Testimonio de conversión

Me llamo César Augusto García , actualmente por la gracia de Dios soy el pastor de la Iglesia Bautista Gracia Redentora en la ciudad de Pereira, y este es mi testimonio cristiano de conversión al Señor Jesucristo; esta es la historia de cómo Él me salvó, perdonó mis pecados, me dio vida eterna, y me rescató del oscuro mundo de las drogas.

Mi familia

Nací siendo parte de un hogar humilde que siempre creyó en el valor del trabajo. Mi padre, un hombre de fuerte carácter, y de espíritu trabajador, trabajó como vendedor de bombillos y luego de repuestos para carros. Debido a la situación precaria que atravesaba junto a mi madre, consideró emigrar a Australia. En la providencia del Señor, sus planes no se concretaron.

Años más tarde, mi padre consiguió un trabajo como mercaderista en una empresa multinacional. Luego de un par de años de trabajo, sus esfuerzos se vieron recompensado. Entró en el mundo de las ventas y allí comenzó su exitosa carrera en dicha empresa. ¡Quién se imaginaría que un hombre sin estudios, 20 años más tarde, se convertiría en uno de las personas más importantes de dicha multinacional en Colombia. Sin una carrera, ni capacitación alguna, mi padre fue modelo de ejemplo para mí en muchas áreas de mi vida.

Mi madre fue una mujer siempre activa. Ella trabajó desde sus 17 años desempeñando diversos oficios: ventas en un almacén de modas, secretaria de un consultorio oftalmológico y hasta administradora de propiedades raíces. Ella siempre fue una trabajadora incansable.

Mis estudios y servicio militar

Estudié en el Colegio La Salle de Pereira desde 1978 hasta el año de 1988. En el Colegio San José de La Salle en Medellín terminé mis estudios secundarios en el año de 1989. ¡Cuánto me gustaba estudiar! Durante todo ese periodo me destaqué como un alumno aplicado, disciplinado y . Diplomas de excelencia y sobresaliente nivel académico y disciplinario nunca fueron sorpresa en casa.

Mi puntaje en las pruebas del ICFES (o pruebas del estado) fue de 315 sobre 400 (un puntaje considerado alto en aquel entonces). También ‘pasé’ las pruebas de ingreso a la Universidad Nacional en la sede de Medellín en el año 1990 y en las pruebas intelectuales para el ingreso a la Fuerza Aérea Colombiana, ocupé el tercer (3er) puesto entre más de 300 personas.

Serví al Ejército Nacional colombiano en el tercer (3er) contingente de 1990. Serví en la Cuarta Brigada en Medellín en épocas donde la vida de los soldados y de los policías valía poco menos de 300 USD. En el año de 1991 terminé mi servicio, graduándome con honores como subteniente de la reserva en el arma de Ingeniería.

Mi “vida religiosa”

Mi vida se desarrolló dentro de una familia muy católica pero toda la religión familiar era una completa farsa. Cuanto más tiempo pasaba, más estaba en desacuerdo con el sistema católico-romano y más me distanciaba de él. En aquel entonces me hubiera definido como una persona apática a la “religión de mis padres y abuelos”.

Me molestaba ver una gran variedad de sectas y religiones prosperando durante los años 80 y 90. Cada una de ellas proclamaba ser la única y verdadera religión. Personalmente creía que no todos podían tener la razón. Decía: “tiene que haber” un solo Dios, y por tanto, una sóla verdadera religión. Confieso que me daba miedo “escoger de religión” y equivocarme, y perderme en el infierno (siempre creí que ese era el justo castigo del pecador.)

Por eso dije “no voy a elegir ninguna de esas sectas o religiones. “Si Dios existe (y sabía que existía) –decía yo– Él tendrá que elegir por mi porque Él sabe que en esto no me puedo equivocar”. Todo esto de las religiones fue algo muy confuso para mí. Tanta confusión religiosa, terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para permanecer indiferente y despreocupado por buscar al verdadero Dios.

Mi entrada al mundo de las drogas

Probé drogas por primera vez cuando tenía 17 años. Aquello que comenzó a ser una práctica aislada de fines de semana, se convertiría a la postre en una práctica diaria.

En el mismo año (1990) cuando tenía 17 años, escuché el Evangelio por primera vez. Hoy puedo ver claramente la mala presentación del Evangelio y el daño que se causa al hacerlo. Personas bien intencionadas me ofrecieron pasar al frente, arrodillarme y “aceptar al Señor Jesús en mi corazón” a cambio de perdón de pecados. ¡Eso hice pero nada cambió! Por supuesto, nunca me arrepentí, nunca confié en el Señor, nunca lo busqué, y jamás leí las Escrituras buscando en ellas vida eterna.

La afectación de las drogas comienza.

1) Fracasado en mis estudios

Una vez regresé del ejército, fui a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Ingeniería de Petróleos. Luego de 2 años y medio de estudios decidí abandonar mi carrera allí. La droga comenzaba gradualmente a afectar mi capacidad de concentración y motivación. Poco tiempo después, comencé una segunda carrera en la Universidad EAFIT de Medellín: Ingeniería de Sistemas. Durante los tres primeros semestres fui considerado uno de los 5 mejores estudiantes de ingeniería de sistemas. Durante este tiempo mi rendimiento académico era sobresaliente, pero eso pronto iba a cambiar.

La financiación de mis vicios nunca fue el problema. Mi familia estaba por aquel entonces en una posición privilegiada en la sociedad. El dinero nunca era un inconveniente: “siempre estaba a disposición cuando lo necesitaba”. El desempeño en mis estudios se deterioró rápidamente hasta el punto de ser expulsado de la universidad EAFIT en el quinto semestre. Eso fue muy decepcionante, pero de alguna manera fue una consecuencia esperada. Nadie puede ser un estudiante dedicado mientras es un adicto a las drogas.

2) Engañando a mis padres

Debido a dicha expulsión, me vi movido a mentir más y más para cubrir mi adicción y las consecuencias que comenzaban a surgir como resultado. No solo mentí y engañé a mis padres haciéndoles creer que todavía estaba en la universidad, sino que también les robé dinero durante mucho tiempo, y de muchas maneras.

3) Ahogado en el pecado

En este punto yo era un total borracho, pero sobre todo, un adicto a la cocaína.

Era un vulgar mentiroso, un engañador, un fornicario, un egoísta y un vanidoso. Seguramente otros adjetivos mucho más fuertes podrían ser usados para describir de manera más precisa mi vida en aquel entonces.

