“Echando toda vuestra ansiedad sobre Él,
porque Él tiene cuidado de vosotros.”

—1 Pedro 5:7 (3)

No queda duda de que el Señor nos ordena a arrojar sobre Él todas aquellas preocupaciones que agobian nuestros corazones. Como si fueras en una barca cargada con mucho peso, la cual se está hundiendo: debes arrojar todo ese peso al ancho mar de inmediato o te anegarás. Así debes lanzar todas las inquietudes de tu alma sobre el todopoderoso océano del amor cuidador de Jesucristo: esto no lo afecta a Él, pero te alivia a ti.

Debes renunciar a confiar en tus propias fuerzas, para confiar absolutamente en las de Dios: y confiar en que Él está al control de todo. Si delegas una tarea sobre otro ser humano, es normal que quizás te preocupes un poco por el resultado y debas estar pendiente: pero si el Señor te dice: “dame tus cargas, Yo me encargo”, no hay mejor camino. Sencillamente hazlo por la fe en oración. Él sabe qué hacer perfectamente; Dios no necesita que nadie le enseñe a ser Dios.

Quizás haya órdenes respecto de las cuales digas: “he aquí una orden difícil” (aunque no veo ningún mandamiento del Padre que deba ser tratado de tal forma), pero en esta no puedes hallar ninguna dificultad: aquí no se te ordena alzar, sino descargar; no cargar, sino echar. Es un llamado al descanso, un llamado simple, sencillo y a tu pleno alcance como hijo de Dios.

Pero quiero que medites en una cosa más. El Señor da una razón para que hagas esto. La razón está llena de un amor divino evidente: ‘Yo tengo cuidado de ti. No permitiré que tu alma, salvada por Mi Hijo, se atrofie por cargar un peso que no eres capaz de llevar. Yo te salvé, Yo te cuidaré. Yo soy tu Esposo: Yo velaré por ti. Tu carga es ahora Mía, y Mi paz es ahora tuya; dame tus preocupaciones, cada una, y Yo te daré a cambio Mis fuerzas, Mi gozo y Mi paz en abundancia’. Oh, mi hermano, desprecia mis regalos, si eso quieres, pero nunca los de tu Señor: los míos perecen, pero los Suyos son totalmente necesarios para el bien de tu alma.

Ahora, esa es la parte evidente. Él cuidará de ti: lo ha hecho y lo seguirá haciendo. Pero algo que a veces olvidamos es que ese cuidado usualmente viene a través de un medio que el Señor gusta utilizar: a Su propio Pueblo. Él podría volver a lanzar Maná del cielo y alimentar al hermano pobre, pero pone esa carga sobre Su Iglesia y le dice: encárgate tú. Él podría traer siempre un consuelo misterioso de lo Alto, pero intima el corazón de un cristiano sincero que te alienta y anima. Él podría traer una exhortación en carrozas de fuego, pero envía a uno de Sus hijos en Su Providencia para que te exhorte a mirar a Cristo cuando quizás tu corazón ha estado confiando en sus propias fuerzas.

A lo que voy es el que el Señor, usualmente, tiene cuidado de nosotros a través de Su Iglesia. Es verdad que el cerebro es el que dirije el cuerpo: pero este ordena a la mano que sobe el pie adolorido. Así, aunque es Cristo el que te cuida, frecuentemente usa a algún miembro de Su cuerpo, como el Pastor o un hermano o hermana sabios, para manifestar Su cuidado a ti. No esperes carrozas, cuando tienes hermanos; no esperes ángeles cuando tienes santos. El Señor nos ama a través de Su Pueblo.

Por lo tanto, recuerda esto: no es aislado de Cristo que recibirás fuerzas, sino más cerca de Él. Por esto a medida que la preocupación llega, tus rodillas deben doblarse. Y no es alejado de la Iglesia del Señor que recibirás los cuidados del Padre, sino más cerca de aquel pueblo sobre el que reposan las órdenes de animarse, alentarse, ayudarse, exhortarse los unos a los otros. Fuera de la oración, tus cargas te abrumarán; y fuera de la Iglesia no podrás sentir los dulces y particulares consuelos del Espíritu que trae a través de Su pueblo.

Oh mi hermano, no eches tus ansiedades sobre ningún hombre: hazlo sobre Cristo solamente a través de la oración y la búsqueda sincera de Su Palabra. Pero tampoco olvides que a menos que abras tu corazón a la grey de Cristo, esta no podrá orar por ti con inteligencia ni animarte con especificidad ni ayudarte concretamente.

El Señor tiene cuidado de ti, usualmente, a través de Su Iglesia. Deja de alejarte de ella, deja de esperar que te busquen en vez de buscar tú, deja de ocultar tu corazón, deja de peregrinar solo y batallar como un llanero solitario: eres parte de una familia que llorará tu llanto y gozará tu gozo. Eres parte de un cuerpo que se compadecerá de ti y procurará tu bien. Eres parte de una edificación espiritual en la cual importas. Eres parte de una Iglesia que anhela tu crecimiento y edificación. ¿Qué esperas para crear más fuertes lazos fraternales con aquellos con quienes compartirás la nueva tierra por siempre? ¿Qué esperas para unirte de tal forma y en tal honestidad que el común denominador sea la exhortación mutua, el ánimo mutuo y la ayuda edificante mutua?

Te animo a que vayas primero a Dios, pues solo en Él podrás depositar tu alma y descargar tu corazón. Pero te aliento a que luego vayas a Su Iglesia: particularmente al redil local específico en el que el Señor te ha puesto. No tardes. Puede que hoy mismo veas a Cristo cuidándote a través del amor de Sus hijos.

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