“Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible,
pero nosotros, una incorruptible“.
~1 Corintios 9:25

En la milicia es disciplinado aquel que observa los estatutos y reglas de su vocación militar de manera constante, a fin de ser, en conjunto, una brigada más fuerte que la de sus enemigos. En los deportes sucede de igual manera: todos los atletas cumplen con un programa de entrenamiento para lograr ser los ganadores del premio. Y así toda disciplina requiere de un programa previo elaborado para obtener un fin particular; toda disciplina requiere del cumplimiento constante de ese programa para alcanzar el resultado que se desea.

¿Cuáles son los resultados que debe procurar el creyente? De manera elemental, disfrutar de más comunión con Dios, tener más victoria sobre el pecado, ser de más utilidad en sus círculos de influencia y dar un testimonio más fiel de su Señor.

¿Cómo se obtienen esos fines? Con las disciplinas espirituales: oración constante, escrudriñamiento constante de la Escritura, interacción sabia constante con los hermanos, congregación constante en una iglesia local sana en doctrina y coherente en práctica, lecturas edificantes constantes, servicio a Cristo constante; en una frase: no se pueden obtener los fines mencionados sin llevar una vida que observa, de forma constante, todos los medios de gracia, todas las ayudas espirituales posibles y todas las maravillosas ordenanzas del Señor.

¿Y cómo se obtiene esa constancia? Con el cumplimiento programado de todos esos deberes-privilegios: cumplimiento que no esté supeditado al clima de la naturaleza o de las circunstancias; sin importar si tenemos gran ánimo o cansancio, si todo anda en calma o hay adversidad. La disciplina se eleva sobre los montes del desaliento y es capaz de permanecer firme bajo las agrestes tormentas de la oposición. Porque la disciplina no mira al sujeto: mira el fin. “Pero nosotros, una incorruptible”, declara Pablo. Nada más es objeto de su atención. Y para alcanzarlo, la disciplina se sirve de un programa: mira los mandamientos insistente y metódicamente para poder alcanzar el fin. “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene”.

Mi hermano, si usted desea los fines, necesita disciplina; y si usted desea disciplina, necesita un programa de observancia de deberes. Necesita establecer horarios, hacer lecturas sistemáticas, elaborar agendas prioritarias, someterse a ‘planos’ de edificación, crear hábitos santos, y comprometerse con ellos. No se contente con un día de éxito: busque una vida en victoria. Abra los planos de la meditación y establezca con la regla de la determinación y el lápiz de la sabiduría los procederes de su semana. Luego, lleve su planificación a la práctica sin desmayar. Deje que la constancia reconstruya el ánimo, que el hábito dé vitalidad a la disposición y que la repetición fortalezca los músculos de su perseverancia. Si desea los fines, viva por la observancia de los medios. El Señor su Dios desea que usted se caracterice por ser un creyente disciplinado, ¡séalo a partir de hoy! “[Esfuércese] en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1).