4) Mi cuerpo

La droga, para ese entonces, se había convertido en algo “chévere”, la cual yo creía dominar (esa es una de las grandes trampas). Mi uso esporádico pasó a ser uso semanal.

Comenzaron los primeros días sin sentir hambre (la cocaína es un anestésico que suprime entre muchas sensaciones, la del apetito). Comenzaron las primeras noches sin conciliar el sueño (también es un estimulante del sistema nervioso central). Amigo, el camino de la droga es siempre hacia abajo. En ese camino no hay ascenso; siempre es un descanso económico, físico y sobre todo moral.

La droga no da tregua. En el camino de las drogas todo empeora y nada mejora. En ese mundo todo va siempre de mal en peor, y entre más días transcurrían, más grande y fuerte se hacía la cadena de pecado la cual decidí besar y acariciar. ¡Era un esclavo en el pleno y literal sentido de la palabra!

Feliz porque asesinaron a mi padre

Es muy difícil hablar de esto, pero este testimonio quedaría incompleto si me hubiera rehusado a testificar de mi perversidad extrema.

Mi padre fue secuestrado y asesinado en la ciudad de Barranquilla el 16 de junio de 1996. Enterré a mi padre el domingo la 18 de Junio. ¿Cómo es posible que no teniendo tan buena memoria, me acuerde de estas fechas de manera tan detallada? Sencillo, ¡ese día fue el día de padre en Colombia… Cómo no recordarlo!

Recuerdo que todo fue un total caos. Estaba en estado de shock y profundamente perturbado por los acontecimientos que tuvieron lugar. La forma en que los acontecimientos tomaron lugar fue escalofriante; pero debo reconocer vergonzosamente que también estaba feliz. Amigos y hermanos, estaba contento de que mi padre hubiera muerto por la cantidad de dinero, por los seguros de vida, por el carro que habría de heredar, por el lujoso apartamento, etc…  Solo había una cosa en mente: alcohol, drogas y otros vicios de la carne.

Falsas conversiones. Temporada 2.

Poco después de este incidente, escuché el Evangelio del Señor Jesucristo por segunda vez (para ese entonces tenía 23 años, 6 de los cuales vivía como drogadicto). Recuerdo que el mensaje se centró más en Cristo que la primera vez. Leer la Escritura fue sin duda muy reconfortante para mi; de hecho fue un alivio en medio de una vida tan desordenada y caótica.

Comencé a ir a las reuniones de esa iglesia, y a través de la lectura de la Escritura me di cuenta del vacío de mi corazón. También, de que todos mis pecados podían ser perdonados mediante la fe en Cristo. Por primera vez en 6 años dejé de usar drogas durante unos 6 meses, pero esto obedeció a un esfuerzo humano y no a una intervención Divina de orden liberadora.

Viajé a Armenia y viví encerrado en una pieza en casa de mi abuela. Consumía droga todos los días y lo hacía sin parar.

Robando en mi primer empleo

La gigantesca compañía multinacional me ofreció la oportunidad de comenzar una carrera de ventas, tal cual lo hizo con mi padre. Acepté. El comenzó en esta empresa parecía ser todo un éxito a pesar de que estaba más y más perdido en el sórdido mundo de las drogas.

Una tarde que no contaba con dinero decidí tomar el dinero que un cliente había pagado a la empresa. En la Providencia del Señor, hubo una auditoría, y ¡he aquí, el hijo de la persona que había servido fielmente a dicha multinacional por casi 25 años, ahora salía como un “perro”; como un vulgar ladrón; por la puerta de atrás. El nombre de mi padre quedó por el suelo y el nombre mío solo era sinónimo de un vicioso, de un ladrón, de un desechable (palabra que me causa lástima de la persona que la usa para referirse a otra).

Para el mundo era un drogadicto sin esperanza.

El uso de drogas me lleva al borde de la locura

Comencé sesiones de consumo de cocaína que duraban días enteros. Pasaban 2 o 3 días sin salir de mi habitación. Al final de los 3 días, la escena de mi habitación era deplorable. Los trastornos mentales y los extremos e interminables delirios de persecución ocuparon el lugar de la lógica y la razón.

De la persona coherente, racional e inteligente quedaba poco o nada. Me asemejaba a un animal. Era una persona irreconocible. Comencé a alejarme de la realidad y entré al mundo de lo irracional; mundo caracterizado por delirios de persecución, fantasías intangibles, sensaciones que no existían, hablar con personas que no estaban allí, y marcados trastornos de personalidad.

A petición de mi madre, y al ver ella el gran estado de deterioro de mi vida física y mental, fui a ciertas sesiones de psiquiatría. Uno de los más conocidos Psiquiatras de Pereira me atendió. ¿Su dictamen? ¡Falta de afecto!. Nunca entendí qué significaba eso. Lo que sí hice, fue aprovecharme de mi madre usando ese dictamen, y chantajearla diciéndole “su amor se manifiesta en el dinero que me de”.

Al final de cuentas, ni las terapias, ni los consejos del psiquiatra sirvieron de algo. Una vez que las terapias se terminaban, salía de su consultorio a comprar más droga.

En el hospital mental

De terapias ambulatorias con el psiquiatra, pasé a un estado en el cual yo me vi tan mal que accedí a internarme en un hospital mental: HOMERIS (HOspital MEntal del RISaralda).

Después de un tratamiento de desintoxicación fui dado de alta y pasé a ser un paciente ambulatorio una vez más. Los detalles de estar en un hospital mental no son nada agradables. Sólo me limito a decir que de nuevo, una vez terminado el tratamiento, regresé a las calles a consumir más droga.

Más falsas conversiones. Temporada 3.

En algunas ocasiones iba a iglesias cristianas y escuchaba el Evangelio, y de nuevo, “aceptaba al Señor en mi corazón” sólo para regresar a mis viejos hábitos. La razón era simple: el deseo de seguir consumiendo drogas estaba allí, y todavía estaba intacto.

De nuevo, era evidente que jamás había creído en el Señor Jesucristo. Me acuerdo avergonzado que le gritaba y le exigía a Dios “que me curara”, que realizara un poderoso milagro en mi vida y que me “liberar de ese flagelo”. ¡Ah, pero no se engañe estimado lector! Sólo quería consumir menos: ¡eso era lo que quería! Era como si mi petición fuera “ayúdame a sólo consumir poca droga” y no, “perdóname mis pecados y líbrame del flagelo de la droga”.

