¿Quién es el Espíritu de Dios?

El bendito Espíritu de Dios, es Dios. Su Divinidad se puede inferir de abundancia de textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Le ruego que preste atención a este sencillo razonamiento con paciencia: ¿quién puede ser eterno, además de Dios? Nadie; por tanto, bastaría sólo con probar que, si el Espíritu Santo es eterno, entonces tiene que ser Dios, pues sólo Dios es eterno. Para probar el punto, miremos lo que nos dice Heb 9:14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

Pero, por si queda duda –y no debería– consideremos otros dos argumentos similares; su omnipresencia y su omnisciencia. Si probamos ambas cosas, estaremos probando de manera absoluta que el Espíritu Santo es Dios, pues ¿quién es el único poseedor de ambos atributos en el nivel omni o total? En lo que respecta a su omnipresencia Sal 139:7 ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? (El texto es claro argumentando que el Espíritu de Dios está en todas partes. Si, entonces, el Espíritu es omnipresente y hemos visto que lo es, por necesaria inferencia el Espíritu Santo tiene que ser ¡Dios!).

Ahora bien, en lo que respecta a su omnisciencia, 1 Co 2:10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (¿Si el Espíritu Santo no fuera Dios, podría éste escudriñar lo más profundo de Dios, y saber todo lo secreto de Dios? ¡Desde luego que no!, sigue entonces que el Espíritu es omnisciente, y por necesidad tiene que ser ¡Dios!)

Nota: los anteriores versículos dejan satisfechos a todos ‘los Bereanos’ que inquieren este asunto con piedad, humildad y temor.

Apoyados en todo lo anterior –y en muchos otros argumentos que prueban la Divinidad del Espíritu Santo– hacemos eco a las grandes confesiones de fe: el Espíritu Santo es la tercera persona del Dios Trino. Al referirnos al Espíritu Santo como la tercera Persona de la Trinidad o de la Trina Deidad, no lo ubicamos por debajo del Padre o del Hijo. Nombrar al Espíritu Santo en tercer lugar no significa inferioridad, puesto que entre las personas divinas no hay superioridad de naturaleza, ni dependencia de causa, ni prioridad en el tiempo, ni menos diferencia en su eminencia; esto debido a que las tres poseen en común la misma esencia divina.

El Espíritu Santo es una persona

Al hablar de persona no hacemos referencia a una persona como nosotros la concebimos, sino a un ser personal y racional con el que es posible comunicarnos con el fin de relacionarnos. Pese a que la Escritura dice en Luc 3:22 […] descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma […], ninguno debería creer que el Espíritu es una paloma, ni tampoco asociarlo con ese animal ni menos representarlo con el dibujo de tal animal. Si bien es evidente que la manifestación del Espíritu en aquel momento fue algo visible, no necesariamente se puede pensar del Espíritu como un ser visible o mucho menos, que Él se manifiesta de maneras visibles.

El Espíritu Santo no es tampoco una fuerza impersonal como lo entienden los ‘falsos testigos de Jehová‘; Él es una persona, tanto como lo son el Padre y el Hijo, y subsiste al igual que ellos en la misma esencia Divina. Si bien los tres miembros de la Trinidad son personas, no son las mismas personas. El Espíritu es una persona diferente al Padre, quien es a su vez diferente a la persona del Hijo; sin embargo, las tres personas Divinas son iguales en el sentido de que en todos y en cada uno de ellos, los atributos de la Divinidad residen en su infinita e inmutable expresión.

Debemos tomar el testimonio de la Escritura al respecto de cómo Él nos guía, nos enseña, y, también, de cómo Él es un ser a quien podemos contristar, como claras indicaciones de que tan Sublime Espíritu, es sin duda alguna, una persona: alguien con quien nos podemos comunicar y relacionar.

