haría en Su pueblo lo siguiente: “Haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré Mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de Mí” (Jeremías 32:40). Él promete no dejar de protegernos (preservarnos) y concedernos todo lo que necesitamos para que no dejemos de ir en pos de Él (perseverar).

Luego, nuestro Señor Jesucristo reitera la promesa de preservarnos: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano” (Juan 10:28). Y también se reitera en Su Palabra la promesa de que perseveraremos: “[El siervo del Señor] estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme” (Romanos 14:4). Con la primera promesa estamos seguros de que nuestro Dios nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá (1 Pedro 5:10): ¡seremos preservados! Y con la segunda promesa estamos seguros de que nuestro Dios “es poderoso para [guardarnos] sin caída” (Judas 1:24): ¡perseveraremos hasta el fin!

La salvación de Dios en verdad salva. La vida eterna que Dios da en verdad es vida y eterna. La gracia redentora de Jesucristo en verdad redime. La sangre derramada en la cruz en verdad limpia. La obra del Espíritu Santo en verdad transforma. Las promesas del Señor en verdad se cumplen. La justificación de Dios en verdad justifica. El perdón del Señor en verdad perdona. El poder de Dios que guarda en verdad preserva. El propósito divino en verdad se materializa: aquel a quien Dios ha amado en Cristo estará con Cristo para siempre: “Vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).

¡Perseveraremos hasta el fin porque somos preservados hasta el fin!

Quizás alguno podría replicar que algunos ‘cristianos’ han vuelto atrás: no fueron preservados, no perseveraron hasta el fin. Pero hay mucho que decir sobre eso. Muchos de ellos no eran sino profesantes, cristianos de nombre pero no de verdad. Su fe, al ser probada, resultó no ser la perla preciosa que decía ser; su arrepentimiento nunca fue algo diferente a un remordimiento artificial. Ellos volvieron atrás ante nuestra vista, pero nunca dejaron de estar esclavizados por el pecado ante la vista del Señor. No son cristianos que volvieron al mundo: son mundanos que usaron algunas vestiduras externas del cristianismo por algún tiempo.

¿Por qué me atrevo a afirmar estas cosas? Porque “nosotros, [a quienes el Señor en verdad ha salvado], no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (Hebreos 10:39). Algunos están entre el pueblo de Dios por un tiempo, pero luego se van. Sobre ellos el testimonio de la Escritura es claro: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:19).

Este es el punto que enfatiza Juan: aquel que en verdad es de Cristo permanece en Cristo. ¿Por qué? Porque, como dijo un poco más adelante: “esta es la promesa que Él nos hizo, la vida eterna” (1 Juan 2:25). Y una vida que se termina no es eterna: una vida eterna permanece para siempre, como su nombre lo indica. Así es la naturaleza de la vida que Dios provee al alma que Cristo redime y el Espíritu regenera: una vida eterna, una vida que, con sus caídas y todo, podrá finalmente prevalecer sobre el pecado y la muerte. El Espíritu Santo morando en nosotros, quienes hemos confiado en el Señor Jesús, es la garantía de que esto es así (2 Corintios 1:22).

La salvación de Dios en verdad salva. La vida eterna que Dios da en verdad es vida y eterna. La gracia redentora de Jesucristo en verdad redime. La sangre derramada en la cruz en verdad limpia. La obra del Espíritu Santo en verdad transforma. Las promesas del Señor en verdad se cumplen. La justificación de Dios en verdad justifica. El perdón del Señor en verdad perdona. El poder de Dios que guarda en verdad preserva.

¿Estás perseverando como un santo?

Debes hacerte esta pregunta. En evadirla no hay beneficio alguno. Si eres uno de los “santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo” (Judas 1:1), entonces debes tener como fruto de tu vida la santificación y, como fin, la vida eterna (Romanos 6:22).

“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5). Y si al examinarte sinceramente encuentras que sí estás en la fe, que con todo y tus tropiezos Cristo es tu Salvador, ¡entonces alégrate con gozo inefable y glorioso, porque el fin de tu fe es y será la salvación de tu alma! Que no te quede duda de esto (1 Pedro 1:7-9). Quienes tenemos fe exclusiva (por la gracia de Dios) en la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor, somos “guardados por el poder de Dios mediante [esa] fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5).

De no ser así, amigo mío, si descubres que no has confiado verdaderamente en Cristo ni te has arrepentido de tus pecados, entonces hazlo hoy mismo: porque “he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2). Escucha las palabras de nuestro Salvador y abrázalas con toda tu alma: “El que cree en Mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).

  1. Artículo acerca de la depravación total
  2. Artículo acerca de la elección incondicional
  3. Artículo acerca de la expiación limitada
  4. Artículo acerca de la gracia irresistible