Imagínese usted cuánta era la cantidad de droga que yo compraba, que la persona que la vendía en muchas ocasiones me suplicaba que no la consumiera más.

De la riqueza a la ruina total

Desde una perspectiva financiera, en 2 años pasé toda mi herencia … 2 años de fiestas alimentadas por drogas y placer; Vendí mis pertenencias y / o las cambié por drogas; También vendí mi automóvil, así como mi parte de los bienes inmuebles heredados y todas las demás cosas materiales por mucho menos de lo que valían. Todo simplemente para mantener el ritmo de las demandas de mi adicción, el deseo de ser aceptado por los mundanos ” amigos “y el deseo de satisfacer mi lujuria.

Después de la muerte de mi padre, llegué a Inglaterra arruinado económicamente. LLegué con la esperanza de alejarme de las adicciones. ¡Pobre iluso! No entendía que la adicción y la naturaleza pecaminosa estaban arraigadas en mí, y que nunca yo mismo me podría liberar de ellas simplemente viajando a otro país.

Mientras estuve en Inglaterra me sentí vacío y desesperado. Me encontré trabajando largas horas para pagar una habitación, pero principalmente para financiar mis vicios.

Este fue un tiempo terrible y vacío para mí: estaba en un país que no estaba en casa, sin dinero, sin familia … pero principalmente sin Dios.

¿Temporada 4 de la serie “más falsas conversiones”?

Volví a escuchar el Evangelio de nuestro Salvador en 1999 (cuando tenía 26 años y 9 como drogadicto). Alguien en la calle le proclamó el Evangelio a la esposa de mi tío, y ella a pesar de que nunca fue a la iglesia, lo compartió con un amigo suyo. Ese amigo fue a dicha iglesia cristiana varias veces, pero nunca regresó. Él lo compartió conmigo, y de hecho recuerdo haber pensado: “Parece que Dios no está renunciando a salvarme“.

En esta iglesia de corte carismático (muy, pero muy conservadora), escuché el Evangelio en varias ocasiones. Comencé a leer la Biblia (aunque no de manera disciplinada). El pastor estaba interesado en mí, y en mi bienestar. Dicho pastor pasó innumerables horas de su tiempo aconsejándome e interesado en mi alma. Pero, ahí estaba de nuevo mi pecado: mi naturaleza sucia y pecaminosa luego pasó a detestar al hombre que me hacía bien. Le mentía, lo evitaba y hasta me le escondía.

Recuerdo haber asistido tiempo después a la iglesia y me causaba tanto fastidio ver a cristianos en paz y con gozo, que jugaba “culebritas” (el único juego de celular en aquel entonces en medio del culto público de adoración a Dios.

A mediados de 1999 conocí a Leticia, la persona que hoy es mi amada esposa. Yo, por supuesto, no le revelé nada al respecto de mi adicción, pero no era necesario. Ella se daría cuenta poco tiempo después. En cierta ocasión, la invité a dicha iglesia carismática, y Dios al poco tiempo la convirtió allí de manera hermosa y poderosa.

Millonarias deudas

Usé cocaína casi a diario durante muchos años en Inglaterra. Esto no sólo me llevó incurrir en una deuda enorme de varios decenas de miles de libras esterlinas, sino que peor aún, esto llevó a mi cuerpo al borde del colapso.

Varias de mis funciones corporales comenzaron a fallar y el cambio en mi apariencia física se hizo evidente. Perdí el control sobre las funciones corporales básicas voluntarias como ir al baño, entre otras cosas. ¿Episodios de pre-infartos? Varios. ¿Pesadez para respirar? A menudo. Comencé a sufrir fuertes arritmias y a todo esto se sumó la pérdida del deseo de trabajar.

Antes mi vida era un caos… ahora mi vida era un infierno.

El domingo 22 de abril del 2001, mi esposa asistió a esa iglesia cristiana. Ese día el Pastor predicó acerca del Salmo 40. Al llegar a casa, no era de extrañar: yo estaba usando drogas. Ella dijo: “El pastor te invita a leer el Salmo 40”, a lo que respondí con una evasiva “Sí, lo leeré …”. A la verdad no tenía la menor de las intenciones o intereses en hacerlo.

Una sobredosis el día de mi conversión

El viernes 27 de abril de 2001 y después de 10 años de consumo constante de drogas, tomé una sobredosis de cocaína.

Fue algo surreal. Entré en un estado de dolor pectoral indescriptible. En poco tiempo me sobrevino una fuerte arritmia cardiaca (el corazón palpitando a intervalos irregulares). De inmediato, me puse de pie, asustado y comencé a andar la casa en total desasosiego y desespero. El aumento de temperatura fue notablemente elevado. En cuestión de minutos yo no sabía que era peor, si el insoportable calor que sentía en mi cuerpo o la incapacidad de respirar debido a la opresión en mi pecho.

Le pedí a mi esposa que me masajeara la pierna derecha, pues sentía que perdía firmeza. De hecho, la mitad derecha de mi cuerpo se tornó blanca y azulada.

Sentía desmayar. Estaba desorientado y angustiado en gran manera en mi propia casa. Fue algo que incluso hoy día encuentro difícil de describir con detalle a causa de mi angustia. Andaba de un lado para otro, hablando incoherentemente y esperando que se me pasara los efectos.

¿Saben qué era lo triste de todo? Lo más triste era que esperaba que estos dolores pasaran para continuar consumiendo la droga que aún me faltaba por consumir. Como dijo mi esposa en alguna oportunidad: ‘ nunca serás salvo si tu oración no deja de ser “Señor ayúdame a consumir menos” y es en cambio “Señor sálvame”

Las últimas horas en oposición a Dios

Entré en 5 horas de dolor físico y espiritual indescriptible. Físico, debido a los episodios de dolor pectoral y dificultad para respirar. Espiritual, porque esas horas llegaron a ser las horas más oscuras de mi vida: ¡Aquí estoy –pensé– simplemente muriendo pero muy lejos de Dios que sé que puede dar vida!

Amigos y hermanos, siempre he encontrado dificultad en relatar lo que sucedió en mi alma aquella noche. Lo que sí les puedo decir, si son capaces de entenderme es esto: ver la muerte en frente tuyo y saber que estás alejado de Dios y que en pocos minutos irías al infierno, es una de las experiencias más aterradoras que he vivido. Te pido que me lo creas porque te aseguro que he vivido muchas. (que por cierto no vale la pena detallar).