A veces, el corazón del creyente considera el amor del Padre y por eso lo adora… y luego el amor del Hijo al redimirlo, y por eso lo adora… y a veces su corazón se siente atraído por el amor del Espíritu Santo que escudriña las cosas profundas de Dios y nos las revela, y por eso lo adora” y prosigue diciendo “Nunca deberíamos estar satisfechos con nuestra adoración hasta que las tres personas de la Trinidad estén en el mismo nivel para nosotros y nosotros nos postremos en medio de ellas mientras todas nos manifiestan su amor.

Thomas Goodwin

Si el Espíritu Santo es Dios, ¿podemos adorarlo?

Muchos hermanos, –aún en las esferas reformadas– continúan debatiendo si un creyente puede, o no, adorar particularmente al Espíritu Santo. Yo, personalmente, encuentro este dilema absurdo. A menos que el Espíritu Santo NO sea Dios, entonces tendrá lógica no adorarle, pues sólo podemos adorar a Dios. Entonces, en primera instancia, sí; sí podemos adorar al Espíritu Santo.

Pero para responder la anterior pregunta de una manera un poco más robusta, tenemos que observar el patrón en el Nuevo Testamento en lo concerniente a la oración –que es parte de la adoración a Dios. El patrón de oración enseñado es el de la oración elevada al Padre, en el nombre y en los méritos del Hijo. Pero ¿dónde queda, entonces, ¿el Espíritu Santo en la oración? El Espíritu Santo, aunque parece no estar presente en el modelo de oración Neotestamentaria, es en realidad “el todo” de dicho modelo; en otras palabras, no podemos orar sin la ayuda del Espíritu, no podemos orar aquello agradable a Dios aparte de lo revelado por el Espíritu, y no podemos ser escuchados, a menos de que oremos en el Espíritu Efe 6:18 orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu.

Este servidor cree que, siendo el Espíritu de Dios, Dios, no es pecado orarle a Él para pedir de Él consuelo (porque Él es nuestro consolador); o pedirle gracia para mortificar la carne (pues Él es nuestro santificador); o clamar de Él la iluminación para comprender la Escritura (porque Él es quien nos conduce a toda verdad); sin embargo, siendo el Espíritu Santo enviado por el Padre y por el Hijo, creo que lo más adherido a la Escritura que podemos hacer, es pedirle al Padre en el nombre del Hijo que nos envíe a Su Santo Espíritu para que Él imparta, o consuelo, o guía, o gracia, o poder, según sea la necesidad. El anterior razonamiento de pedirle al Padre en el nombre del Hijo que nos envíe a Su Espíritu para que imparta la gracia particular que necesitamos se basa en Luc 11:13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

Debemos ser más conscientes de las bendiciones impartidas a través del Espíritu Santo

El Espíritu Santo Inspiró la Escritura

Mis hermanos, el recordar que fue la persona del Espíritu de Dios quien inspiró la Escritura 2 Pedro 1:21 […] los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo, debería llenarnos de gozo al saber que nuestra fe se basa en la verdad absoluta; esta verdad es la norma que rige “las demás proposiciones o enunciados hechos por los hombres”, y sólo la verdad revelada por el Espíritu representa para nosotros la norma suprema de fe y conducta.

Agradezcamos al Padre por la labor de Su Espíritu en la inspiración de la Escritura, pues aún esto, es una muestra clara del amor eterno de Dios para con Su Pueblo. El amor especial de Dios para con los suyos se manifiesta también en la inspiración de las Escrituras, pues en vez de condenarlos a la perversidad de sus imaginaciones, les proveyó una verdad acerca de Sí mismo y a un Iluminador que les hiciera entender dicha verdad: tanto la inspiración de la Escritura, como nuestra comprensión de esta, se las ‘debemos‘ al Espíritu Santo.

