“Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de Sus santos” (Salmo 116:15).

 

La perfecta perspectiva del Dios sabio y amoroso

La perspectiva Divina es veraz. El pensamiento del Altísimo es el que gobierna el mundo, y debería gobernar también nuestro juicio en lo tocante a todo lo que Él ha revelado de Su propia mente. En este versículo se nos presenta la manera en que nuestro Señor ve la muerte de cada uno de Sus santos. Una pérdida cercana puede resultar para nosotros devastadora, en el peor de los casos, o al menos dolorosa, en el mejor, pero, en lo que respecta a Sus hijos, para el Señor es estimada, valiosa, preciosa; preciosa incluso como las piedras con las que Salomón edificó casa al nombre de Jehová, pues somos piedras vivas de la casa espiritual de Jesucristo (1 Re. 5:17; 1 Pe. 2:5). Y es el juicio de Dios el que debe gobernar, moldear y guiar el nuestro.

 

La muerte: gran diferencia entre el justo y el impío

El Señor no estima con igual valor la muerte del impío: Él no se complace viendo morir a un pecador no arrepentido en tanto Él sabe, mejor que todos, cuán grande castigo le espera (Ez. 18:32). Sin embargo, en lo que atañe a Sus hijos, el Espíritu del Señor, quien conoce profunda y absolutamente las cosas de Dios, decidió inspirar estas palabras y revelarnos que el corazón del Dios vivo y verdadero envía con aprecio a sus ángeles a la tierra para que lleven al Paraíso, definitivamente, el alma de Sus hijos. ¡Oh, Él se deleita en susurrar al alma de Su pueblo: ‘De cierto te digo que hoy estarás Conmigo en el Paraíso’! (Lc. 23:43). Como Enoc, el santo camina el valle de sombra de muerte de la mano del Todopoderoso: y entra para siempre en el gozo de su Señor (Gn. 5:24; Sal. 23:4; Mt. 25:23).

Por la misma razón por la que el Señor no se complace en la muerte del impío, sí se complace en la muerte de Sus santos: porque sabe muy bien lo que les espera; lo que Él mismo tiene para ellos. El santo desaparece de la tierra caída, se separa por un tiempo de su cuerpo débil y se aparta por un lapso de su amada familia para aparecer en la mismísima presencia de su Dios, donde es mejor estar: “En Tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a Tu diestra para siempre” (Sal. 16:11).

 

La perspectiva Divina debe gobernar la nuestra

Y lo que es así a los ojos del Señor, debería serlo también a los nuestros. Esa era la perspectiva que Pablo deseaba ver en los Tesalonicenses cuando estos pensaban y hablaban sobre la muerte de sus hermanos. No debemos entristecernos como los que carecen de esperanza (1 Ts. 4:13). El Señor Jesucristo, quien vive y reina, es nuestra sólida esperanza, pues Sus labios desconocedores de lo que es la mentira han dicho: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá” (1 Ti. 1:1; Jn. 11:25).

De nuevo, nuestra fe debe ver las cosas como el Señor, en quien confía, las ve. Los santos solamente duermen en lo que a sus cuerpos concierne, y ahora todo el lamento ha mutado en gozo eterno en lo que a sus almas corresponde. Una sonrisa eterna hermosea el rostro de los hijos de Dios en el Paraíso, pues ahora el corazón de ellos ha sido lleno del fruto de gozo del Espíritu en una medida que nuestras mentes son incapaces de comprender sin experimentarlo (Pr. 15:13). Mostrar empatía en esto es sumamente difícil: pues nos es imposible ponernos en las sandalias de los santos y tratar de participar de la infinita dicha que experimentan en este instante al caminar de la mano de Cristo por los verdes prados del jardín celestial. Sin embargo, gocémonos en su gozo, pues este es más grande que el que resultaría de unir la alegría que todos nosotros podríamos sentir en esta tierra. Aprendamos a estimar con la estima de Jehová.

 

La muerte: un instrumento de Dios

Oh, mis hermanos, la casa de luto, en lo tocante a un hijo de Dios, no sólo es mejor que un banquete porque nos permite reflexionar sobre la muerte, mar que todos cruzaremos, sino porque también nos permite meditar, para nuestro aliento, en las tremendas bendiciones eternas y esperanzadoras con las que el Señor nos ha revestido (Ecl. 7:2; 1 Ts. 4:18). Los santos que mueren sólo se nos adelantan en el disfrute de varias de estas bendiciones, y entienden “en carne propia” (o en alma propia más bien) porqué Pablo decía con plena confianza y seguridad que era preferible estar “ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”, o como dice otra versión: “Sí, estamos plenamente confiados, y preferiríamos estar fuera de este cuerpo terrenal porque entonces estaríamos en el hogar celestial con el Señor” (2 Co. 5:8). Quienes andamos por fe, y no por vista, (2 Co. 5:7) hemos de sentir todos una misma cosa y seguir todos una misma regla en este punto también (Fil. 3:16). ¡El número de los escogidos en gloria se sigue completando! ¡Aleluya!

