La separación bíblica: aclaraciones preliminares.

Considero importante dejar en claro un par de puntos antes de abordar en pleno el tema de “La Separación Bíblica”.

  • Siervos de Dios en tiempos pasados (Algunos de los puritanos, Spurgeon, LLoyd-Jones, Poole O´Connor, etc.) y también recientes, han hablado acerca de la doctrina Bíblica de la separación de una manera mucho más competente que el escritor de este artículo.
  • Definiendo la palabra doctrina como el conjunto de enseñanzas al respecto de cierto tema, sigue que la separación es una doctrina bíblica porque la Biblia habla y enseña, en diferentes partes y de diversas maneras (por medio de leyes, ejemplos y principios) de la separación entre el pueblo de Dios y el pecado, y de quienes lo practican.
  • Esta doctrina bíblica es comúnmente atacada y desmentida por quienes creen que Dios se complace más en la unidad a pesar del error, que en la separación del error y de quienes lo practican. Usualmente a este tipo de profesantes se les llama ecuménicos.
  • Si bien la separación de la herejía y del error, y de quienes lo enseñan y practican, es una sola, la Escritura da pie para que miremos los grados de este mandamiento. A grosso-modo existen dos grados de separación que pueden distinguirse en la Escritura. Separación en primero y segundo grado (usted las puede llamar como desee).
    • Separación en primer grado: Consiste en apartarse de los incrédulos que niegan la Escritura en su todo o en alguna de sus partes.
    • Separación en segundo grado: Consiste en apartarse de los hermanos que persisten en permanecer unidos a los incrédulos que niegan la Escritura en su todo o en alguna de sus partes.
  • En este artículo usted podrá notar el interés del autor en clarificar términos y en examinar esta doctrina de manera global o general; es decir, sin particularizar en sus grados. (Más artículos serán producidos en el primer trimestre del 2020 para particularizar en los grados de separación).
  • Este artículo, debido a su extensión, será producido en 4 entregas. (usted podrá leer la entrega siguiente, haciendo click en el enlace de las páginas respectivas 2,3 o 4 etc. en la parte inferior de esta página)
  • Mientras que la mejor manera que los detractores han encontrado para menoscabar esta doctrina, ha sido difamar, atacar personalmente y burlarse de quienes la defienden, yo intentaré en este artículo sustentar dicha doctrina por la Palabra de Dios.

La separación: desmintiendo la falsa dicotomía.

En días donde maestros “reformados” y de “sana doctrina” sugieren no subir tanto los muros de nuestras convicciones teológicas para que así podamos “darle la mano” a otras personas en pro de causas evangélicas y hasta seculares, deberíamos ser cuidadosos en determinar si este llamado es unísono (o no) a la enseñanza de la Escritura. Muy a menudo este tipo de llamados apelan al “cristiano promedio” que aún cree que separarse del error y de quienes lo enseñan es falta de amor.

Pero el pueblo de los redimidos tiene que ser objetivo. La doctrina en consideración no plantea la dicotomía entre la separación y el amor; de hecho la contradice y es necesario comprender esto ahora. La separación por parte del creyente de una persona que enseña y promueve el error y la herejía no es un acto de falta de amor; por el contrario, es un acto de amor. Si bien más adelante explicaremos porqué, bien administrada, la separación puede ser una muestra de amor para con el alma del falso maestro, principalmente debemos tener en cuenta que al separarnos de estas personas, estamos obedeciendo al Dios que nos ha mandado a hacerlo, y al obedecerlo a Él, le estamos manifestando nuestro amor, pues la obediencia a su Palabra-Ley es la manera más sublime que tiene el creyente de manifestar su amor para con Dios. (Juan 14:21)

La necesidad de estudiar esta doctrina.

Tener una limpia conciencia

De la misma manera como los maestros de la grey del Señor no pueden rehusarse a proclamar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27), así tampoco la grey del Señor; es decir, los hijos de Dios no pueden rehuir a estudiar seria y rigurosamente todo el consejo de Dios. Que existan preferencias, prejuicios, influencias y similares de su parte, al momento de estudiar la Escritura, es algo que reconocemos como una realidad; pero que usted quiera ignorar de manera deliberada una doctrina porque simplemente es más fácil descartarla “porque le parece” o dejarla de lado, porque algunos prominentes maestros “así lo dicen”, es negligencia de su parte que no le hace bien a su alma y que le impide tener una limpia conciencia al momento de referirse a la doctrina en mención.

Discernir la voz de Dios de la voz de maestros contemporáneos de “sana doctrina”.

Un pastor amigo escribió un artículo muy pertinente “LA FAMA DE UN LÍDER NO ES GARANTÍA DE UNA BUENA DOCTRINA“. ¿El punto? ¡No podemos tragar entero! pero eso es a menudo lo que muchos terminan haciendo.

Como creyentes debemos ser cuidadosos, y ¡cuánto más en este siglo malo en el que vivimos! La alarma la prenden maestros referentes para el pueblo de Dios quienes aunando esfuerzos de diverso índole con católico-romanos, no sólo sientan un mal precedente de desobediencia para la iglesia, sino que le piden a la iglesia que no suban tanto las murallas de sus convicciones dogmáticas para que así puedan darle la mano a los católico-romanos y participar con ellos en algunas actividades que redunden en el bien común de las personas. ¿Es pecado querer el bien de las personas? ¡Desde luego que no! (Isaías 1:17, Efesios 5:9) lo que sí es pecado es hacerlo a expensas de la obediencia que Dios demanda de separarnos del error y de la herejía.