Nos guía hacia la comprensión de esa verdad

Justo como acabamos de argumentarlo, además de inspirar y de fundamentar la Biblia en la verdad absoluta que sólo proviene del Altísimo, el mismo Espíritu es el encargado de guiar a los escogidos hacia toda esa verdad que Él inspiró Juan 6:13 (a pesar de que este versículo hace referencia particular a los apóstoles y al periodo que comenzaría en Pentecostés, no hay duda de que el Espíritu Santo continúa esta labor en cada creyente desde entonces, pues de lo contrario, ¿cómo seríamos los creyentes capaces de llegar a comprender la verdad sin su guía y direccionamiento?) Si como creyentes comprendemos y percibimos las cosas que son del Espíritu de Dios, es gracias a la obra del mismo Espíritu de Dios en nosotros 1 Cor 2:14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

El Espíritu Santo nos da vida

Sin el Espíritu del Señor no habría nuevo nacimiento. La Escritura testifica que el nuevo nacimiento o regeneración, es una obra del Espíritu Santo. Tito 3:5-6 testifica en esencia lo mismo que Juan 6:63, o, Romanos 2:29?

Juan 3:6 es un versículo muy claro que alude al Espíritu Santo como Aquel que tiene la potestad de convertir al hombre carnal en alguien espiritual Jua 3:6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Es bueno recordar que desde el punto de vista de la ‘economía Trinitaria‘, el creyente es regenerado por voluntad del Padre y en virtud de los méritos del Hijo; más la aplicación de esa vida que obtuvimos en la muerte de nuestro Señor Jesucristo, ‘corre a cargo‘ del Espíritu Santo, por lo que ¡gracias damos a Dios por Su bendito y más excelso Espíritu!, pues aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) Efe 2:5

Aplica a nuestros corazones la gracia de la libertad del pecado

En ese mismo orden de ideas, podemos hacer referencia al Espíritu de Dios, como Aquel Divino libertador. Si bien ese título se le atribuye al Señor Jesucristo, sería conveniente considerar por qué el Apóstolo correlaciona libertad con la presencia del Espíritu. 2 Cor 3:17 Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

El razonamiento es sencillo: la labor del Espíritu de Dios en un ser humano NO ES liberarlo per sé, SINO aplicar esa libertad que el Señor Jesucristo obtuvo para los creyentes mediante su sacrificio en la Cruz del Calvario, Juan 8:36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. En la libertad del creyente participan todos los miembros de la bendita Trinidad, pero la mejor manera de comprenderla es pensando en ella como una bendición otorgada por la gracia del Padre, ganada por el sacrificio del Hijo para con los escogidos del Padre, y aplicada efectivamente en cada uno de ellos por el poder del Espíritu Santo. (Usted ya podrá notar que este es un razonamiento muy similar al de la regeneración, expresado en el punto anterior.)

De lo anterior se infiere que aquellos que verdaderamente han sido libertados por el Salvador y en quienes mora el Espíritu Santo, jamás podrán ser esclavos o practicantes del pecado. La esclavitud al pecado excluye la posibilidad de que el Espíritu del Señor more en una persona, y, por ende, de que él o ella hayan sido verdaderamente libertados por el Señor.

El Espíritu Santo se aloja en el cuerpo de los creyentes

… y se aloja de manera literal. El pasaje citado más adelante no da espacio para ser interpretado de otra manera. Esto nos debe llevar a tener suma cautela con el cuidado de nuestros cuerpos. Luego de que dar vida a todo hombre previamente destinado para vida, el Espíritu se convierte en el huésped Divino de todos los regenerados.

Para ninguno de ellos hay mayor privilegio que alojar en sus cuerpos a Aquel que les ha dado vida; por eso, conscientes de tan santo y sublime privilegio, los creyentes deberíamos recordar que lo que hagamos con nuestros cuerpos afecta nuestra relación con el Espíritu 1 Cor 6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? conscientes de tal verdad, jamás deberíamos descuidarnos con el cuidado que debemos tener de nuestros cuerpos (en especial, cuidarnos de pecados sexuales, de toda glotonería, de embriaguez y similares); en otras palabras, el uso o abuso de nuestros cuerpos honra o deshonra al Altísimo (y por ende, glorifica o contrista a Su Santo Espíritu que mora en nosotros)

Así pues, contaminar nuestro cuerpo con el pecado –en especial los pecados de índole sexual– equivaldría a profanar el templo en el que vive el Espíritu de Dios en nosotros.