 

La muerte: una realidad temporal

Cuando un santo ha partido de este mundo, es razonable que nuestra humanidad se manifieste en ese sentimiento natural que nota la ausencia de un ser querido. No obstante, su testimonio de fe y piedad permanece con nosotros: como las estelas que deja el barco de la inmortalidad tras llevarse en él a un tripulante al que sólo le aguarda descanso y alegría. Casi que puedo escuchar el último canto que eleva el justo: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque sólo Tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Sal. 4:8). Sí, ¡vivir aunque muera!, “porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos [Sus hijos] viven” (Lc. 20:38). No los vemos con vida, pero viven (recuérdalo en fe); sus cuerpos ahora están inertes, pero sus almas más vitales que nunca. Y pronto ese amigo que le acompañó durante su peregrinaje terrenal, se volverá a unir a su alma purificada, pero transformado y ennoblecido con la gloria de Dios para jamás separarse y estar, ahora sí de manera completa, “siempre con el Señor” (1 Ts. 4:17).

 

La muerte: una enemiga vencida

¡Mirad cómo la muerte, nuestra mayor enemiga, ahora debe humillarse a servirnos! Miren cómo debe llevar a la inmortalidad a quienes antes devoraba. Ha perdido su aguijón, pues ha sido sorbida en victoria por Jesús. El sepulcro ya no puede triunfar sobre ningún santo porque el de Cristo está vacío. En un abrir y cerrar de ojos, la muerte sólo ha sido el vehículo que ha conducido a otro santo a ver con sus ojos “al Rey en Su hermosura” (Is. 33:17), mientras el Rey ve con gran estima este suceso y lo controla con amor. Ahora nada podría convencer a ese santo de regresar a esta tierra. Ha sido librado para siempre de su cuerpo de muerte, de todos sus temores y de todas sus angustias, y sacado para siempre de todas sus congojas (Sal. 34; 25).

Verdaderamente “bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor”, es decir, “los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Ap. 14:12-13). Puede que la muerte sea fuerte, irresistible, pero el amor del Señor lo es aún más: y ahora este rodea en su mayor expresión el corazón del santo en gloria (Cant. 8:6; Ro. 8:38-39). ¡Qué bendito estado es el del santo! ¡Con razón es estimada por Dios, su Señor, tanto su vida como su muerte!

 

Tiempo de imitar la piedad

Hay tiempo para todo, hermanos. “Tiempo de nacer, y tiempo de morir” (Ecl. 3:2). Y no podemos negarnos a aceptar esa realidad. Asimismo, hubo tiempo en que nuestros corazones se habituaron a orar por el hermano que ahora parte con el Señor; hubo tiempo en el que animarnos, exhortarnos, consolarnos y ayudarnos era un mandamiento que debíamos cumplir para con ese santo también. Pero ahora esos deberes (que espero no hayan representado una carga para nosotros), nos son quitados en lo que respecta al hermano que se ha ido. El Señor mismo ha dicho: “Yo cuidaré de mi hijo”, y le ha llevado a Su seno consolador y seguro.

Sin embargo, hermanos míos, todas estas órdenes nos quedan multiplicadas en lo que respecta a sus familiares con vida. Puede que en nuestros devocionales ahora tendremos un nombre menos que pronunciar, y en cuanto a nuestro servicio unos pies menos que lavar, pues ahora hay un santo menos sobre la tierra, pero al mismo tiempo tendremos talvez tres nombres más que incluir y más de tres pares de pies que servir. No honraremos correctamente al santo que parte, si no nos ocupamos diligentemente de aquellos de quienes él se ocupó en vida.

 

Nuestro único consuelo: del Señor somos

Recordemos a quien se nos adelanta rememorando la obra de gracia de Dios en su corazón, manifestada en vida, la cual usualmente nos reta e inspira. Si para él o ella el vivir fue Cristo, en verdad su morir es ganancia. Y si deseamos que nuestro futuro morir (cercano o lejano) también sea ganancia, debemos imitar a ese santo en su vivir para el Señor. “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:8).

¿Del Señor eres? Entonces vive para el Señor. ¿Del Señor es quien falleció? Entonces recuerda que para el Señor murió: para estar con Él. Vive entonces, oh hermano mío, vive de tal manera que en tu muerte también podamos dar gloria al Señor con la seguridad de que tu partida sólo representa la entrada a tu morada celestial. Vive de tal forma en que a nadie queden dudas de que este versículo también será lo que describa el corazón del Señor al verte morir, tal como describe a este hermano tuyo que hoy parte y al que pronto verás de nuevo si compartes su fe.