Recuerdo claramente que esos momentos fueron los más oscuros y aterradores de los que tengo memoria. Le grité a mi esposa y le pedí que saliera de la habitación, ya que no quería que me viera morir así. Tenía una la certeza indescriptible de que iba a morir y no había otro pensamiento en mi mente en ese momento.

Dios usó a mi esposa y a Su bendita Palabra

Pero luego, en la eterna misericordia del Señor, recordé aquello que me dijo mi esposa casi una semana atrás. “El pastor te invita a leer el Salmo 40”. En medio de mi sobredosis de drogas, tomé la Biblia en mis manos, la abrí en el Salmo 40 y leí el Salmo 40.

Esperaba un milagro instantáneo, un acto de magia; esperaba que el dolor se desvaneciera y anhelaba no morir, al menos de esa forma.

Pero lo que ocurrió fue mucho más grande y mucho más maravilloso. Al leer las palabras del Salmista

Sal 40:12 Porque me han rodeado males sin número; Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla. Sal 40:13 Quieras, oh Jehová, librarme; Jehová, apresúrate a socorrerme.

con detenimiento y con esperanza de hallar reposo para mi alma, lo que sucedió fue algo que cambiaría mi vida para siempre.

Por primer vez en toda mi vida entendí tres cosas:

  1. Que me habían alcanzado mis maldades y que ahora estaba al borde la muerte eterna debido a mi pecado en contra de Dios.
  2. Que el castigo que estaba a punto de recibir, aunque aterrador, era justo; es decir, estaba a punto de recibir lo que merecía.
  3. Que sólo el Señor Jesucristo podía salvarme.

¡Finalmente después de tantos años entendí que estaba condenado a morir y que sólo el Señor me podía salvar!

Así que oré a Dios suplicando el perdón de mis pecados. La primera oración sincera y honesta en toda mi vida hasta ese momento, estaba siendo elevada a Dios con la fe de que si quería, Él lo haría, Él me salvaría. Ni siquiera mi prioridad era la extensión de la vida física (pensé que era imposible). Mi prioridad fue el perdón de mis pecados. Sabía que estaba condenado, pero también creía, en palabras del Salmista que “Jehová podía librarme y socorrerme”

De frente a la Cruz

En ese momento, consciente de que iba a morir, recordé la escena del Gólgota en la que el Señor fue crucificado al lado de dos malhechores. Antes de ese día, podía compararme con el malhechor que le dijo “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” ¡ah, pero ahora todo era diferente! ahora era como si yo fuera el otro ladrón que sabía que moriría justamente y que sólo se atrevió a decirle “justamente padezco, porque recibo lo que merecieron nuestros hechos… Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”

Sentí vergüenza cuando recordé las cosas que había estado practicando hasta hace un par de horas. Continué orando al Señor y pidiendo perdón con las pocas fuerzas que me quedaban. En ese instante brotó un deseo extraño en mi vida: quería botar la droga que aún me quedaba. Digo extraño porque nunca antes en diez años de adicción lo había hecho. Decidí tirar las drogas que tenía en el bolsillo, y creo que esa fue la primera señal de verdadero arrepentimiento. Pequeña y borrosa, pero ahí estaba.

Pero allí estaba ahora, totalmente impotente, completamente humillado y completamente dependiente de la obra del Señor Jesús. Insisto en esto, pero no desaproveché un instante –de los que creí iban a ser mis últimos– en nada sino en continuar clamando misericordia y perdón y paz para con Dios.

Estaba ansioso y desesperado por ser perdonado. Así pasaron las horas y casi a la media noche de ese viernes me recosté en mi cama, esperando mi muerte, literal, pero confiado de que el Señor me había perdonado.

El día siguiente

Recuerdo muy bien el día siguiente pues no solo estará en mi memoria para siempre, sino que lo recuerdo como el primer día de una nueva vida … ¡Abrí los ojos y me di cuenta de que estaba vivo! … Hermanos, al Señor pongo como testigo y por eso delante del Señor lo confieso: mi certeza de salvación ya estaba en mi corazón. Luego me arrojé de la cama con alegría cuando me di cuenta de que estaba vivo y me arrodillé a orar y alabar al Señor con acción de gracias.

Marcas de conversión

A partir de ese momento comienza también, la necesidad de orar a diario. Desde entonces, comencé a leer las Escrituras a diario. Con el pasar de los días me acordé de más y más pecados y los confesé de inmediato delante del Señor. El Salmo 40 fue instrumental para mi arrepentimiento. Alabo al Señor por Su Palabra y por el obrar de Su Santo Espíritu, porque sin ellos, nunca podría haber entendido el significado de la palabra pecado y lo nefasto de sus consecuencias.

Por su bendita gracia, comencé a asistir fielmente a la iglesia (sí, hermanos, aquella iglesia a la que una vez menosprecié y de la que me burlé muy a menudo). El deseo de servir al Señor fue como un manantial que brotó de mi, de inmediato. Desde entonces empecé a trabajar en la iglesia en todo lo que podía hacer. Desde luego, no pretendía pagarle al Señor todo lo que había hecho por mi. Simplemente mi servicio a Él en la iglesia era un modo imperfecto de mostrar mi amor por Él y de expresar mi gratitud por lo que Él hizo.

Surgieron muchas preguntas cuando leí la Biblia, el pastor me explicó algunas, pero me indicó el camino de la Palabra de Dios. Me encontré nuevamente totalmente dependiente de la revelación de Dios en las Escrituras. Y precisamente fue en las Escrituras donde encontré las respuestas y donde por la gracia de Dios comprendí muchas otras cosas tocantes a la vida cristiana.

La primer tentación

A los tres días de haber sido salvado por el Señor, la persona que me vendía las drogas me mostró una inmensa bolsa y me preguntó ¿Quiere un poco? Mis hermanos, allí tuve la certeza de la poderosa obra de Dios en mi vida en un sentido práctico: mis deseos de consumir droga habían desaparecido. Me explico, hoy día les puedo asegurar que lo más maravilloso de haber sido liberado de la esclavitud de las drogas, no es tanto no haberlas consumido por 18 años, sino que los deseos de consumirlas desaparecieron por completo desde el día en el que el Señor me salvó. ¡Gloria a Dios!

Gloria a Dios

No merezco estar vivo hoy y si lo estoy (física y espiritualmente) es todo por la gracia de Dios. ¡Bendita gracia que sobreabundó en un sucio pecador como yo aquella noche oscura del 27 de abril del año 2001.