Nos provee la certeza de salvación

Tengamos cuidado, también, de no contristar al Espíritu Santo: ¡Él es Dios y de Su persona proviene la certeza de nuestra salvación! Eso explica el por qué, cuando el creyente persiste en un pecado y no procede al arrepentimiento, su certeza de salvación se ve afectada notoriamente: ¡su persistencia en el pecado ha contristado la persona del Espíritu Santo! Efe 4:30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Este versículo no sólo prueba que el Espíritu Santo es una persona Divina, sino que también pone en evidencia que Él es enviado (como ya lo hemos dicho, tanto del Padre como del Hijo) para sellar nuestros corazones regenerados. En términos prácticos, la idea del Apóstol es aquella de un sello real genuino que no puede ser violado ni adulterado; asimismo, el Espíritu Santo se constituye para nosotros en la marca indeleble de la obra de gracia del Altísimo en nuestros corazones.

2 Cor 1:21 Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, v22 el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones. Este es otro pasaje claramente Trinitario; en él, el Señor nos habla de su Espíritu como ‘arras‘. Sabe el lector ¿qué son las arras? Arras es el pago inicial que es dado por alguien para asegurar algo que pagará después. De esta manera, cuando el Apóstol dice ‘nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones‘, a lo que hace referencia es a que el Padre a enviado al Espíritu para que Él more en nuestros corazones, con el fin de proveerle la certeza a los creyentes de que todos los beneficios obtenidos por el Hijo serán aplicados por el Espíritu, y de que la obra en ellos será no sólo terminada, sino llevada a la plena perfección.

Si el lector quiere pensar en términos un poco más teológicos, hágalo de esta manera: el Santo Espíritu de Dios es la ‘garantía de que todas las bendiciones estipuladas en el Ordo Salutis, ganadas por el Hijo, serán aplicadas a favor del creyente. Es gracias a la presencia del Espíritu Santo en nosotros los creyentes, por la que podemos decir Filp 1:6 […] el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo

Cualquier forma humana de mortificar el pecado es vana, […] la mortificación debe ser hecha por el poder del Espíritu.

John Owen

Ora a Dios para que Él le conceda el mismo Espíritu que inspiró la Palabra, para que así se pueda deleitar en ella.

Edmund Calamy

Cada corazón que no es un templo del Espíritu Santo, no es más que un espantoso estercolero de Satanás.

Daniel Burgess

Cristo no cesa de obrar por medio de Su intercesión, ante el Padre, por nosotros, y por Su Espíritu, en nosotros, para la gloria del Padre […] por medio del Espíritu Santo, Él sostiene a Sus santos, concede Sus gracias, y provee sus consuelos en esta vida sin los cuales ellos estarían en total ruina.

William Gurnall

La guía del Espíritu Santo

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Ciertamente el Espíritu de Dios guía a los creyentes

De la guía que Dios provee a sus hijos no hay duda, como tampoco de que Él lo haga por medio de Su Espíritu. Lo que se constituye como un tema de controversia, es la manera; el cómo. La pregunta adecuada, sería pues, ¿cómo guía el Espíritu Santo a los santos? y la respuesta es sencilla en realidad, aunque controvertida por muchos amigos continuistas : la guía del Espíritu se fundamenta absolutamente en la Palabra que Él mismo inspiró.

Ahora bien, no negamos de tajo (no podemos hacerlo) que pueden existir intimaciones soberanas –más no especiales ni sobrenaturales– del Espíritu en el creyente. Otros se refieren a estas intimaciones como ‘moveres‘ particulares del Espíritu. Tales intimaciones o ‘moveres‘ del Espíritu se pueden definir en términos de la profunda convicción que el Espíritu siembra en nuestras mentes de obrar de una manera determinada. O puesto de otra forma, estas intimaciones del Espíritu inclinan a los creyentes a tomar un camino en vez de otro, o a tomar una decisión por encima de otra.