Dicho lo anterior, la intención del autor con la publicación de este artículo es presentarle al lector una aproximación fresca a este tema con el ánimo de instarlo a formarse su propio criterio a la luz de un estudio juicioso en oración de esta doctrina.

La justificación de la doctrina es el carácter santo de Dios.

Deseo sugerirle al lector que piense en algo puntual: santidad. ¡Qué bueno sería que cuando usted piense en la doctrina de la separación bíblica, lo haga, no pensando en usted, en la persona o “iglesia” de quien se separa, o en el posible dolor que la separación causará, ¡Qué bueno sería que al pensar en esta doctrina, usted pensara en la santidad de Dios y en el llamado que Él le hace a usted a ser santo, si el amable lector es en realidad un hijo de Dios!

Levítico 19:1 Habló Jehová a Moisés, diciendo 2 Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios. o la citación de este versículo en el N.T. por parte del Apóstol Pedro 1 Pedro 1:16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

Es evidente que quien habla es Dios. Esta es son palabras de Dios; del Dios que llama a su pueblo a la santidad (si bien el llamado en el pasaje del A.T. es al pueblo de Israel, es evidente que el llamado de la cita del N.T. es a la iglesia de Dios, a los creyentes del Nuevo Pacto). Así, es Dios quien establece el estándar a seguir usando su propia voz en el Antiguo Testamento, y es Dios quien reitera dicho mandato por medio del E.S. inspirando a Pedro, en el Nuevo.

Se podría decir mucho de este versículo y de todas sus implicaciones sobre la doctrina que estamos considerando, pero digamos lo poco: ¡No hay nada más que agregar! Dios demanda la santidad de su pueblo en virtud de quién es Él, pues es apenas obvio que siendo Dios santo, sus hijos también lo sean. No hay excusa alguna que un creyente o una iglesia local pueda esgrimir para no esforzarse por obedecer este llamado.

Pero regresemos a nuestro texto, porque como lo hemos afirmado ahí yace la esencia de la doctrina de la separación bíblica: «Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios» Usted de seguro sabrá que la palabra santo se usa para algo o alguien separado o apartado; además, que el verbo santificar en la Escritura denota la acción y efecto de poner aparte o de separar algo o alguien con el fin de consagrarlo a Dios o de ponerlo a Su servicio. Cuando aplicamos esta definición a la doctrina que estamos examinando, podemos decir que el llamado que Dios le hace a sus hijos a ser santos requiere que sus hijos se separen de todo (o todos) aquellos que se opongan a lo revelado por Él mismo en Su Palabra.

Un sencillo razonamiento nos ayudará a comprender el anterior punto.

Si la santidad a la que es llamado el creyente implica su apartamiento o distanciamiento del pecado (Efe 5:3) y por necesaria conclusión, de quienes lo practican (Rom 1:32, Rom 2:2, Gál 5:21), en esa misma línea de pensamiento se podría afirmar que el creyente también debería tomar distancia de la herejía (que es pecado), y por ende de quienes así enseñan (1 Tim 6:3-5).

Así pues, es evidente que si, la herejía es pecado (Gál 5:20), y quienes enseñan estas herejías representan un peligro destructor (2 Pedro 2:1), sigue que también es pecado tener comunión para el avance del Reino con quienes creen y enseñan estas herejías. Independiente de cuán benigna parezca ser la motivación de una unión con estas personas, tal unión es desobediencia al llamado que Dios le hace a los suyos «de ser santos, porque santo es Jehová nuestro Dios»

Así que, cuando un creyente persiste en desobedecer la orden de distanciarse o apartarse de aquellos que niegan la fe cristiana o parte de ella, o de aquellos que creen herejías y así enseñan, incurre en algo comúnmente conocido como culpabilidad por asociación.

¿Qué es culpabilidad por asociación?

¿Es una unión santa aquella entre un cristiano que cree que la Biblia es su norma suprema de fe y de conducta, y una persona que llamándose creyente sólo la mira como un patrón moral no autoritativo? o ¿Es agradable a Dios la comunión entre un cristiano que ama la Biblia y tiene fe de que ella es infalible e inerrante, y personas que digan todo lo contrario? Note que ultimadamente todo se reduce al siguiente interrogante ¿Qué comunión podrá existir entre alguien que cree lo que la Biblia enseña y alguien que enseña lo que la Biblia misma no enseña?

En el contexto de este artículo se argüirá que culpabilidad por asociación es la condición resultante de participar del pecado de la herejía de otra persona.

De manera positiva, el creyente incurre en culpabilidad por asociación cuando su acción u omisión, sus palabras o su silencio, avalan, respaldan o impulsan directa, indirecta, implícita o explícitamente la herejía y el error de la persona, iglesia, o movimiento al que se une. Puesto de manera negativa tenemos esto: el creyente es culpable por asociación cuando no se separa de quienes promueven y enseñan tales herejías.

De la manera en la que usted lo examine, ambas perspectivas (la positiva y la negativa) desembocan en la misma parte, pecado: es pecado no obedecer el llamado que Dios le hace a los suyos a ser santos, o aplicado al contexto de nuestro estudio, es pecado no apartarse de quienes promueven y enseñan herejías.

Nótese algo: en la separación de primer y segundo grado hay culpabilidad por asociación. En la separación primaria hay culpabilidad por asociación a causa de la unión del creyente con la herejía y con quien la promueve (2 Cor 6:14-18).  En la separación secundaria hay culpabilidad por asociación a causa de la unión de un creyente, con otro que persiste en el pecado de desobedecer la Palabra de Dios (2 Tes. 3:6, 2 Tes. 3:14 y Rom 16:17)

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