Testimonio de conversión

Me llamo César Augusto García , actualmente por la gracia de Dios soy el pastor de la Iglesia Bautista Gracia Redentora en la ciudad de Pereira, y este es mi testimonio cristiano de conversión al Señor Jesucristo; esta es la historia de cómo Él me salvó, perdonó mis pecados, me dio vida eterna, y me rescató del oscuro mundo de las drogas.

Mi familia

Nací siendo parte de un hogar humilde que siempre creyó en el valor del trabajo. Mi padre, un hombre de fuerte carácter, y de espíritu trabajador, trabajó como vendedor de bombillos y luego de repuestos para carros. Debido a la situación precaria que atravesaba junto a mi madre, consideró emigrar a Australia. En la providencia del Señor, sus planes no se concretaron.

Años más tarde, mi padre consiguió un trabajo como mercaderista en una empresa multinacional. Luego de un par de años de trabajo, sus esfuerzos se vieron recompensado. Entró en el mundo de las ventas y allí comenzó su exitosa carrera en dicha empresa. ¡Quién se imaginaría que un hombre sin estudios, 20 años más tarde, se convertiría en uno de las personas más importantes de dicha multinacional en Colombia. Sin una carrera, ni capacitación alguna, mi padre fue modelo de ejemplo para mí en muchas áreas de mi vida.

Mi madre fue una mujer siempre activa. Ella trabajó desde sus 17 años desempeñando diversos oficios: ventas en un almacén de modas, secretaria de un consultorio oftalmológico y hasta administradora de propiedades raíces. Ella siempre fue una trabajadora incansable.

Mis estudios y servicio militar

Estudié en el Colegio La Salle de Pereira desde 1978 hasta el año de 1988. En el Colegio San José de La Salle en Medellín terminé mis estudios secundarios en el año de 1989. ¡Cuánto me gustaba estudiar! Durante todo ese periodo me destaqué como un alumno aplicado, disciplinado y . Diplomas de excelencia y sobresaliente nivel académico y disciplinario nunca fueron sorpresa en casa.

Mi puntaje en las pruebas del ICFES (o pruebas del estado) fue de 315 sobre 400 (un puntaje considerado alto en aquel entonces). También ‘pasé’ las pruebas de ingreso a la Universidad Nacional en la sede de Medellín en el año 1990 y en las pruebas intelectuales para el ingreso a la Fuerza Aérea Colombiana, ocupé el tercer (3er) puesto entre más de 300 personas.

Serví al Ejército Nacional colombiano en el tercer (3er) contingente de 1990. Serví en la Cuarta Brigada en Medellín en épocas donde la vida de los soldados y de los policías valía poco menos de 300 USD. En el año de 1991 terminé mi servicio, graduándome con honores como subteniente de la reserva en el arma de Ingeniería.

Mi “vida religiosa”

Mi vida se desarrolló dentro de una familia muy católica pero toda la religión familiar era una completa farsa. Cuanto más tiempo pasaba, más estaba en desacuerdo con el sistema católico-romano y más me distanciaba de él. En aquel entonces me hubiera definido como una persona apática a la “religión de mis padres y abuelos”.

Me molestaba ver una gran variedad de sectas y religiones prosperando durante los años 80 y 90. Cada una de ellas proclamaba ser la única y verdadera religión. Personalmente creía que no todos podían tener la razón. Decía: “tiene que haber” un solo Dios, y por tanto, una sóla verdadera religión. Confieso que me daba miedo “escoger de religión” y equivocarme, y perderme en el infierno (siempre creí que ese era el justo castigo del pecador.)

Por eso dije “no voy a elegir ninguna de esas sectas o religiones. “Si Dios existe (y sabía que existía) –decía yo– Él tendrá que elegir por mi porque Él sabe que en esto no me puedo equivocar”. Todo esto de las religiones fue algo muy confuso para mí. Tanta confusión religiosa, terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para permanecer indiferente y despreocupado por buscar al verdadero Dios.

Mi entrada al mundo de las drogas

Probé drogas por primera vez cuando tenía 17 años. Aquello que comenzó a ser una práctica aislada de fines de semana, se convertiría a la postre en una práctica diaria.

En el mismo año (1990) cuando tenía 17 años, escuché el Evangelio por primera vez. Hoy puedo ver claramente la mala presentación del Evangelio y el daño que se causa al hacerlo. Personas bien intencionadas me ofrecieron pasar al frente, arrodillarme y “aceptar al Señor Jesús en mi corazón” a cambio de perdón de pecados. ¡Eso hice pero nada cambió! Por supuesto, nunca me arrepentí, nunca confié en el Señor, nunca lo busqué, y jamás leí las Escrituras buscando en ellas vida eterna.

La afectación de las drogas comienza.

1) Fracasado en mis estudios

Una vez regresé del ejército, fui a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Ingeniería de Petróleos. Luego de 2 años y medio de estudios decidí abandonar mi carrera allí. La droga comenzaba gradualmente a afectar mi capacidad de concentración y motivación. Poco tiempo después, comencé una segunda carrera en la Universidad EAFIT de Medellín: Ingeniería de Sistemas. Durante los tres primeros semestres fui considerado uno de los 5 mejores estudiantes de ingeniería de sistemas. Durante este tiempo mi rendimiento académico era sobresaliente, pero eso pronto iba a cambiar.

La financiación de mis vicios nunca fue el problema. Mi familia estaba por aquel entonces en una posición privilegiada en la sociedad. El dinero nunca era un inconveniente: “siempre estaba a disposición cuando lo necesitaba”. El desempeño en mis estudios se deterioró rápidamente hasta el punto de ser expulsado de la universidad EAFIT en el quinto semestre. Eso fue muy decepcionante, pero de alguna manera fue una consecuencia esperada. Nadie puede ser un estudiante dedicado mientras es un adicto a las drogas.

2) Engañando a mis padres

Debido a dicha expulsión, me vi movido a mentir más y más para cubrir mi adicción y las consecuencias que comenzaban a surgir como resultado. No solo mentí y engañé a mis padres haciéndoles creer que todavía estaba en la universidad, sino que también les robé dinero durante mucho tiempo, y de muchas maneras.

3) Ahogado en el pecado

En este punto yo era un total borracho, pero sobre todo, un adicto a la cocaína.

Era un vulgar mentiroso, un engañador, un fornicario, un egoísta y un vanidoso. Seguramente otros adjetivos mucho más fuertes podrían ser usados para describir de manera más precisa mi vida en aquel entonces.