Tales intimaciones, sin embargo, jamás pasarán por encima ni de la Palabra que Él inspiró, ni de nuestra capacidad de raciocinio, que Él ilumina y ayuda; es decir, nunca somos guiados por el Espíritu Santo, ni aparte de lo revelado en la Palabra, ni aparte de nuestro entendimiento, razón y voluntad propia.

Quizás (y sólo quizás), en algunas ocasiones, somos guiados por el Espíritu por medio de intimaciones; estas, sin embargo, jamás pueden ser catalogadas como manifestaciones extraordinarias del Espíritu. Generalmente hablando, la guía del Espíritu es por medio de la comprensión de la voluntad de Dios, pues así está escrito Sal 143:10 Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; Tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud.

EL Espíritu Santo nos santifica

No entienda que el Espíritu se santifica por el creyente, o que Él obra de tal manera en el creyente, que este no es más que un agente inmóvil en dicho proceso santificador. El Apóstol Pablo nos da una excelente y clara enseñanza al respecto del papel esencial del Espíritu en la santificación. Rom 8:13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. No hace falta mucho esfuerzo para ver dos cosas muy importantes en este versículo: la primera: que Aquel que provee las fuerzas (llámelas gracias, si desea) para mortificar la carne es el Espíritu; la segunda: que quienes usan esas fuerzas para dicho propósito somos los nacidos del Espíritu, nosotros, los hijos de Dios.

Así las cosas, si bien somos santificados por el Espíritu Santo, eso no implica en lo más mínimo que los hijos de Dios sean agentes pasivos en ese proceso de santificación. Dios no evapora las tentaciones de manera súbita y misteriosa por el creyente. Es usted como creyente, quien, empoderado con el poder del Espíritu (excúseme la redundancia), le dice ¡No! a esas tentaciones; es usted como hijo de Dios, quien, fortalecido por Su Espíritu, debe negarle a su carne el alimentarse de aquello en lo que esta se quiere deleitar. A eso hace referencia el Apóstol Pablo con “hacer morir las obras de la carne” y ese “hacer morir” –no se nos olvide– es nuestra responsabilidad.

Si desea, puede contemplarlo de esta manera: es el Padre quien nos concede tanto el querer como el hacer (aquello que es bueno) Fil 2:13, pero somos nosotros los que realmente, –sí, por Su gracia– hacemos lo que es bueno y agradable. Él es quien por Su Espíritu nos fortalece (Efe 3;16), pero somos nosotros los que, fortalecidos en Su Espíritu, usamos esa fuerza para negarle a nuestra carne la perdición que ella quiere.

En resumen, es el Espíritu de Dios quien santifica al creyente. Pero, ¡cuidado con errar en esto!: dicha santificación no es un acto unilateral del Espíritu en la que Él exonera de responsabilidad al santificado o en la que lo exime de participar activamente en esa santificación. Todo lo contrario es cierto: el Espíritu no se santifica por el creyente (como tampoco se salva por el creyente), sino que lo santifica por medio de la gracia que Él mismo le concede (similar a lo que sucede en la salvación) para que este la ponga por obra, apartándose del pecado y mortificando su propia carne.

La gloria es para Dios, la gracia es de Él, pero nosotros los creyentes somos los que tenemos que poner esa gracia en obra.

Nos ayuda en nuestras debilidades

Rom 8:26 Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad.

¡Vaya!, y como si fueran pocas todas las bendiciones que recibimos del Padre y del Hijo, a través de Su Espíritu, ¡he aquí otra más! … El Espíritu Santo nos ayuda en nuestras debilidades. ¡Qué maravilloso y dulce consuelo es saber que, pese a nuestras debilidades, somos ayudados por el Espíritu para sobreponernos a ellas, para la gloria de Dios! La realidad de nuestras debilidades no justifica la comisión del pecado. Por el contrario, conscientes de nuestras debilidades, debemos buscar fortalecernos en el Espíritu (vea Hechos 9:31, Efe 3:16), o Efe 6:10, en su defecto.