4) Mi cuerpo

La droga, para ese entonces, se había convertido en algo “chévere”, la cual yo creía dominar (esa es una de las grandes trampas). Mi uso esporádico pasó a ser uso semanal.

Comenzaron los primeros días sin sentir hambre (la cocaína es un anestésico que suprime entre muchas sensaciones, la del apetito). Comenzaron las primeras noches sin conciliar el sueño (también es un estimulante del sistema nervioso central). Amigo, el camino de la droga es siempre hacia abajo. En ese camino no hay ascenso; siempre es un descanso económico, físico y sobre todo moral.

La droga no da tregua. En el camino de las drogas todo empeora y nada mejora. En ese mundo todo va siempre de mal en peor, y entre más días transcurrían, más grande y fuerte se hacía la cadena de pecado la cual decidí besar y acariciar. ¡Era un esclavo en el pleno y literal sentido de la palabra!

Feliz porque asesinaron a mi padre

Es muy difícil hablar de esto, pero este testimonio quedaría incompleto si me hubiera rehusado a testificar de mi perversidad extrema.

Mi padre fue secuestrado y asesinado en la ciudad de Barranquilla el 16 de junio de 1996. Enterré a mi padre el domingo la 18 de Junio. ¿Cómo es posible que no teniendo tan buena memoria, me acuerde de estas fechas de manera tan detallada? Sencillo, ¡ese día fue el día de padre en Colombia… Cómo no recordarlo!

Recuerdo que todo fue un total caos. Estaba en estado de shock y profundamente perturbado por los acontecimientos que tuvieron lugar. La forma en que los acontecimientos tomaron lugar fue escalofriante; pero debo reconocer vergonzosamente que también estaba feliz. Amigos y hermanos, estaba contento de que mi padre hubiera muerto por la cantidad de dinero, por los seguros de vida, por el carro que habría de heredar, por el lujoso apartamento, etc…  Solo había una cosa en mente: alcohol, drogas y otros vicios de la carne.

Falsas conversiones. Temporada 2.

Poco después de este incidente, escuché el Evangelio del Señor Jesucristo por segunda vez (para ese entonces tenía 23 años, 6 de los cuales vivía como drogadicto). Recuerdo que el mensaje se centró más en Cristo que la primera vez. Leer la Escritura fue sin duda muy reconfortante para mi; de hecho fue un alivio en medio de una vida tan desordenada y caótica.

Comencé a ir a las reuniones de esa iglesia, y a través de la lectura de la Escritura me di cuenta del vacío de mi corazón. También, de que todos mis pecados podían ser perdonados mediante la fe en Cristo. Por primera vez en 6 años dejé de usar drogas durante unos 6 meses, pero esto obedeció a un esfuerzo humano y no a una intervención Divina de orden liberadora.

Viajé a Armenia y viví encerrado en una pieza en casa de mi abuela. Consumía droga todos los días y lo hacía sin parar.

Robando en mi primer empleo

La gigantesca compañía multinacional me ofreció la oportunidad de comenzar una carrera de ventas, tal cual lo hizo con mi padre. Acepté. El comenzó en esta empresa parecía ser todo un éxito a pesar de que estaba más y más perdido en el sórdido mundo de las drogas.

Una tarde que no contaba con dinero decidí tomar el dinero que un cliente había pagado a la empresa. En la Providencia del Señor, hubo una auditoría, y ¡he aquí, el hijo de la persona que había servido fielmente a dicha multinacional por casi 25 años, ahora salía como un “perro”; como un vulgar ladrón; por la puerta de atrás. El nombre de mi padre quedó por el suelo y el nombre mío solo era sinónimo de un vicioso, de un ladrón, de un desechable (palabra que me causa lástima de la persona que la usa para referirse a otra).

Para el mundo era un drogadicto sin esperanza.

El uso de drogas me lleva al borde de la locura

Comencé sesiones de consumo de cocaína que duraban días enteros. Pasaban 2 o 3 días sin salir de mi habitación. Al final de los 3 días, la escena de mi habitación era deplorable. Los trastornos mentales y los extremos e interminables delirios de persecución ocuparon el lugar de la lógica y la razón.

De la persona coherente, racional e inteligente quedaba poco o nada. Me asemejaba a un animal. Era una persona irreconocible. Comencé a alejarme de la realidad y entré al mundo de lo irracional; mundo caracterizado por delirios de persecución, fantasías intangibles, sensaciones que no existían, hablar con personas que no estaban allí, y marcados trastornos de personalidad.

A petición de mi madre, y al ver ella el gran estado de deterioro de mi vida física y mental, fui a ciertas sesiones de psiquiatría. Uno de los más conocidos Psiquiatras de Pereira me atendió. ¿Su dictamen? ¡Falta de afecto!. Nunca entendí qué significaba eso. Lo que sí hice, fue aprovecharme de mi madre usando ese dictamen, y chantajearla diciéndole “su amor se manifiesta en el dinero que me de”.

Al final de cuentas, ni las terapias, ni los consejos del psiquiatra sirvieron de algo. Una vez que las terapias se terminaban, salía de su consultorio a comprar más droga.

En el hospital mental

De terapias ambulatorias con el psiquiatra, pasé a un estado en el cual yo me vi tan mal que accedí a internarme en un hospital mental: HOMERIS (HOspital MEntal del RISaralda).

Después de un tratamiento de desintoxicación fui dado de alta y pasé a ser un paciente ambulatorio una vez más. Los detalles de estar en un hospital mental no son nada agradables. Sólo me limito a decir que de nuevo, una vez terminado el tratamiento, regresé a las calles a consumir más droga.

Más falsas conversiones. Temporada 3.

En algunas ocasiones iba a iglesias cristianas y escuchaba el Evangelio, y de nuevo, “aceptaba al Señor en mi corazón” sólo para regresar a mis viejos hábitos. La razón era simple: el deseo de seguir consumiendo drogas estaba allí, y todavía estaba intacto.

De nuevo, era evidente que jamás había creído en el Señor Jesucristo. Me acuerdo avergonzado que le gritaba y le exigía a Dios “que me curara”, que realizara un poderoso milagro en mi vida y que me “liberar de ese flagelo”. ¡Ah, pero no se engañe estimado lector! Sólo quería consumir menos: ¡eso era lo que quería! Era como si mi petición fuera “ayúdame a sólo consumir poca droga” y no, “perdóname mis pecados y líbrame del flagelo de la droga”.