Nuestro Señor conoce nuestra necesidad de ser ayudados, pero somos nosotros los que debemos pedir que nos ayude en todo momento, en especial, en aquellos donde escasean nuestras fuerzas y en los que somos más propensos a pecar. Él conoce cuán débiles somos y cuánto nos agobia la enfermedad del pecado. A pesar de ser regenerados, somos débiles: débiles para persistir en hacer lo bueno, débiles para resistir a Satanás con firmeza, débiles para ponernos de pie en defensa por la Verdad, y débiles para el avance del Reino de los Cielos, principalmente por la proclamación del Evangelio. Además de esto, el Señor conoce nuestras enfermedades de mente y cuerpo, y ¡bendito sea Su nombre!, Él no es indiferente a ellas.

Dicho esto, nuestro buen Dios nos bendice enviando Su Espíritu, nos empodera con Su presencia, y nos afirma por las gracias impartidas por Éste. El Espíritu Santo, además de ser nuestro confortador (Juan 14:16-17), es también nuestro Divino ayudador; Aquel que nos hace el favor de encaminarnos a la verdad (al ser convertidos) y de guiarnos en la verdad (una vez hemos sido convertidos), es el mismo que nos fortalece en todas nuestras debilidades.

El polluelo desamparado busca las alas de la gallina; el niño asustadizo busca el pecho protector de su padre; el enfermo busca al médico con diligencia, y… ¿qué de nosotros, a quienes la Escritura hace referencia como personas necesitadas de ser fortalecidas en sus debilidades? Lo más natural es que, conscientes de nuestras propias debilidades, busquemos en oración delante del Padre, el ser fortalecidos y ayudados por el más santo e inmaculado de todos los espíritus: Su propio Espíritu. Él nos ayudará en nuestras debilidades, nos fortalecerá para resistir la tentación e infundirá aliento para servirle de manera más dedicada y sacrificial.

Cristianos débiles forman iglesias débiles, e iglesias débiles rara vez son instrumentales en la extensión del Reino de Cristo.

Conclusión

Hermanos, entre más conscientes seamos de la miseria que merecemos, más agradecidos seremos con el Señor, más gracias daremos por Su gracia, y más cuidaríamos con celo y fervor nuestra comunión con Su Espíritu. Si el Apóstol nos exhorta una y otra vez a no contristar el Espíritu Santo 1Co 3:16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (además de Efesios 4:30 y 1 Tes 5:19), ¿por qué no somos más conscientes del deber que como creyentes tenemos de no afligirlo o causarle agravio ?

¡Glorificaríamos más al Padre y al Hijo, si contristásemos menos a Su Santo Espíritu!; además, le haríamos un gran bien a nuestras almas, si cultivamos a diario una santa comunión con el más excelso y purísimo de todos los espíritus. Si queremos una comunión más íntima (léase, más santa y profunda) con el Espíritu Santo, no perdamos de vista lo que dice Stg 4:5 y mantengámonos lejos de coquetear con el mundo, pues hablando de la amistad con el mundo el autor inspirado dice: ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?

Finalmente, ¡qué bendición sería para el alma del creyente estar más consciente del Espíritu Santo! Está bien que pensemos de constante en obedecer al Padre y Su bendita Ley, y que queramos imitar en todo al Hijo, siguiendo sus pisadas; pero estaría mejor si conociéramos más acerca de lo que dice la Escritura del Bendito Espíritu del Dios a quien adoramos. ¿Por qué? Porque es un hecho que el Espíritu Santo es el más blasfemado entre los no creyentes, pero a la vez, es el más ignorado, el más malinterpretado y el más deshonrado, aún, entre los mismos creyentes.

Otros recursos

El Espíritu Santo es Dios

La Llenura del Espíritu

El Fruto del Espíritu

los frutos del espíritu santo
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