Imagínese usted cuánta era la cantidad de droga que yo compraba, que la persona que la vendía en muchas ocasiones me suplicaba que no la consumiera más.

De la riqueza a la ruina total

Desde una perspectiva financiera, en 2 años pasé toda mi herencia … 2 años de fiestas alimentadas por drogas y placer; Vendí mis pertenencias y / o las cambié por drogas; También vendí mi automóvil, así como mi parte de los bienes inmuebles heredados y todas las demás cosas materiales por mucho menos de lo que valían. Todo simplemente para mantener el ritmo de las demandas de mi adicción, el deseo de ser aceptado por los mundanos ” amigos “y el deseo de satisfacer mi lujuria.

Después de la muerte de mi padre, llegué a Inglaterra arruinado económicamente. LLegué con la esperanza de alejarme de las adicciones. ¡Pobre iluso! No entendía que la adicción y la naturaleza pecaminosa estaban arraigadas en mí, y que nunca yo mismo me podría liberar de ellas simplemente viajando a otro país.

Mientras estuve en Inglaterra me sentí vacío y desesperado. Me encontré trabajando largas horas para pagar una habitación, pero principalmente para financiar mis vicios.

Este fue un tiempo terrible y vacío para mí: estaba en un país que no estaba en casa, sin dinero, sin familia … pero principalmente sin Dios.

¿Temporada 4 de la serie “más falsas conversiones”?

Volví a escuchar el Evangelio de nuestro Salvador en 1999 (cuando tenía 26 años y 9 como drogadicto). Alguien en la calle le proclamó el Evangelio a la esposa de mi tío, y ella a pesar de que nunca fue a la iglesia, lo compartió con un amigo suyo. Ese amigo fue a dicha iglesia cristiana varias veces, pero nunca regresó. Él lo compartió conmigo, y de hecho recuerdo haber pensado: “Parece que Dios no está renunciando a salvarme“.

En esta iglesia de corte carismático (muy, pero muy conservadora), escuché el Evangelio en varias ocasiones. Comencé a leer la Biblia (aunque no de manera disciplinada). El pastor estaba interesado en mí, y en mi bienestar. Dicho pastor pasó innumerables horas de su tiempo aconsejándome e interesado en mi alma. Pero, ahí estaba de nuevo mi pecado: mi naturaleza sucia y pecaminosa luego pasó a detestar al hombre que me hacía bien. Le mentía, lo evitaba y hasta me le escondía.

Recuerdo haber asistido tiempo después a la iglesia y me causaba tanto fastidio ver a cristianos en paz y con gozo, que jugaba “culebritas” (el único juego de celular en aquel entonces en medio del culto público de adoración a Dios.

A mediados de 1999 conocí a Leticia, la persona que hoy es mi amada esposa. Yo, por supuesto, no le revelé nada al respecto de mi adicción, pero no era necesario. Ella se daría cuenta poco tiempo después. En cierta ocasión, la invité a dicha iglesia carismática, y Dios al poco tiempo la convirtió allí de manera hermosa y poderosa.

Millonarias deudas

Usé cocaína casi a diario durante muchos años en Inglaterra. Esto no sólo me llevó incurrir en una deuda enorme de varios decenas de miles de libras esterlinas, sino que peor aún, esto llevó a mi cuerpo al borde del colapso.

Varias de mis funciones corporales comenzaron a fallar y el cambio en mi apariencia física se hizo evidente. Perdí el control sobre las funciones corporales básicas voluntarias como ir al baño, entre otras cosas. ¿Episodios de pre-infartos? Varios. ¿Pesadez para respirar? A menudo. Comencé a sufrir fuertes arritmias y a todo esto se sumó la pérdida del deseo de trabajar.

Antes mi vida era un caos… ahora mi vida era un infierno.

El domingo 22 de abril del 2001, mi esposa asistió a esa iglesia cristiana. Ese día el Pastor predicó acerca del Salmo 40. Al llegar a casa, no era de extrañar: yo estaba usando drogas. Ella dijo: “El pastor te invita a leer el Salmo 40”, a lo que respondí con una evasiva “Sí, lo leeré …”. A la verdad no tenía la menor de las intenciones o intereses en hacerlo.

Una sobredosis el día de mi conversión

El viernes 27 de abril de 2001 y después de 10 años de consumo constante de drogas, tomé una sobredosis de cocaína.

Fue algo surreal. Entré en un estado de dolor pectoral indescriptible. En poco tiempo me sobrevino una fuerte arritmia cardiaca (el corazón palpitando a intervalos irregulares). De inmediato, me puse de pie, asustado y comencé a andar la casa en total desasosiego y desespero. El aumento de temperatura fue notablemente elevado. En cuestión de minutos yo no sabía que era peor, si el insoportable calor que sentía en mi cuerpo o la incapacidad de respirar debido a la opresión en mi pecho.

Le pedí a mi esposa que me masajeara la pierna derecha, pues sentía que perdía firmeza. De hecho, la mitad derecha de mi cuerpo se tornó blanca y azulada.

Sentía desmayar. Estaba desorientado y angustiado en gran manera en mi propia casa. Fue algo que incluso hoy día encuentro difícil de describir con detalle a causa de mi angustia. Andaba de un lado para otro, hablando incoherentemente y esperando que se me pasara los efectos.

¿Saben qué era lo triste de todo? Lo más triste era que esperaba que estos dolores pasaran para continuar consumiendo la droga que aún me faltaba por consumir. Como dijo mi esposa en alguna oportunidad: ‘ nunca serás salvo si tu oración no deja de ser “Señor ayúdame a consumir menos” y es en cambio “Señor sálvame”

Las últimas horas en oposición a Dios

Entré en 5 horas de dolor físico y espiritual indescriptible. Físico, debido a los episodios de dolor pectoral y dificultad para respirar. Espiritual, porque esas horas llegaron a ser las horas más oscuras de mi vida: ¡Aquí estoy –pensé– simplemente muriendo pero muy lejos de Dios que sé que puede dar vida!

Amigos y hermanos, siempre he encontrado dificultad en relatar lo que sucedió en mi alma aquella noche. Lo que sí les puedo decir, si son capaces de entenderme es esto: ver la muerte en frente tuyo y saber que estás alejado de Dios y que en pocos minutos irías al infierno, es una de las experiencias más aterradoras que he vivido. Te pido que me lo creas porque te aseguro que he vivido muchas. (que por cierto no vale la pena detallar).

Recuerdo claramente que esos momentos fueron los más oscuros y aterradores de los que tengo memoria. Le grité a mi esposa y le pedí que saliera de la habitación, ya que no quería que me viera morir así. Tenía una la certeza indescriptible de que iba a morir y no había otro pensamiento en mi mente en ese momento.

Dios usó a mi esposa y a Su bendita Palabra

Pero luego, en la eterna misericordia del Señor, recordé aquello que me dijo mi esposa casi una semana atrás. “El pastor te invita a leer el Salmo 40”. En medio de mi sobredosis de drogas, tomé la Biblia en mis manos, la abrí en el Salmo 40 y leí el Salmo 40.

Esperaba un milagro instantáneo, un acto de magia; esperaba que el dolor se desvaneciera y anhelaba no morir, al menos de esa forma.

Pero lo que ocurrió fue mucho más grande y mucho más maravilloso. Al leer las palabras del Salmista

Sal 40:12 Porque me han rodeado males sin número; Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla. Sal 40:13 Quieras, oh Jehová, librarme; Jehová, apresúrate a socorrerme.

con detenimiento y con esperanza de hallar reposo para mi alma, lo que sucedió fue algo que cambiaría mi vida para siempre.

Por primer vez en toda mi vida entendí tres cosas:

  1. Que me habían alcanzado mis maldades y que ahora estaba al borde la muerte eterna debido a mi pecado en contra de Dios.
  2. Que el castigo que estaba a punto de recibir, aunque aterrador, era justo; es decir, estaba a punto de recibir lo que merecía.
  3. Que sólo el Señor Jesucristo podía salvarme.

¡Finalmente después de tantos años entendí que estaba condenado a morir y que sólo el Señor me podía salvar!

Así que oré a Dios suplicando el perdón de mis pecados. La primera oración sincera y honesta en toda mi vida hasta ese momento, estaba siendo elevada a Dios con la fe de que si quería, Él lo haría, Él me salvaría. Ni siquiera mi prioridad era la extensión de la vida física (pensé que era imposible). Mi prioridad fue el perdón de mis pecados. Sabía que estaba condenado, pero también creía, en palabras del Salmista que “Jehová podía librarme y socorrerme”

De frente a la Cruz

En ese momento, consciente de que iba a morir, recordé la escena del Gólgota en la que el Señor fue crucificado al lado de dos malhechores. Antes de ese día, podía compararme con el malhechor que le dijo “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” ¡ah, pero ahora todo era diferente! ahora era como si yo fuera el otro ladrón que sabía que moriría justamente y que sólo se atrevió a decirle “justamente padezco, porque recibo lo que merecieron nuestros hechos… Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”

Sentí vergüenza cuando recordé las cosas que había estado practicando hasta hace un par de horas. Continué orando al Señor y pidiendo perdón con las pocas fuerzas que me quedaban. En ese instante brotó un deseo extraño en mi vida: quería botar la droga que aún me quedaba. Digo extraño porque nunca antes en diez años de adicción lo había hecho. Decidí tirar las drogas que tenía en el bolsillo, y creo que esa fue la primera señal de verdadero arrepentimiento. Pequeña y borrosa, pero ahí estaba.

Pero allí estaba ahora, totalmente impotente, completamente humillado y completamente dependiente de la obra del Señor Jesús. Insisto en esto, pero no desaproveché un instante –de los que creí iban a ser mis últimos– en nada sino en continuar clamando misericordia y perdón y paz para con Dios.

Estaba ansioso y desesperado por ser perdonado. Así pasaron las horas y casi a la media noche de ese viernes me recosté en mi cama, esperando mi muerte, literal, pero confiado de que el Señor me había perdonado.

El día siguiente

Recuerdo muy bien el día siguiente pues no solo estará en mi memoria para siempre, sino que lo recuerdo como el primer día de una nueva vida … ¡Abrí los ojos y me di cuenta de que estaba vivo! … Hermanos, al Señor pongo como testigo y por eso delante del Señor lo confieso: mi certeza de salvación ya estaba en mi corazón. Luego me arrojé de la cama con alegría cuando me di cuenta de que estaba vivo y me arrodillé a orar y alabar al Señor con acción de gracias.

Marcas de conversión

A partir de ese momento comienza también, la necesidad de orar a diario. Desde entonces, comencé a leer las Escrituras a diario. Con el pasar de los días me acordé de más y más pecados y los confesé de inmediato delante del Señor. El Salmo 40 fue instrumental para mi arrepentimiento. Alabo al Señor por Su Palabra y por el obrar de Su Santo Espíritu, porque sin ellos, nunca podría haber entendido el significado de la palabra pecado y lo nefasto de sus consecuencias.

Por su bendita gracia, comencé a asistir fielmente a la iglesia (sí, hermanos, aquella iglesia a la que una vez menosprecié y de la que me burlé muy a menudo). El deseo de servir al Señor fue como un manantial que brotó de mi, de inmediato. Desde entonces empecé a trabajar en la iglesia en todo lo que podía hacer. Desde luego, no pretendía pagarle al Señor todo lo que había hecho por mi. Simplemente mi servicio a Él en la iglesia era un modo imperfecto de mostrar mi amor por Él y de expresar mi gratitud por lo que Él hizo.

Surgieron muchas preguntas cuando leí la Biblia, el pastor me explicó algunas, pero me indicó el camino de la Palabra de Dios. Me encontré nuevamente totalmente dependiente de la revelación de Dios en las Escrituras. Y precisamente fue en las Escrituras donde encontré las respuestas y donde por la gracia de Dios comprendí muchas otras cosas tocantes a la vida cristiana.

La primer tentación

A los tres días de haber sido salvado por el Señor, la persona que me vendía las drogas me mostró una inmensa bolsa y me preguntó ¿Quiere un poco? Mis hermanos, allí tuve la certeza de la poderosa obra de Dios en mi vida en un sentido práctico: mis deseos de consumir droga habían desaparecido. Me explico, hoy día les puedo asegurar que lo más maravilloso de haber sido liberado de la esclavitud de las drogas, no es tanto no haberlas consumido por 18 años, sino que los deseos de consumirlas desaparecieron por completo desde el día en el que el Señor me salvó. ¡Gloria a Dios!

Gloria a Dios

No merezco estar vivo hoy y si lo estoy (física y espiritualmente) es todo por la gracia de Dios. ¡Bendita gracia que sobreabundó en un sucio pecador como yo aquella noche oscura del 27 de abril del año 2001.